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El psicoanálisis lacaniano puede escuchar al autista

 

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El pasado martes 2 de abril, Día Internacional del Autismo, sorprendió la no poca atención que mereció el tema en nuestro medio. Diversos medios de comunicación aludieron a la problemática del autismo e incluso se esforzaron en darle rostro presentando testimonios de jóvenes autistas o de sus padres. Hay que reconocer que el interés que suscitó se tradujo en preguntas genuinas de aquellos para quienes el tema era una verdadera novedad: ¿Qué es eso del autismo?! O para aquellos que ya tenían un prejuicio al respecto producto de alguna lectura ligera o información lejana y desprevenida: son niños que no hablan, que son agresivos, que rehúyen cualquier contacto con su entorno; un verdadero enigma que, paradójicamente, no ha invitado mayormente al acercamiento de su desciframiento o al menos a un entendimiento de este funcionamiento.

Llamó mi atención, en este panorama de “inquietud atenta” por el tema durante ese día, la entrevista aparecida en el diario El Tiempo, página 15, titulada: “Mi hijo puede llegar a ser lo que él quiera, ¿por qué no?”. En efecto, se publica la entrevista hecha a la madre de un niño de 5 años y medio que tiene autismo. No solo es una entrevista conmovedora sino verdaderamente ilustrativa de lo que representa el deseo decidido de una madre por entender, por acercarse a aquello inexplicable que le acontece a su hijo. Al amor, esta madre le añade tal deseo preciso, sin ambages. Y es claro que no se trata de un deseo de saber esquemático, rígido, académico (aunque no lo desconoce), de letra muerta. Más bien se trata de un deseo vivo que implica leer de manera atenta, entre líneas, no solo lo que aparece como una firme voluntad del niño de no establecer un contacto sin mediación con los otros, con el mundo digamos, sino las condiciones en que el niño puede acceder mínimamente, a su manera, a esa relación. Y para eso, hay que consentir, acoger la inmensa novedad que implica que un sujeto establezca su modo de relación; y eso no solo no es fácil sino que en la labor se deben franquear umbrales que rompen con los esquemas de “la vida en común” (muchos padres pueden testimoniar que muchas veces la decisión de seguir el camino que va trazando el trabajo de su niño autista, los deja a ellos mismos sumidos en la idea de estar viviendo en un mundo aparte).

Susana, así se llama la madre de la entrevista, de talante investigativo –es bióloga, demuestra que se ha ocupado de leer y estudiar el tema desde diversas perspectivas disciplinares; pero también nos narra lo que ocurre cuando deja de leer los signos de la realidad circundante para empezar a leer los signos subjetivos de su hijo Gabriel, y a entender o proveer de cierto significado la acción del niño, su elección por ciertos objetos y no otros, sus manifestaciones de angustia o temor, etc. Es decir, intenta ver en lo que hace Gabriel un mensaje de búsqueda laboriosa de cómo poder relacionarse con el Otro sin sentir su presencia como una invasión masiva que lo anula como ser. Porque es verdad, hay que vivir al Otro de determinada manera para necesitar edificar una barrera que lo mantenga a distancia. Nos describe entonces Susana un mundo vigoroso de elementos simbólicos en Gabriel a los que ella no duda en prestarse (y prestar a otros: terapeutas y entorno educativo) para facilitar la tarea de organizar, lo que se presenta como aislado y disperso. O sea, no se trata de la organización establecida según los parámetros del Otro social, sino de la organización de lo que el niño da a ver. En este sentido, nos relata cómo va tratando de nombrar para Gabriel aquello que ve como una demarcación de una cierta elección, relativa por cierto al ámbito de deseo en que los padres se desenvuelven, la biología. Así, la figura del delfín como objeto preponderante en el contexto de vida de Gabriel, cobra todo su valor. Algo se transmitió para él de sus padres, y es esto lo que Susana puede interpretar y explicar a otros, hay no solo que respetar este objeto que delimita algo para Gabriel dentro de su mundo, sino que además hay que alentar el camino que conlleva la ampliación de esta delimitación pero entiéndase, a partir de ella. De igual manera, nos dice, intenta localizar en el tiempo y el espacio los momentos en que Gabriel es presa de una gran zozobra que manifiesta con un llanto profundo. Los padres intentan atemperar la angustia incontrolable de Gabriel, lo acompañan, incluso le facilitan el contacto con el agua en un suave baño, pero en sí mismo son momentos que por ahora van siendo localizados sin imponer el orden (que no es igual a la organización a la que aludimos antes) o acudir a castigos persuasivos o, etc. Se logra detectar que en estos momentos es patente que un desvalimiento muy grande cobra el ser de Gabriel y sus padres, no sin sufrimiento por la impotencia que esto conlleva, lo acompañan e intentan poner sobre ese vacío radical, alguna imagen o algún símbolo que ayude a tomar distancia de esa masiva sensación para el niño.

Ahora bien, cuando Susana nos narra el drama que ha significado su búsqueda de entornos y/o propuestas terapéuticas para su hijo, hay una que nos llama la atención, puesto que es planteada como ejemplo de las desviaciones y las incongruencias en que se puede incurrir al desconocer la problemática del autismo. Ella cuenta que en una ocasión a alguien se le ocurrió ¡hablarle del psicoanálisis! A lo que ella respondió (no sabemos si a su interlocutor): ¡Qué absurda idea, si su niño no hablaba! Efectivamente, él, su niño, Gabriel, no habla; pero esto claramente no hizo retroceder a Susana a la hora de tomar lo que Gabriel hacía como algo no ajeno al lenguaje o a la comunicación. La interpretación de esta intencionalidad de comunicar del niño (cuestión que funda en todo niño la relación con el otro; es decir es el otro el que significa un grito, por ejemplo en el recién nacido, como un llamado, como algo pleno de sentido. Es lo que el psicoanalista Jacques Lacan plantea: es el Otro el que determina que una señal sea un mensaje, una intención de pedido) Ella misma no creía que porque no había un uso efectivo de la palabra, porque no se producía el acto mismo de hablar (el lenguaje funcional del que hablan terapistas del lenguaje y educadores), no había algo que entender en lo que Gabriel decía sin decir –con la palabra, es claro.

Este señalamiento de Susana respecto al psicoanálisis me evocó enseguida un pequeño texto, que en realidad puede ser tomado como un manifiesto, del psicoanalista francés Jean Claude Maleval, elaborado como aporte a la cruzada por el Año Internacional del Autismo en Francia, designada como “gran causa nacional” (el pasado año 2012): Con los mismos signos de admiración que podemos asumir en las palabras de Susana, Maleval titula su texto: ¡Escuchen a los autistas! (es un libro que no excede las 40 páginas y que argumenta la pertinencia del abordaje psicoanalítico del autismo). Así, tanto lo que la entrevistada nos relata como lo que nos dice Maleval coinciden en un punto (desplazando la cuestión del habla como tal), y es que: ¡hay algo que escuchar! Seguramente este enunciado Susana lo suscribiría, puesto que es lo que nos dice respecto a lo que laboriosamente ha ido construyendo para Gabriel, terreno que permitirá que Gabriel haga su propia construcción, porque él trabaja permanentemente en eso.

El psicoanálisis como experiencia acoge a los niños cuando ellos lo pueden requerir; los niños con autismo no han sido la excepción. ¡Al contrario! Hay una clínica que lo demuestra, que puede razonar su práctica, que se configura como un espacio en el que el niño encuentra que su trabajo incesante es alojado; porque sí, hay que entender que aquello que parece un disparate o un sinsentido para el observador, para el niño es un modo de elaborar lo que resulta insoportable por un exceso del que es presa; en este sentido es un niño que no cesa de trabajar; y, el psicoanalista, que valora esa producción y la acompaña, provee ese deseo de acoger la invención del niño (el modo que encuentra para ir mediando en la relación con el otro) como única y de ahí halar el hilo con la ruta que el niño va trazando. En este sentido el psicoanalista toma en serio aquello que tan justamente Donna Williams, en su libro “Alguien en algún lugar” describe a partir de su experiencia: “el (niño) autista busca un guía para que lo siga”. Y esto, entendido dentro del contexto de un tratamiento analítico cobra un valor clínico para ubicar lo singular en cada niño que da la forma irrepetible a este encuentro. Un guía presto a seguir el recorrido subjetivo de un niño, pero también alguien que puede contribuir a encausar lo que aparece como intratable. Esto, para Antonio Di Ciaccia, psicoanalista italiano, da cuenta de lo que es lícito de parte del particular guía (lugar al que puede estar conminado un psicoanalista), en lo que se refiere a ciertos franqueamientos necesarios en el propio circuito de la vida y del deseo de cada niño autista: “un suave forzamiento”; contrariando así la idea de imposiciones o forzamientos que no tienen nada que ver con lo que el niño pone a disposición como modo de operar con aquello que lo angustia. Decir lo que ocurre cuando un niño se encuentra con un psicoanalista es fundar las razones de ese encuentro y alojar lo que el sujeto trae para darle cabida como una producción que implica un esfuerzo enorme de su parte y que se valora y acoge plenamente. Así, el niño y el psicoanalista, encuentro posible que determina un espacio privilegiado para dar cabida a los modos de prueba que el niño hace, cuando está decidido a ello, en el intento de establecer un marco de eso que no lo abandona y que lo aísla del otro. En este sentido la salida o la resolución tiene el límite de este marco justamente, porque no se puede medir una invención propia, como toda invención, con algo normativo, es la esencia de lo original: es inconmensurable. El encuentro con un otro puede ser decisivo, pero para que ese encuentro se produzca debe haber un consentimiento de los involucrados; sin embargo, como en el amor, favorecer las condiciones es un modo de otorgar posibilidad a que ocurra. Hay en este sentido varios testimonios recogidos en primera persona, como también testimonios recogidos por otros, padres o familiares, que dan cuenta de lo crucial para alguien, para un niño con autismo, de que se produzca. La serie es larga, pero podemos al menos nombrar algunos: Temple Grandin, Daniel Tammet, Donna Williams, Birger Selling, Jacqueline Berger y muchos otros. Algunos de ellos tienen la capacidad del habla, otros nó, Pero eso no les ha impedido hacerse escuchar. Ciertamente, es verdad, debe haber alguien atento, que otorgue al signo una escucha posible, alguien que desee escuchar en lo que se cifra, un modo único de decir.

 

En el principio era el verbo

Imagen de Alejandra Mavroski - http://www.flickr.com/photos/adenocorticotropina/336295941/
Imagen de Alejandra Mavroski – http://www.flickr.com/photos/adenocorticotropina/336295941/

Sí, para cada uno de nosotros, seres hablantes, al principio de nuestros días, el verbo estaba ahí…y era del Otro. A cada uno de nosotros, seres hablantes, nos fue instilado el lenguaje, gota a gota, por nuestros próximos. Es bien sabida la importancia que tiene para nuestra subjetividad que los otros, nuestros próximos, no sean anónimos. Que en aquellos que nos arrojaron al mundo, hayamos podido reconocer un deseo, con nombre y apellido, de participar en nuestro principio. Cada uno de nosotros atrapó, por la inmersión en las turbias aguas del incesante parloteo que llamamos humanidad, algunas ramitas para mantenerse a flote en este dicharachero ambiente de deseo, sentido, imperativos, gritos y susurros.
En cada uno de nosotros se ha reiterado el ensayo de la experiencia singular de nacer a la vida como alguien que puede decir “yo”. Cada uno de nosotros proviene de las necesidades más humildes, y desde el más absoluto desamparo va afianzándose en la vida, tratando de apropiarse del Verbo del Otro para ser, nosotros, cada uno, Verbo, y cada uno, uno. Lacan no dejaba de manifestar su asombro ante el desconocimiento manifiesto de esta realidad tan evidente.
En el verbo se conjuga el pronombre y la acción de la gramática libidinal: gracias al verbo nos hacemos oír, llevando a ratos, la voz cantante, cuando en realidad, somos siervos de un discurso cuyo alcance ignoramos. Gracias al verbo nos hacemos ver, porque al ser vistos nuestra imagen se distingue y podemos reconocerla como propia. Gracias al verbo obtenemos, al ser escuchados y por ser vistos, una ignota satisfacción que nos otorga un cuerpo y con ello, el movimiento.
En algunos de nosotros, los llamados autistas, el Verbo se congela. Ellos, los autistas no se hacen ver ni oír. Ellos, los autistas, temen y tiemblan ante la voz y la mirada que se añade al Verbo del Otro. Ellos no hacen uso del verbo para ser en el decir, para reclamar su lugar e imponerse. Ellos se refugian en el silencio o profieren parrafadas sin sentido, ecos, retazos sin enunciación. ¿por qué han renunciado al placer del sentido? ¿Por qué se niegan a la vida en el Verbo refugiándose en enigmáticas estereotipias?
Insondable decisión del ser, el suyo es un trabajo extremo de defensa ante la angustia inconmensurable que se desprende de estar privado del Verbo y, con ello, del aquí y allí, del mañana y el pasado, del yo y el tú, de lo que distingue lo mío y lo ajeno, de las alegrías y penas que nos aportan las palabras.
Debido a esa precariedad son presa fácil de la ferocidad evaluadora que dictamina valores deficitarios en su rasero estadístico, mortificante e inclemente. Cuando algunos se rebelan a sus autoritarios dictámenes y, en su desesperación, aúllan o se agitan, hiperactivos, se les aplica el recurso a la diosa Química.
La vida en el Verbo, la diversidad inmensa de la humanidad hablante nada importa a los cautivos en el atractivo hipnótico del adjetivo “científico”. Ellos sirven voluntariamente al mercadeo que todo lo intoxica con su lenguaje de gestión, y la mano no les tiembla al firmar sus condenas: “incurable”. Ellos han sido eximidos de la responsabilidad que requiere el Verbo. Su garantía son las imágenes del cerebro, los cargos, las acreditaciones universitarias, los fármacos. Siervos de un discurso ciego y embrutecido se envalentonan llegando a despreciar el saber acumulado durante veinte siglos de pensamiento ético y político, de clínica, lógica y literatura. La prensa garantiza su supervivencia con monótona insistencia.
Ellos pregonan que el complejo dramatismo de la vida humana se reduce a conductas cuyas pruebas fueron arrancadas a las ratas. Pero el animal, preso en la Necesidad, puede y, de hecho, prescinde de la lógica. En cambio, el ser hablante la precisa aunque la ignore, para orientarse en el Verbo y conseguir tejer, con los hilos de deseo, la Vida. Servir al discurso freudiano supone haber renunciado a la idea de Voluntad en pos de elegir amarrarse y someterse a su lógica, que coloca en su debido lugar la Causa, la causa del decir, que es la causa del deseo. Desde allí, invitamos a los autistas a servirse del Verbo, a advenir al ser una vez vencidas en nosotros las tentaciones autoritarias, las mismas que exigen nuestro sacrificio a dioses oscuros.


Y los padres también

Imagen de Jessgrrr - http://www.flickr.com/photos/jessicagarro/4252998328/
Imagen de Jessgrrr – http://www.flickr.com/photos/jessicagarro/4252998328/

La evaluación: dictak ciego

He visto a padres atemorizados, avergonzados, desesperados. Les he visto abatidos, traumatizados por un diagnóstico que temen como a un destino inexorable, decepcionados por tratamientos incomprendidos, agotados por infructuosas búsquedas y evaluaciones, frustrados por el escaso resultado de pautas, consignas y programas de habilidades.
Pero, sobre todo, les he visto tristes, por desconocer la razón por la cual su función de padres había quedado truncada y un abismo les separaba de su hija, de su hijo, a pesar de todos los esfuerzos.
Con muchos de ellos hemos afrontado juntos un camino arduo, a sabiendas de las dificultades que nos esperaban. A veces es necesario luchar a brazo partido. Lo hemos hecho. Y también hemos disfrutado de los logros y alegrías por las sorpresas de las conquistas, que insuflaban nuevos ánimos para seguir en la orientación que aporta el saber del psicoanálisis, el único saber que toma en cuenta el sujeto en su particularidad.
Lacan no dudó en calificar el ímpetu que se deriva del descubrimiento de Freud de fuerza revolucionaria. No se equivocaba: de la misma manera que Philippe Pinel consiguió liberar a los desgraciados enfermos mentales de las horribles cadenas que les impedían hasta la mínima dignidad del movimiento, tenemos que luchar hoy contra unas cadenas, no menos espantosas, por ser invisibles. Son las modernas cadenas que atan y someten a los “a-normales” a los dictados ciegos de la ideología de la evaluación, y que consiguen provocar la sugestión y el espanto, amparados en consignas sobre genética, biología, neuronas y tutti quanti.
El psicoanálisis nos da la convicción y la fuerza para levantarnos y hacer oír nuestras voces junto a todos aquellos que la recuperan con nosotros, día a día, en un trabajo tan digno como discreto: Cada día, un poquito más de libertad, unos pasos más para afianzarse en un mundo cada vez más hostil a la singularidad, a lo que Lacan gustaba llamar las infinitas formas que presenta la adaptación a lo real, la infinita variedad y colorido de nuestras, sin embargo, precarias existencias.
 
El derecho a esconderse
Cuando el padre de Germán, de ocho años, recurrió a mí no era incauto: ya había visitado un centro especializado en Asperger. Ilustrado, de mentalidad cartesiana, dudaba de la cientificidad del psicoanálisis. Su hijo, un prodigio en lenguas, matemáticas, historia, música, se mostraba absolutamente asocial desde pequeño. Los chicos lo atacaban y vilipendiaban y los profesores se hartaban de sus infantilismos y rarezas. Germán tenía un sistema propio para aprender y se mostraba inflexible ante los intentos de conducirle por la senda común. No comprendía el empeño en que renunciara a sus originales sistemas si sus resultados eran correctos. En el encuentro que mantuvimos entonces Germán se mostró afable y tranquilo. Impasible y educado, me informó sobre algunas de sus singulares capacidades.
Confrontados a la elección, sus padres decidieron la opción terapéutica “científica” a fin de potenciar sus habilidades sociales, confiando en que la causa del desarreglo estuviera en los neurotransmisores y pudiera corregirse con recompensas y castigos. Años después, volvieron a llamarme, a los nulos resultados de la terapia se sumaba el pasaje inevitable de la pubertad que amenazaba con socavar sus sólidos pilares intelectuales. Estaba agitado, hiperactivo, ya no se concentraba como antes y los extraordinarios resultados caían en picado.
En casa, las estereotipias arreciaban y privarle de su maquinita de videojuegos era al precio de la furia y la desesperación. En el colegio se quejaban de su comportamiento y aunque los profesores seguían reconociendo sus extraordinarias dotes, la situación se tornaba insostenible con quejas, amenazas y amonestaciones.
En sus sesiones fue desgranando sus múltiples intereses. También exploraba las fallas del sistema educativo, su irracionalidad, deplorando los caprichos de los adultos. Con lucidez detectaba en ellos los signos de lo que Lacan calificó su “adulteración”. El don de la palabra en el marco de las sesiones se tradujo en la mejora de su comportamiento en clase y en una notable pacificación. Con frecuencia me reunía con sus padres, especialmente con su padre, principal referente de Germán, escéptico y disgustado por la insensatez de una mente tan brillante. Creía que, igual que sus padres, estudiantes brillantísimos, su hijo debía pasar sin mácula por la vida académica. Pensaba que si no lo conseguía era debido a alguna falla en la sinapsis, o a su falta de esfuerzo. Poco a poco fue cambiando la mirada vigilante, escrutadora de los padres que se volvieron más tolerantes y tranquilos.
Entretanto, Germán obtuvo un espacio opaco a la mirada de sus padres, un territorio íntimo que ellos aprendieron a respetar, admitiendo ciertas mentirijillas, haciendo la vista gorda frente a “cosas de chavales”. Cuando comprendieron la razón de su falta de atención en clase advino la convicción de que estábamos en la buena vía: Germán “desconectaba” porque las lecciones no eran estimulantes. Intentaba por todos los medios quedarse quieto pero no lo conseguía, entonces su angustia crecía y surgían movimientos para calmarse. Este descubrimiento marcó un antes y un después: la falla no recaía sobre su hijo sino en la evaluación de la clase que no contemplaba su excepcionalidad, sino que, al contrario, la repudiaba. El resultado del cambio de perspectiva de un trabajo en el que participaron los adultos implicados fue que la vida familiar y escolar se fue normalizando, eso sí, a partir del reconocimiento y el respeto de la particularidad de Germán. En estos momentos están elaborando juntos el diseño de un futuro universitario a la altura de su talento fuera de lo común.
 
Freud nos ha enseñado que debemos ser muy cuidadosos con la acusación y revelación de las mentiras infantiles puesto que ellas tienen su origen en “enérgicos motivos del alma infantil”. Lacan, en la misma línea, nos enseñó que cuando el niño dice el perro hace “miau” y el gato “guau” inicia el uso de la metáfora. De ahí su disgusto ante la corrección pedagógica por parte de los adultos: no se trata de un error, al pequeño le produce regocijo usar las palabras más allá de su sentido comúnmente aceptado. Freud llamó a este goce de las palabras, principio del placer. Gracias a este uso del lenguaje aprendemos a escondernos, a no ser transparentes, a tener un deseo incógnito: en el “mentir” respecto de la realidad radica la potencialidad creadora de las palabras, cuna de la poesía y de las invenciones.
 
Para una educación freudiana
En nuestro trabajo con los autistas, verificamos la alegría que trae consigo el restablecimiento del lazo entre padres e hijos, el gusto que conlleva el poder continuar con su labor simbólica de educación. En un momento dado ésta se ha interrumpido y los padres no consiguen realizar su función más elevada, la de atemperar en sus hijos el desamparo consustancial al ser humano. Este tiene dos aspectos, uno exterior, que determina la necesidad de alimento y cobijo y otro, “interior”, vinculado a las angustias que produce el parásito que introduce el lenguaje en el ser hablante: una tendencia incomprensible a la destrucción, a atacarnos nosotros mismos que Freud llamó pulsión de muerte. Y que contraviene el principio del placer, la vida. Más precisamente, la vida consiste en la lucha que cada uno de nosotros, humanos, hablantes, libra, contra esta tendencia, día tras día. Respecto a esta fuerza, tan íntima como ignota, lo que los padres pueden hacer es limitado. Sin embargo, en lo que consiguen hacer radica su fuerza moral y su transmisión: en ello cobran sentido los signos de amor, y en éstos se asienta la eficacia de la educación. Cuando esos signos no se perciben, y cuando, por no percibirse escasean, o enmudecen, un autismo afecta a la relación del niño con sus padres y la noble función educativa se interrumpe, se malogra.
El recorrido que hacemos con los padres que admiten manifestarse concernidos por estas dificultades se hace posible por el derecho que conceden a sus hijos a poder engañarles un poco, el derecho que les otorgan a esconderse, a no ser transparentes. Y ello en la medida en que aceptan, en lo íntimo de ellos mismos, una zona opaca a la mirada de la evaluación, no evidente, que Freud llamó inconsciente y cuyo reconocimiento nos cambia la vida, que se vuelve entonces más humilde y humana, pero también, más eficaz e interesante.
 
 


La mirada de los otros

Imagen de Sarah&theSpider - http://www.flickr.com/photos/hellosarah/5038203055/
Imagen de Sarah&theSpider – http://www.flickr.com/photos/hellosarah/5038203055/

Existe la mirada que encierra, la mirada que da una perspectiva, la mirada que te hace sentir que estás creciendo, la mirada que se clava en ti, la mirada que reconoce el eco del semejante, la mirada que separa, la mirada que disloca, la mirada que tranquiliza, la mirada que aliena, la mirada que confiere existencia al Otro en tanto que ser separado de su propia existencia…
Y es que la mirada, como lo podemos constatar cada día en nuestra vida cotidiana, resulta ampliamente influida por la idea que tenemos de aquello que una etiqueta, una categoría, una palabra designan.
Si me presento ante vosotros como periodista o como madre concernida por la problemática autista, o como cualquier otra cosa que elija poner por delante, la mirada que vais a poner en mi, en mi intervención de hoy, resultará ligeramente diferente, aparecerá determinada por lo que sabéis de tal o cual categoría que me designa como incluida en un grupo.
Yo escribí el libro “Salir del autismo” con la esperanza de producir un cambio aunque fuera pequeño, aunque fuera mínimo, en la mirada que cada uno de nosotros ponemos en las personas que agrupamos bajo el significante de autismo.
– Para que se miren de otra manera los desórdenes visibles, los síntomas que saltan a la vista y que a veces, incluso, petrifican a los que tenemos en frente, aniquilando la posibilidad de su pensamiento al provocarles reflejos de miedo o de angustia.
– Para que estas manifestaciones sean comprendidas por lo que son: manifestaciones de sufrimiento, y no como la rúbrica de un estado de deficiencia irremediable o como algo amenazante para uno mismo.
Cuando miramos las cosas de esta manera -y esto es tan importante para un niño con dificultades que, como todos los demás niños, es un sujeto en construcción- estamos dando a este niño otra pequeña oportunidad de “terminar de nacer”, según la expresión que tanto me gusta de Barbara Donville o, lo que es lo mismo, de entrar en la sociedad.
Y es aquí donde está en juego la mirada de cada uno de nosotros y no sólo la de los padres o de los allegados está en juego: es necesario que esta sociedad tenga ganas de comprender lo que está en juego para niños que no crecen de manera ordinaria, es necesario también que acoja los desvíos dentro de una normalidad ambiental, que entienda que en estas diferencias hay también una fuente de riqueza y creatividad.
A contracorriente del discurso que categoriza con exceso los síntomas hasta perder el deseo de buscarles un sentido…, quisiera hacer oír que existe la posibilidad de una evolución positiva de los síndromes autistas, que los niños calificados de «autistas» no están programados para permanecer encerrados dentro de su estructura ni para ser esencialmente autistas, que hay tantos autismos como niños diagnosticados como tales, que una vez establecido el diagnóstico y los sufrimientos reconocidos, hay que olvidarlo para construir el camino singular de cada uno, porque no hay un modelo, queda todo por inventar para cada sujeto, en cada caso y esto exige una energía considerable para los padres y para todos los que se ocupan de ellos.
El deber de la sociedad entera es ayudarles. Ellos necesitan ayuda material, necesitan recursos, pero ante todo necesitan esta fraternidad de una mirada que no evalúa antes de comprender, que no se siente en peligro por la diferencia, que, incluso y sobretodo, busca alimento en esta diferencia. Ahí empieza la reparación mediante el vínculo, ahí empieza un intercambio mutuo. Abrir este camino es un trabajo largo y agotador, pero da sus frutos y esto tan sólo se puede plantear si terminamos con la convicción de que el estado autístico es una fatalidad: un defecto insuperable de genes y de neuronas defectuosas. Ello será posible sólo si la angustia por el futuro deja de teñir las miradas y ellas pueden abrirse al presente.
Es el miedo el que actualmente nos lleva a clasificar a los niños en categorías cada vez más afinadas según sus comportamientos. Es, realmente, el miedo el que hace leer cualquier diferencia con el prisma de la deficiencia, de la falta. Las denominaciones estancas que tienden a excluir del campo de la humanidad común se multiplican cada vez más para preservarnos de algo que, de otro modo, nos tocaría demasiado íntimamente.
Y, sin embargo, ¿es preciso recordarlo? Entre lo patológico y lo normal hay un continuo. Sí, ¡uno se puede deslizar de un lado a otro en los dos sentidos, en un momento dado, en una vida, con una o dos generaciones de por medio!
He escrito este libro con la aspiración de llegar a un público exterior del que se podría denominar «el mundo del autismo», un público más amplio que el de los padres, el entorno en sentido amplio, porque la mirada que se pone en los síntomas de un niño en construcción es capital; ya que el pequeño humano, el muy pequeño ser humano, cualquiera que sea su manera de crecer, sean cuales sean sus enfermedades, sus sufrimientos, se construye, en primer lugar, ante la mirada de los otros. Hay miradas que abren a un porvenir, que abren perspectivas o, a la inversa, que encierran.
Hay miradas, proyecciones relacionadas con el vocabulario empleado y con la fijeza que transmiten, que sostienen o, por el contrario, que hieren aún más.
He querido centrar esta intervención en el tema de la mirada en el autismo infantil porque hay dos maneras de contemplar a los niños con dificultades tan importantes de relación y de comportamiento: o bien mirarlos a través de lo que les falta o bien considerar, en primer lugar, sus capacidades.
Un niño atrapado en la problemática del autismo es devorado por angustias multiformes, por miedos cuya intensidad no nos imaginamos. Estamos hablando de niños que no han podido investir la mirada del Otro como algo que contiene, algo que permite explorar un espacio seguro entre él y el Otro, que le permita sentir que existe en un continum con límites.
En estas condiciones, la mirada siempre puede producir fracturas, puede resultar punzante, perseguidora. En estas condiciones, también, el don de una mirada benévola, que contiene, que se deja guiar por lo que ocurre en el momento, en términos de emoción, de relación, es tanto más necesaria y 
reparadora.
Este don es la gratuidad plena y entera. Es lo contrario de una mirada cerrada, de la mirada del que sabe, que proyecta demasiadas imágenes que no se corresponden con lo que el niño siente. Se trata de una mirada que no se deja enseñar por el niño.
Estos niños, más que otros, durante más tiempo que otros, estos niños necesitan una mirada que busca una concordancia emocional y afectiva para comprometerse en el vínculo con el otro, con la mutualidad que esto supone.
El titubeo de la mirada supone el abandono de la búsqueda de una certeza, supone tomar el riesgo de no saber, de equivocarse. Pero no se vive sin riesgo y éste es más fecundo, más portador de vida que las proyecciones poco gloriosas que les encierran, rápidamente, en un destino seguro, categorizado según los principios teóricos válidos para todos.
Cuando se habla de los más pequeños, con los que todo queda por construir -en los estudios científicos, se evoca, cada vez más a menudo, la plasticidad neuronal- la mirada que se detiene en el “pleno” es más creativa, es la que devuelve el individuo a su existencia entera, como individuo, porque respeta lo que hay de positivo, porque empuja hacia el salto existencial, sin reducir la dimensión del ser a sus dificultades.
Esta mirada ofrece la posibilidad de seguir en lo cotidiano ya que todo se juega en lo cotidiano, en los pequeños hechos y gestos, en las palabras menudas, así como en los tiempos de atención y de educación.
Una pregunta que sigue sin respuesta, un acto inapropiado frente a una demanda -aunque esta demanda sea, ella también, inapropiada-, se añade a las heridas que alimentan un sentimiento de inexistencia ya demasiado 
imponente.
Esta mirada otorga la capacidad de dar seguridad, de contener, la necesidad de controlar sus propios miedos, de interrogarse sin cesar sobre lo que alimenta nuestra propia mirada sobre el mundo y sobre el Otro. Esto lleva a veces a confrontarse con vértigos personales porque los terrores que sienten estos niños son también los nuestros, sentidos en un momento u otro de nuestra existencia, dominados, poco a poco, gracias a la suerte, al amor de los seres queridos… 
Si estamos bien es también porque hemos escapado al estupor, entendida como petrificación de las emociones pero, en cada uno de nosotros, hay huellas de estas heridas existenciales, de estos grandes miedos fundamentales relacionados con el temor a la muerte. Y no se precisa gran cosa para reactivarlos.
No hay una manera única de estar en el mundo, una manera única de triunfar en la vida sino que cada ser humano se construye integrando en su interior las diferentes miradas de los otros. Y la mirada está cargada de nuestros sentimientos conscientes pero también de nuestras emociones inconscientes.
No he querido dar testimonio de mi historia personal sino de este peso de la mirada para que cada uno de nosotros se sienta concernido. He experimentado a lo largo de mi recorrido como madre el consuelo de la mirada que ayuda a sentirse orgullosa, que ayuda a sortear dificultades, a encontrar soluciones, a tomar conciencia de su propia mirada sobre su niño, y a estar feliz de cambiarla, porque le alegra la vida al sentirse pertenecer a la comunidad de los otros. También he experimentado la amargura de miradas que hunden en un papel de víctima, que excluyen, que minan la confianza en uno mismo, que descalifican.
Los padres no pueden estar solos aunque se agrupen entre ellos. Necesitan a toda la sociedad para inventar sin cesar nuevas soluciones, reales y humanas, que no estén únicamente bajo el semblante de la inclusión, sino que les permitan una inscripción verdadera en la comunidad humana; arreglos singulares que hacen atemperar la angustia ante el mundo y que permiten a las creatividades singulares realizarse en pos del enriquecimiento de todos.
El bienestar no puede conformarse con respuestas estandarizadas, protocolarias, reproductibles de uno a otro, que engendren guetos. No existen soluciones masivas al autismo y la vía de la esperanza me parece que se encuentra en la preservación de la variedad, en la agilidad de las pequeñas estructuras que promueven la creación.
Los niños gravemente perturbados necesitan, más que nada, una mirada que no evalúe antes de ver, que no lo mida todo con un rasero estándar, una mirada que dé a los otros la posibilidad de ser plenamente lo que es, por muy extraño e incómodo que sea.
Una mirada que de existencia, que no busque dominar. Es una mirada que da, que sostiene, que comparte, que no afirma su superioridad aunque sea por la vía indirecta de la piedad.

De la Ritalina al buen alumno tunecino

« Pedro es hiperactivo », afirman la maestra, la madre y el pediatra. El diagnóstico de TDAH, establecido por el servicio de neuropediatría de un hospital público de renombre, es concluyente, asi como también la prescripción de Ritalina.
Mi primer encuentro con este niño de 8 años me permitió situar tres cuestiones fundamentales:

  1. La agitación corporal, que lo obliga a golpearse contra las paredes de mi consultorio, produciéndose moretones.
  2. Una mirada invasiva articulada a su agitacion, ya que ésta obliga a los adultos a no perderlo de vista ni un solo instante, lo cual alimenta aun mas su hiperactividad,
  3. y la agitación del lenguaje que irrumpe bajo forma de insultos e imperativos. Desde el comienzo, advierto un fenómeno singular del lenguaje : una letra « t » que invade su palabra y su escritura.

 
Construi el caso en tres tiempos logicos :

1° tiempo (Tratamiento del Otro)

Al comienzo, Pedro se presenta en posicion de amo. Coloca animalitos sobre mi escritorio y me ordena dibujarlos. En una ocasión, en vez de obedecerlo, me pongo a escribir. Golpéandose contra el escritorio, grita furioso : « Dibuja una serpiente ! » Sin interrumpir mi escritura y sin levantar la mirada de la hoja, le diré que no sé dibujar serpientes. Es ahí que por primera vez, logra sentarse frente a mi, permaneciendo un instante en silencio. A partir de ese momento, comenzaremos a dibujar juntos, fabricando pequeñas ficciones.
En una ocasion, Pedro introduce un malo que va a matarme. Dibujo buenos para protegerme, pero me dice que también son malos.
En otra ocasion, introduce un dinosaurio malo que va a matarnos. Dirigiéndome directamente al dinosaurio le digo que eso no es posible, que Pedro y yo no podemos permitir que haga daño. Mi intervencion produce risa en el niño, que por primera vez pide llevarse un dibujo.
En una entrevista, me pide que dibuje un león malo que puede matar a un caballo. Dibujo una jaula para encerrar al león (una jaula vacia). Entonces, Pedro señala que los otros animales son buenos. A partir de allí, usará una serie de entrevistas para dibujar jaulas y separar a los malos de los buenos.
En otra entrevista, afirma que su caballo le pegó patadas. Cuando me dispongo a encerrarlo, me advierte que no es necesario, que el caballo es bueno, da patadas pero es posible detenerlo. Corto la sesión. A partir de alli, los golpes y moretones desaparecerán progresivamente. Propongo al equipo y a los padres poner fin a la toma de Ritalina.
 
Intentemos elucidar, a partir de este efecto terapéutico mayor (dejar de lastimarse), el resorte analitico de las operaciones efectuadas. Por un lado, la inscripción de una negación respecto del saber, introduce un agujero y me permite presentarle a Pedro un Otro que no sabe todo : no sabe dibujar serpientes y tampoco sabe todo sobre su sufrimiento. Por otro lado, la introducción del « no » que recae sobre el dinosaurio y su acción, produce una separación entre este nino y el animal malo. La jaula, que distingue un adentro y un afuera, sirve para encerrar al elemento malo que andaba suelto. Poco a poco, Pedro logra establecer una clasificación que introduce un poco de orden en su mundo simbólico, distribuido ahora entre el conjunto de los buenos, el conjunto de los malos a los que la jaula pone límite, y un subconjunto, un animal bueno que hace travesuras, pero al que se le puede decir que no, sin necesidad de encerrarlo.
 

2° tiempo (Transplante del inconsciente)

Pedro roba animalitos de mi consultorio de manera « muy visible ». La agitación reaparece. En una sesión, en la que hace desaparecer un animalito, le digo que es un mago, cierro los ojos y agrego que los magos dicen palabras mágicas. Pedro pronuncia una y guarda animalitos en su bolsillo. Por primera vez, me pide que cierre los ojos y hace reaparecer uno por uno los animalitos. De ahí en más, comenzará a fabricar nuevos escondites (ademas de sus bolsillos).
En una sesión, en la que Pedro no puede parar de transformar las respuestas a sus adivinanzas, introduzco la escritura para intentar detener la agitación. Me pide que modifique la respuesta que acabo de escribir. Respondo que eso es imposible. Me pide un borrador para borrar. Le digo que no hay. Pedro tacha mi escritura, pero la incesante transformación de las respuestas a sus adivinanzas se detiene. A la sesión siguiente, trae su primer y unico sueño.
 
Qué sucedió en este segundo tiempo ? Frente a la no extracción del objeto mirada que afecta a este niño, cierro los ojos, redoblando de este modo la sustracción que él mismo intentaba mediante sus pequeños robos. Ademas, pego un elemento simbólico, la palabra mágica. Así, obtenemos un efecto de fort-da, manifiesto en la multiplicacion de los escondites. Frente a la imposibilidad de borrar lo escrito, el niño lo tacha, realizando de este modo una especie de pantomima de la represión, que producira un pequeno efecto de transplante del inconsciente.
 

3° tiempo (Remiendo del agujero)

Pedro relata un sueño en el que un barco se dirige a Túnez, país de origen de su padre. Le pregunto si visitó ese país. No responde. Le pregunto a qué se parece ese país. Dibuja la bandera de Túnez y me pide que deletree la palabra Túnez, para poder él escribirla.
Pedro es el menor de tres hermanos. A diferencia de él, sus hermanos mayores tienen nombres tunecinos y no presentan problemas escolares. Antes de su nacimiento, la familla se instala en Túnez, pero regresan porque la madre no se adapta. La madre ubica la ruptura conyugal en el momento del nacimiento de Pedro, en el que se sintió abandonada por su marido que se encontraba en Túnez.
Una hipótesis cobra forma : para este niño, habría algo forcluído respecto del país paterno– Túnez, que él me pide que deletree–, del cual la letra  « t », que invade su palabra y su escritura, constituiría un retorno en lo real (un pedacito de real, que no esta ligado a las otras letras).
Para intentar remendar este agujero, le pido que traiga fotos de ese país (de sus vacaciones), país que ubicaremos en el mapa, sobre el cual marcara idas y vueltas entre Túnez y Francia.
En una sesión, Pedro recorta una banderita de Túnez para pegarla sobre su sueter. Así vestido, logrará jugar al football con sus compañeros.
En una ficción, dice que su padre quiere hablarme. Convocaré entonces al padre (en la realidad), que afirmará que « lo más importante para él es que su hijo sea un buen alumno ».
Los efectos no se hacen esperar. En la cantina, Pedro pide no comer mas cerdo, « como su padre » (de culto musulman). La « t » sin ley invadirá cada vez menos su palabra, desapareciendo completamente de su escritura. Lo escolar interesa cada vez más a este niño que vendrá a nuestras entrevistas disfrazado de « buen alumno tunecino ».
 
Qué hicimos ? La bandera tunecina sirve para imaginarizar el país paterno, donde parece situarse un agujero forclusivo que intentamos remendar sirviéndonos de lo imaginario y lo simbólico. Poco a poco, Pedro se fabrica una filiación paterna. La identificación al buen alumno tunecino le permite construirse un personaje que puede compartir la clase con otros niños y avanzar en los aprendizajes. De este modo, luego de 15 meses de entrevistas, Pedro logra reintegrarse a la escuela y deja la institución.