Archivo de la categoría: Tratamiento posible de los autismos y las psicosis en niños y jóvenes. Hacia una práctica dialogada

Mariana Otero y Bernard Seyhaeve hablan sobre el documental "A cielo abierto"

A continuación presentamos unos comentarios de Mariana Otero, directora del documental «A cielo abierto», el cual se estrenará el próximo 1 de agosto de 2014 en la Alianza Colombo Francesa de Bogotá.  Al final, un comentario también a propósito del documental de Bernard Seynhaeve, director de Le Courtil, institución en la que se realizó el documental.  El Dr. Seynhaeve estará de visita en nuestro país en el marco de la II Semana del Autismo, del 1 al 8 de agosto, organizada por la Antena Infancia y Juventud de Bogotá.

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COMO UN CIELO ABIERTO…

 «Una maravillosa película acerca de la infancia y de la locura.»

LES INROCKUPTIBLES.

 «Como un Cielo Abierto se refiere la diferencia radical del Otro. Se acerca a los niños y sus sufrimientos de una forma libre y creativa originando controversia.»

LE MONDE

 «Una experiencia extraordinaria sobre la vida y la libertad»:

LE FIGARO

 «Cine documental pero, sobre todo, cine puro».

LE NOUVEL OBSERVATEUR

 «La encarnación de lo cautivador y conmovedor del lenguaje cinematográfico.»

L’HUMANITÉ

 
Una película de Mariana Otero.
 Alysson observa su cuerpo con cautela.
Evanne gira hasta que el mareo le hace caer.
Amina no es capaz de pronunciar las palabras con claridad.

En la frontera franco-belga, hay un lugar único para niños con problemas mentales y sociales. Día tras día los adultos tratan de entender el enigma que cada uno de ellos representa, de inventar soluciones que les ayuden a vivir en paz. A través de sus historias, Como un Cielo Abierto, revela su singular visión del mundo para nosotros.

Notas de la Directora

mariana otero Orígenes del proyecto:

El reino al que llamamos “locura» siempre me ha intrigado, fascinado y hasta asustado, pero, al mismo tiempo, siempre tuve la vaga idea de que era posible comprender algo sobre él y, además, que la locura podría enseñarnos algo. Después de Entre nuestras manos, yo quería enfrentar este estado alterado contra el pensamiento racional que parece venir en tiempos cortos.

Por lo tanto, visité numerosos hogares e instituciones para «discapacitados mentales».  En el curso de mi larga expedición, descubrí un instituto médico y educativo para niños en la frontera franco-belga que es prácticamente único en Europa, Le Courtil.

La idea fundamental de la institución es que los niños que sufren de problemas mentales no son discapacitados o les falta algo para ser como los demás. Por el contrario, en Le Courtil, cada uno de los niños por encima de todo es considerado por el personal como un enigma, un sujeto con una singular estructura mental, en otras palabras, una original manera de percibir y pensar el mundo y su relación con los otros. El personal, abandonando todas las ideas y conocimientos pre-establecidos, trata de comprender la singularidad de cada niño, con el fin de ayudarles a encontrar su propia solución, una que les permita encontrar su lugar en el mundo y vivir en paz.

Además, encontré una extraordinaria manera de pensar y de vivir con la locura, en una institución que coloca al sujeto y su singularidad en el centro de su labor. Encontré una forma de acercarse al Otro que me conmovió profundamente y que, espero, sea perceptible en toda la película: quienquiera que sea, el Otro, debe considerarse como un inconmensurable misterio.

Rodaje

A pesar que esta expedición duró casi un año, de lo que vi y de las historias acerca de los niños, cuando empecé a filmar no se había logrado avanzar mucho sobre los posibles «guiones”. Las cosas tenían que ser diferentes. En un lugar como Le Courtil, donde todo gira en torno al sujeto y sus invenciones, los cuentos de los niños eran impredecibles. Además, la importancia de los acontecimientos era captada y evaluada durante mucho tiempo después de que sucediera, en relación con el desarrollo del niño, en otras palabras «a posteriori».

Se puede decir que en Le Courtil las historias son escritas al revés. Esto es inquietante… y te deja sin aliento. Ciertamente, yo agudice mi mirada durante la expedición y pude ver con más claridad que cuando llegué por primera vez a Le Courtil. Pero mis poderes de predicción terminaron ahí. Tenía una pequeña guía de los acontecimientos que me iban a permitir filmarlos de manera más o menos precisa, pero no tenía «visibilidad» más allá de esto.

Grabé durante tres meses en un estado de concentración total, la cámara atada a mí ocho horas al día, con la sensación de que cada segundo era precioso. Para tener éxito en el rodaje de las escenas, tuve que olvidarme de mis intereses normales, así me permitiría evaluar la importancia de un evento y lo que este conlleva. En Le Courtil, estos intereses no eran necesariamente los correctos y pude haberme perdido de algo esencial. Para mantener la agudeza de mi mirada, y para ser exacta en el rodaje de cada escena, tenía que estar presente en el día a día con los niños y el personal. No grabé todo, pero estaba con ellos en todo momento, en alerta.

Con el avance de la filmación, comencé a percibir la importancia de ciertas escenas que luego completaría con otras escenas, y que a su vez tuvieron un significado diferente la semana siguiente. De hecho, se trataba de una atípica y fascinante forma de grabar muy distinta de todo lo que había experimentado hasta entonces.

Los niños y la cámara

escena de le courtilYo sabía, antes de empezar a grabar, que la relación de los niños con la cámara iba a ser muy particular, directamente conexo con su forma de vivir su relación con el Otro, su cuerpo y el mundo.

Yo sabía que la relación con la cámara, en otras palabras, con la mirada, puede ser central, elegí trabajar sola las escenas con los niños, sin mi ingeniero de sonido. Me decidí a llevar la cámara atada a mi cuerpo con un ligero y flexible sistema de arnés, por lo que lo convertí en un «cuerpo-cámara».  Y, aun cuando yo no estaba filmando, llevaba este aparato.

Desde el principio del rodaje, para los niños, o la cámara y yo no existíamos, o me hablaron como si no tuviera la cámara o tuvieron un interés exclusivamente en ella. De alguna manera, para ellos, no hay nada fuera del marco. Es por eso que, a veces, la interacción de los niños con la cámara y conmigo fue tema en las reuniones y sesiones de supervisión como si fuera otro elemento del taller.

De cualquier forma, estos niños no mostraron ningún tipo de narcisismo, vergüenza, timidez: su imagen y la representación de ésta no les importaba. Era su relación con el Otro o su mirada la que estaba directamente en consideración, y la que podría agredirlos o, por el contrario, tranquilizarlos.

Tomemos el ejemplo de Evanne. Para él, al comenzar el rodaje, la cámara no existía y yo era transparente. Luego, poco a poco, al mismo tiempo que él cambiaba, «el Otro» comenzaba a tomar forma para él, vi que me comenzaba a ver y ver la cámara. Así, la primera vez que miró a la cámara, me sentí muy conmovida: un cambio importante en Evanne fue revelado, muy diferente de todos los demás, de su forma de ver a la cámara y de lo que había filmado en el pasado.

Para Alysson, quien apenas me había prestado atención durante esta expedición, mi presencia silenciosa como camarógrafa se volvió muy importante. El personal y yo teníamos la impresión de que la cámara se asemejaba al cuerpo de Alysson lo que le permitió ponerse en marcha. Algo muy poderoso que me hizo pensar en la relación que los actores tienen con la cámara: no es el deseo de ser visto, sino más bien una función mucho más vital: traerlos juntos.

La relación con la cámara fue muy fuerte, muy “significativa”, lo que, de una forma totalmente lógica, encontró su lugar al final de la edición de este filme.

Edición

Al final, grabé más de 180 horas. Con el editor, Nelly Quettier, cortamos las secuencias caracter por caracter, tratamos de poner de relieve la singularidad de cada niño y su desarrollo. Después de cuatro meses en la edición, tuvimos cuatro horas en las que juntamos las escenas construidas a partir de los cuatro personajes principales: Jean-Hugues, Alysson, Evanne y Amina. Después de eso, construimos la película intercalando estas «historias» jugando con el espacio y el tiempo, sin llegar a ser una construcción cronológica.

A través de la edición, tuvimos que entender la locura de una manera sensorial, emotiva e intelectual, mientras construíamos una estructura dramática con los niños en un constante movimiento hacia adelante y hacia atrás entre su vida cotidiana y las reuniones. Tuvimos que evitar ser sistemáticos y mantener la emoción ligada a los personajes en todo momento. Los obstáculos habrían de convertirse en didáctica: la película tenía que ser una experiencia y no una lección. Más que dar una explicación, lo principal para mí era que los asistentes pudieran vivir la experiencia de la comprensión, en otras palabras dar lugar a una nueva mirada. El tiempo era esencial para la película: el momento del interrogatorio en primer lugar y luego el de descubrimiento y, por último, el de entendimiento.

Sobre Le Courtil y su Director Bernard Seynhaeve

 ¿Por qué aceptó dejarse filmar por la cámara de Mariana Otero?

Bernard Seynhaeve: Aceptamos porque era la cámara de Mariana Otero. O sobre todo, porque era Mariana. Conocía vagamente a Mariana Otero, pero no conocía a Mariana. Vi su primera película. La enunciación estaba allí. Lo que la atormentaba en ese filme, es lo que hace la singularidad de los seres parlantes, sus fallas. Lo humano. Luego me interesé por conocerla. Ese fue un encuentro. Necesité un poco de tiempo para encontrar a la persona, es decir percibir alguna cosa de su enunciación más allá de su enunciado. Pienso que puedo afirmar que ha sido así para todos aquellos que la encontraron en la institución. No solamente todos los intervinientes, sino sobre todo, los niños. A lo largo de nuestros repetidos encuentros y sus preguntas, siempre orientadas hacia el mismo punto, nos hemos hecho una pequeña idea de lo que la preocupaba, de lo que le daba la tabarra en su vida, lo que iluminaba su vida: ella quería comprender, quería saber. Tenía un deseo ardiente de comprender para contar la vivencia de los niños, su alegría de vivir, pero también lo que le es insoportable, lo más cerca posible de lo cotidiano. Mariana pasó varios meses en el Courtil para efectuar su enfoque. A continuación pasó otros tres meses para realizar su película. Es decir que hemos podido hablar, intercambiar. Mariana se ha ganado plenamente nuestra confianza, la de todos los trabajadores del Courtil, la de los niños y la de los padres, sin resistencia.

Bernard Seynhaeve en sus palabras

Mi transferencia con el psicoanálisis se hizo a partir de mi encuentro con Alexander Stevens en 1980. Yo venía de trabajar en una institución que acogía niños que se calificaban como débiles. Este significante no me parecía conveniente. No soportaba que dijéramos de estos niños que les faltaba cualquier cosa. Pronto, Alexander Stevens, que era médico psiquiatra en esta institución me pidió crear una pequeña unidad de cuidados que se orientara con referencias de Freud y Lacan. Esto respondía a mi malestar. Acepté inmediatamente. Así fue inventado Le Courtil. También en esa misma época comencé mi análisis; un análisis que duró 25 años y que se puntuó por el pase. Fui nominado AE de la Escuela de la Causa Freudiana en abril de 2008 y enseñé en tanto que AE hasta 2012. Además de mi función como director de Le Courtil, empecé a recibir como analista en Lille, en Francia en el 2000. También soy enseñante en el Colegio Clínico de Lille.

Dejaré mi función de Director de Le Courtil a partir de mi jubilación el 30 de junio de este año, pero continuaré en la difusión del psicoanálisis y recibiendo como psicoanalista. Actualmente soy miembro del Consejo de la Escuela de la Causa Freudiana.

Martin Egge

En el siguiente apartado, la psicoanalista Maria Solita Quijano, miembro de la Antena Infancia y Juventud de Bogotá, ofrece una breve reseña de la vida Martin Egge y de la institución que se fundó en su nombre.  Como homenaje a este importante psicoanalista, traduce además el testimonio de unos padres cuyo hija fue antendida por Egge en su Fundación.

martin egge

Martin Egge fue un Psicoanalista decidido y entusiasta, médico de la Universidad de Heidelberg (Alemania), y especialista en Neuropsiquiatría Infantil en Berlín,  fue Miembro de la Escuela Italiana de Psicoanálisis –SLP-, docente del Instituto Freudiano de Roma, y fundador y director terapéutico, desde 1997, de Antenna 112 y, desde 2003, de Antennina, del Buon Pastore de Venecia, centros terapéuticos residenciales y diurnos para niños y adolescentes. Además de El tratamiento del niño autista, publicó numerosos artículos en revistas de psicoanálisis de Italia y otros países, y escribió un ensayo sobre Glenn Gould para el libro Invenciones en la psicosis (editorial Quodlibet, 2008). Fallece en el año 2011 y en su honor se funda esta institución que desarrolla actualmente su trabajo en Venecia (www.fondazionemartineggeonlus.org).

 En sus palabras “La diferencia de las Antennas con otros dispositivos es que su trabajo es producir un sujeto, es decir, demostrar al niño autista que su palabra nos la tomamos muy en serio, por esta razón en la entrada del niño al dispositivo hay un sí decidido a lo que el niño trae consigo”.

Los Padres de Samantha, acogida en la Fundación, testimonian de lo que su trabajo les legó:

“Gracias porque realmente es muy difícil entender qué pasa en el corazón de un padre con un hijo discapacitado. Pero usted estimado Doctor Egge lo lograba porque amaba a estos niños, los amaba profundamente. Se entendía de inmediato; al oírlo hablar de ellos, su cara y sus ojos siempre tranquilos, se iluminaban. Para usted todos eran importantes, del primero al último.

Quisiera contarle dos de los tantísimos episodios en los que usted siempre tuvo las palabras justas en el momento indicado.

Una vez, acompañándome afuera después de uno de nuestros tantos coloquios en los que estaba particularmente mal,  usted me dijo: “Los nuestros son niños especiales y tienen necesidad de un amor especial”.

En otra oportunidad usted había apenas regresado de las vacaciones y yo bromeando le dije: “La estaba pasando muy bien ¿no? ¿duro volver?”, usted me miró y me respondió : “Un poco de vacaciones está bien, son necesarias, pero estoy contento de haber regresado, no veía la hora de volver a ver a los muchachos, me hacían mucha falta”.

Querido Doctor Egge, usted realmente nos hará mucha falta, y por esto nuevamente quisiera decirle gracias, usted permanecerá para siempre en el corazón de sus muchachos y de nosotros los padres.”

Giorgio y Angela, Padres de Samantha.

 

Día Mundial de Concientización del Autismo – ¡Escuchemos a los autistas! – Vilma Coccoz

Hoy, en el Día Mundial de Concientización del Autismo, publicamos esta breve y contundente nota de la psicoanalista Vilma Coccoz.


Escuchemos a los autistas!
Ecoutez les autistes!
 

Nos hacemos eco del título del manifiesto que Jean-Claude Maleval escribió con motivo de la proclamación del autismo como Gran Causa Nacional 2012 en Francia.

Maleval se hace allí portavoz de los autistas, de su conmovedor reclamo por ser considerados seres inteligentes, de su clamor por el merecido respeto a sus particulares invenciones, trabajosamente elaboradas para contener las angustias inconmensurables que padecen y que no consiguen transmitir sino en la desesperación y en las crisis. En la Declaración de los derechos de personas autistas se recoge explícitamente como “el derecho [de estas personas] a no ser expuestos a la angustia, a las amenazas de tratamientos abusivos.”

No deja de ser estremecedor que en los protocolos de actuación generalmente aplicados sean prioritarias las estrategias de aprendizaje evaluables, es decir, una solución universal, válida para todos los autistas. Este postulado se deriva de la referencia al aprendizaje del hombre normal frente a cuya vara de medir las “obsesiones” del sujeto autista son anormalidades indeseables, que se deben suprimir cuanto antes. Clama al cielo que en la literatura autodenominada “científica” que se esgrime como base de esos abordajes pedagógicos sean ignoradas las numerosas monografías clínicas y los relatos auti-biográficos, nombre que propuso Donna Williams para los testimonios.

El método ABA es un método de aprendizaje, no un modo de conocimiento del autismo. El método TEACCH está dirigido a construir una realidad compartida, un sistema de comunicación basado en pictogramas, pero no se interesa en la vida afectiva ni en el trabajo de protección contra la angustia.

La orientación psicoanalítica, centrada en la particularidad subjetiva, no deja de lado ninguno de los ámbitos en los que se despliega el funcionamiento del ser humano.  Siendo lo natural al ser humano el lenguaje, la palabra. En las personas aquejadas de autismo Lacan pudo detectar un “estado congelado de la palabra.” Lo esencial, pues, es ofrecerles el clima subjetivo adecuado para que pueda germinar su enunciación singular, la cual, presa en el trabajo de la defensa, se niega al intercambio. Aislado del Otro, el autista sólo se escucha a sí mismo. Ecos, murmullos, cánticos, sonidos, parrafadas, estribillos…surgen de forma inesperada, como saludos enviados a un buen entendedor.

El psicoanalista, representante del Otro, se ofrece como el destinatario discreto de esta “palabra a la espera.” Debe saber callarse sus expectativas, a sabiendas de que, incluso una valoración positiva puede convertirse en una demanda obligando al sujeto autista a permanecer cautivo del no.

El Sí a la palabra, al lazo social, depende de haber sido escuchado. Porque escuchar forma parte de la palabra.

Vilma Coccoz

Hacerse cargo del autismo y de la psicosis infantil en la Antena 110 – Bruno de Halleux

A continuación presentamos un artículo de Bruno de Halleux sobre su experiencia en el trabajo con niños autistas en la institución Antenne 10 de Bélgica.  El mismo corresponde a una conferencia dictada en Zaragoza en octubre de 2013.

Bruno de Halleux1.    La práctica entre varios

Voy a recordar brevemente el desarrollo que presenté en Madrid en el año 2012 gracias a una invitación de Vilma Coccoz. En esa oportunidad partí del siguiente problema: ¿cómo constituir un equipo que esté en consonancia con la posición que se exige para el trabajo con estos niños? Una puesta en marcha particular del equipo produjo un funcionamiento para el cual Jacques-Alain Miller ha encontrado un nombre, la práctica entre varios. Este sintagma desde entonces ha tenido un auge considerable en el campo freudiano e incluso más allá. Sin duda, existen diversas modalidades de práctica entre varios.

La nuestra no se reduce a varios partenaires en una intervención con un niño. Esta práctica se centra, se define como una práctica de la lengua y una práctica sobre la lengua. Se constituye más bien de un cierto posicionamiento con relación al saber de los partenaires del niño en un campo orientado. Cada partenaire debe poder autorizarse en su nombre propio e inscribir su acción en un colectivo que se propone una misma estrategia. Esto implica que cada interviniente esté suficientemente desprendido del Otro de la dirección, del Otro del supuesto saber para que juegue sus propias cartas y al mismo tiempo no juegue sus cartas él solo. Que no las juegue sin el Otro.

La dificultad para el interviniente es la de lograr insertarse en el recorrido de un niño que no cesa de expulsarnos. Es por esto que partimos del niño tal como es, con sus potencialidades y sus incapacidades, pero también con su objeto privilegiado. Esto pude ser un bastón, una cuerda, una pista de carros (circuitos), Walt Disney, etcétera. Luego  inventamos herramientas, estrategias para extender, desplazar, generalizar este centro de interés privilegiado y conducir progresivamente al niño hacia un proceso de aprendizaje.

Contrariamente a los métodos cognitivo-comportamentales, el proceso de aprendizaje es un aprendizaje consentido. Este aprendizaje consentido moviliza una dinámica subjetiva que en el aprendizaje obligado falta o que se ejerce oponiéndose al trabajo.

Esto significa que para operar, el partenaire debe estar a la escucha del significante o los significantes del sujeto, volver luego a ellos y tratar de complejizar estos significantes, multiplicarlos, jerarquizarlos, es decir, darles un cierto orden que valga como simbólico. Esto es lo que Virginio Baio llama “estar al encuentro del sujeto”. Señalo que en estas condiciones, una transferencia que no se apoye en su sustrato, el sujeto supuesto saber, sino sobre su vertiente de afecto puede desde ese momento establecerse entre el sujeto y su partenaire.

Si cada partenaire juega su partida con su propia táctica y siguiendo la estrategia del grupo, resulta de ello una multiplicación de ofertas que favorecen el surgimiento de un buen encuentro para el sujeto. Esta red de ofertas, este campo de intervenciones vectorizadas por una estrategia de equipo crea una atmósfera de deseo, deseo para los intervinientes y yo creo que también para los niños. Esto puede permitir a un sujeto liberarse de su Otro devastador. Esta atmósfera propia del deseo, esta red que no cesa de multiplicarse, estas sorpresas de la clínica que producen los niños, todo esto participa de la práctica entre varios.

 En la presentación del Número 9 de nuestra Revista, Preliminar, dedicada a la práctica entre varios, Eric Laurent subrayaba la ética analítica que teje nuestra práctica: “Practicamos entre varios y algunos otros. Tiene que haber un sentido de responsabilidad compartida, aguzado por las propias dificultades. Se practica la autorización de jugar con la lengua ahí donde la mayoría desespera por no poder comunicarse con el sujeto. Hay que poder autorizarse entonces a pesar de que la intuición nos diga lo contrario. No hay que ceder sobre el deseo de apostar por la existencia del sujeto ahí donde todo permite olvidarlo fácilmente. Ponerse entre varios para darse más ánimos de no ceder frente al deseo. Bella lección de virtud psicoanalítica”.

El sábado pasado me encontré con los padres de Emile, un niño de cinco años que está en la Antenne desde hace un año. Él, que estaba presente en la reunión, se tapaba las orejas mientras la madre se quejaba con nosotros de todos los golpes que recibe de su hijo. Él se tapa las orejas y lo escucho canturrear “¡no se puede dar golpes!”. Frente a la palabra que él ha dicho, yo intervengo para puntuar su frase indicándole que en la Antenne Lacan dice lo mismo “que no se puede dar golpes” y que además dice que hablar permite pedir de una manera distinta que con golpes. Es lo que un niño aprende cuando viene a la Antenne. En el fin de semana siguiente nos enteramos que repite entonces a su madre siempre canturreando: “Lacan dice que no podemos mas dar golpes”. Pero, no sin ironía, agrega “¡Lacan! ¡¡¡Hay que jalarle la cola y pone los huevos!!!”.[1]

La práctica entre varios produce esta atmósfera del deseo en la cual, fiándonos de la lengua, se produce un buen humor, una alegría se libera, un espíritu de fiesta no está nunca lejos.

La práctica entre varios ha evolucionado hoy. Esta puesta al día está relacionada con la segunda enseñanza de Lacan donde la fuerza del símbolo como el que anula lo real o el que anula el goce (la palabra es el asesinato de la cosa) se ve disminuida poco a poco a favor de una nueva concepción del significante.

Una concepción del significante que no anula el goce, sino que se correlaciona, una concepción del significante que se reduce a su materia, a su materialidad, a su letra.

Este significante-completamente-solo está en conexión con el goce. Jacques-Alain Miller estrecha el lazo de este significante en su encuentro con el cuerpo. Utiliza la palabra percusión. El significante percute el cuerpo, es lo que él denomina un acontecimiento del cuerpo. Es decir que el significante se piensa menos en su dialéctica S1-S2 y más en el S1 solo, significante asemántico, sin sentido. El significante-completamente-solo que ha llegado a percutir el cuerpo del sujeto autista incluye un goce no bordeado por la maquinaria edípica o la de la metáfora paterna. Es lo que encontramos en la clínica del autismo y que va más allá de nuestra práctica entre varios.

La práctica entre varios que es inicialmente una práctica sobre la lengua, se transforma ya que, hasta aquí, respondía -con exactitud- a un hacerse cargo del sujeto interrogando las cuestiones propias de la transferencia, de la pulsión, del deseo y de la interpretación en una lógica binaria del significante, S1 – S2.

Esta transformación de la práctica entre varios es homogénea al cambio que se produce como consecuencia del declive de los significantes amo que dan una organización simbólica a las familias con las cuales habíamos tratado. Estas familias son muy frecuentemente separadas del lazo social. Este declive se acompaña de un fortalecimiento de los modos de goce de cada sujeto. Se trata entonces de tomar la medida de esto, de leer cada uno de los S1 solos que produce el sujeto. Son S1 separados del S2.

Es así que para ciertos niños autistas, una práctica sobre la lengua en tanto que ella articula un significante primero con uno segundo, ya no es suficiente para tratar las dificultades encontradas.

En lugar de tomar al sujeto como un efecto de la articulación de un S1 con un S2, verificamos que el sujeto autista está más en un S1 solo, incluso en un S1 que se repite sin cesar. No hay el significante segundo que viene a dar sentido al primero. Nos encontramos entonces orientados por una clínica que Alfredo Zenoni llamaría  la vía de la sintomatización, es decir una clínica que parte de estos S1 solos y que nos obliga a su complejización progresiva.

Indiquemos acá que trabajar a partir del S1 solo permite una cierta localización, un cierto lazo, incluso una cierta fijación de un goce que de otra manera no está bordeado.

El ejemplo del trabajo con un niño esclarece esta clínica del significante-completamente-solo.

Hamza

En el caso de Hamza, un niño de 8 años actualmente con nosotros, un trabajo a partir del síntoma ha constituido un límite a un desbordamiento de goce. El goce hacía irrupción en lo real bajo la forma de lanzamiento de objetos diversos, como sillas, cuchillos, cualquier objeto que él tuviera a su alcance.

Céderic, un interviniente, tenía en un primer momento un taller de dibujo con él que se reducía a unos garabatos sobre una hoja. Pero Cédric descubre una cierta estructura en sus dibujos que se repite de vez en cuando. Descubre primero que el trazo no puede interrumpirse y que recorre el conjunto de la hoja como si constituyera una red que no deja ningún espacio en blanco en su dibujo. Su último trazo viene a servir, a ser un borde a la red que él ha constituido. Dicho de otra manera, Cédric toma este garabato bordeado como alguna cosa a leer. Letra condensada, no desplegada, que se repite de manera continua.

Para ir rápido, él propone a Hamza trabajar en un computador con el programa Google street. Aquí el niño despliega su trabajo y hace circuitos que parten de la Antenne 110 para dirigirse hacia Bruselas con una cierta cantidad de paradas en el camino. Cédric verifica que se trata de la casa del padre, del gimnasio donde ellos van el fin de semana a hacer deporte, paseos que él hace con su hijo alrededor del Atomium[2]. Los circuitos son cada vez más largos con una exploración de lugares desconocidos, pero siempre con regreso al lugar de partida. Con una memoria visual sorprendente, él constituye una verdadera red en Bruselas y este taller produce algunos efectos. Este S1 del circuito viene a circunscribir lo innombrable o lo insoportable en lo cual él está atrapado y a producir un cierto apaciguamiento del goce. Los lanzamientos de objetos disminuyen considerablemente. Luego, este niño que no dejaba de querer salir del centro, se angustiaba mucho en cuanto salía de la Antenne. Estaba aterrorizado por los edificios, los perros, los camiones que pasaban por ahí.

Google street lo ayudó en este punto. Él sale del centro pero de manera virtual. Hacer estos circuitos le permite controlar, al menos en parte, estos numerosos peligros que aun aparecen, pero únicamente bajo la forma de la imagen.

El hecho de que Cédric haya logrado ubicar este S1 del circuito en un programa de computador específico, no solamente ha enmarcado estos desbordamientos, sino que también ha situado al interviniente Cédric como tal. El día del taller previsto con Cédric, Hamza lo espera en la escalera de la puerta de entrada y quiere llevarlo directamente al computador. Cédric ha logrado introducirse en el recorrido del niño.

Dicho de otra manera, se trata de una nueva forma de abordar el significante tomándolo inicialmente al pie de la letra, fuera de sentido, haciendo en seguida una oferta de ampliarlo, de hacerlo más denso, más rico, más consistente y descubrimos que esto tiene valor de síntoma para el niño, esto enlaza, anuda, limita el goce que no había podido limitarse por la vía de la función paterna.

Lo que es nuevo con la clínica ilustrada brevemente con Hamza, y que va mas allá de nuestra práctica entre varios, es la necesidad de un saber hacer con el significante-completamente-solo. Se trata de inventar una clínica propia al significante no articulado a un Otro, a un significante que no hace cadena con un segundo.

2. Sobre el deseo de saber en la Antenne 110

Jacques Lacan dice pocas cosas acerca de hacerse cargo de niños autistas. Sin embargo, lo que dice es muy valioso. Incluso si el niño no sale del mutismo, Lacan afirma en su “Conferencia en Ginebra” que el sujeto autista está en el lenguaje. Dice a aquel que lo interroga que los autistas “articulan muchas cosas y a propósito de lo que ellos articulan se trata precisamente de saber dónde lo han escuchado”.

Nos dice además que hay “seguramente alguna cosa que decirles y que a fin de cuentas, son personajes más bien verbosos”.

Desde el comienzo de su enseñanza en 1953, Lacan hace valer el lenguaje como primero en toda aprehensión del sujeto. Es así como habla del autismo desde su primer seminario cuando comenta el caso de Rosine Lefort, el caso del niño del lobo. Lo cito porque ya en ese momento Lacan indicaba la importancia de ese significante “Lobo” que el niño emite a Rosine:

“En este caso privilegiado, el del niño del lobo, vemos ahí, encarnada, esta función del lenguaje que tocamos con el dedo bajo su forma más reducida, reducida a una palabra de la cual no somos capaces de definir el sentido y el alcance para el niño, pero que, sin embargo, lo enlaza a la comunidad humana. Como usted lo ha pertinentemente señalado, no es un niño lobo que habría vivido en un simple salvajismo, es un niño hablante, y es por este ¡el lobo! que usted tuvo desde el comienzo la posibilidad de establecer el diálogo.

Lo que hay de admirable en esta observación, es el momento en que después de una cena que usted describió, desaparece el uso de la palabra ¡el lobo! Es alrededor de este pivote del lenguaje, de la relación con esta palabra que es para Robert el resumen de una ley, que ocurre el viraje de la primera a la segunda fase. Comienza enseguida esta elaboración extraordinaria que se termina por un conmovedor auto-bautismo, cuando él pronuncia su propio nombre. Tocamos acá con el dedo bajo su forma más reducida, la relación fundamental del hombre con el lenguaje. Es extraordinariamente conmovedor”[3].

La misma pregunta –unos sesenta años mas tarde-, la de escoger una concepción del sujeto por el lenguaje o por el comportamiento, vuelve a plantearse en las obras de Jean-Claude Maleval.

En un artículo reciente, “Escuchar a los autistas”, Maleval parte de una pregunta simple: ¿hay que tomar partido por constreñir a los autistas o bien por el de escucharlos?

Maleval nos trae varios casos de sujetos autistas que testimonian del respeto a su posición subjetiva que ellos esperan por parte de los educadores o cuidadores.

Sin excepción estos sujetos se oponen a los métodos educativos que establecen a priori el programa de las etapas del desarrollo a lograr.

Estos sujetos autistas convertidos en adultos nos dicen esto: “las personas que más nos ayudaron han sido siempre las más creativas y las menos apegadas a las convenciones”.

Es así como Maleval nos ofrece el testimonio de Jim Sinclair tomado de una obra Don’t Mourn For Us. Dice esto de los sujetos autistas: “Nuestras maneras de relacionarnos son diferentes. Acérquense respetuosamente sin prejuicios, y abiertos a aprender nuevas cosas, y ustedes encontrarán un mundo que jamás habrían podido  imaginar”.

Desde la fundación de la Antenne 110 optamos de manera decidida por escuchar a los niños autistas. Decidimos trabajar con sujetos autistas no por medio de la aplicación de técnicas comportamentales para forzar el aprendizaje, sino -siempre en el campo del lenguaje y de la palabra-  por la vía de acciones singulares de una gran diversidad, cuya progresión no ha sido bloqueada por el saber a priori de los cuidadores que trabajan con autistas.

Escogimos una orientación lacaniana esclarecida por la enseñanza de Jacques-Alain Miller.

¿Qué significa una orientación psicoanalítica decidida? Una orientación psicoanalítica decidida tiene que ver con una ética, con la cuestión del acto y con una clínica donde el significante prima sobre el fenómeno o sobre el comportamiento. Esta orientación no va sin una serie de cambios de dirección, basculaciones y de cambios de perspectiva.

Podemos desplegar esta orientación sobre la cuestión del saber que se opone a la  aprehensión clásica del saber universitario propio del tratamiento de la locura.

A. De la localización del saber

Luego de mi primer día en la Antenne 110, me sorprendió descubrir el lugar que ocupaba el saber.

Tenía una transferencia importante con el fundador de la Antenne 110, Antonio Di Ciaccia, psicoanalista ya reconocido; le suponía un gran saber sobre el tratamiento de la psicosis infantil y del autismo. Ahora bien, él me hizo descubrir desde mi primer día que el saber residía menos en él que en los niños acogidos en Antenne 110. Lo que invertía completamente la idea que yo me hacía de ello. Se trataba por tanto de aprender a partir de mi clínica, de mi encuentro con los niños para que un saber pudiera producirse, es decir un saber nuevo, un saber que yo no había aprendido en la universidad. Algunos años más tarde Virginio Baio, siempre inventivo, encontró una manera de nombrar ese saber particular, ese saber nuevo que es necesario a los intervinientes. Los intervinientes deben aprender a manejarlo. Se trataba, nos decía, de un saber que concierne al vacío, un saber particular que concierne a un “no saber”. Un saber que debe vaciarnos de nuestras certezas, de nuestros a priori, de nuestras costumbres. Un saber que debe hacer agujero en nuestra oferta, que debe dejar una zona libre, un especio no cerrado, un saber que debe dejar un lugar a la elaboración de un niño.

Lacan habla de este saber en un texto que escribió sobre el pase. Precisa -en la Proposición de octubre – que no se trata para el psicoanalista de contentarse con saber que no sabe nada. Hay algo que él tiene que saber. Lo que tiene que saber se articula en cadena de letras tan rigurosas que, a condición de no fallar ninguna, lo no sabido se ordena como marco del saber[4].

Notemos esta expresión “a condición de no fallar ninguna” (esa articulación en cadena de letras) que remite a un más acá del significante, o sea a la letra. No fallar una letra en la cadena de letras que el niño produce. Decir que “lo no sabido se ordena como el marco del saber”, significa, me parece, que el marco del saber no puede articularse con el saber ya-ahí. Para decirlo de otra manera, no se trata de adaptar al sujeto a una norma. Al contrario, es al psicoanalista a quien le corresponde “adaptarse” a lo que hace la diferencia en tal o tal sujeto. El lazo social que se deduce de ahí toma en cuenta la “diferencia absoluta” de la que habla Lacan en el Seminario XI (p.248).

B. El uso que se hace de esto:

He dicho a propósito del saber que hay que interrogarse también por el uso que se hace de ese saber. Me explico. Lacan en los años 70 construyó cuatro tipos de lazo social que llamó los discursos. Cada uno de sus discursos sitúa el saber en lugares diferentes. El discurso de la universidad sitúa el saber en el lugar de agente, y el sujeto barrado, el estudiante, en el lugar de desecho, de asujetado, dice Lacan. Jacques-Alain Miller en una intervención que hizo para la jornada del Instituto del Niño, jornada consagrada al saber del niño, nos decía que “el niño es, si podemos decirlo, la víctima completamente designada del saber” (Peurs de infant [Miedos de niños] p.14). En estas páginas hay fórmulas muy fuertes para cualquiera que se ocupe del cuidado y de la educación de los niños. El niño es por excelencia el sujeto entregado al discurso del amo por la vía del saber, es decir, por la intervención del pedagogo. Por la vía del saber el amo nunca está lejos. Lacan escribe el Amo –es decir el significante S1 bajo la barra- por encima de la cual ostenta el saber. El amo es la verdad del saber que se exhibe. “Ese saber puede ostentar como amo en el lugar del agente pero esto no es sino a título de semblante. El amo verdadero, el amo que es la verdad de ese semblante, no se ve. Es lo que Lacan ha traducido en su álgebra al escribir bajo el significante S2 una barra y por debajo al significante amo, S1.

Esto debería preocuparnos más hoy cuando todas las políticas en salud mental acuden a “expertos” (coloco la palabra entre comillas) que son siempre universitarios que por definición son los supuestos detentores del saber.

Esto para decir cuánto Lacan rechazó el saber universitario, ese saber que hoy asoma su nariz amparado por la pseudociencia de la cifra y de los métodos neuro. Véase por ejemplo un artículo sobre el autismo publicado hace poco en un diario importante en Bélgica, en el cual Francis Perrin elogia el comportamentalismo y más precisamente ABBA a título de que es el único método que puede medir precisamente con cifras su operación. Es un saber ya-ahí, un saber constituido, en los libros, un saber depositado y con frecuencia rigidizado en teorías cerradas. Para hacerse una idea de esto, hemos hecho el esfuerzo de leer obras de comportamentalismo (Peeters, Megerotte, Bernardette, Roger y otros) y hemos descubierto en ellas un gran número de procedimientos, de técnicas, de instrumentos que no tienen en cuenta la particularidad del niño ni los significantes que él lleva.

Es bien diferente el lugar del saber en el discurso del analista. Lacan sitúa el saber como algo que aún no ha llegado, lo escribe bajo la barra, es constituyente, empuja, insiste, es un poco como un vacío central que aspira un saber a elaborar. Ese saber para elaborar todavía no está ahí, él se constituye con nuestro encuentro clínico con los niños, se elabora semana tras semana en nuestras reuniones de síntesis, da paso a la invención con un niño. Es esto lo que da importancia a nuestras reuniones de síntesis que tienen lugar cada semana. Es una de las entradas a la práctica entre varios.

Para concluir sobre el texto de Jacques-Alain Miller consagrado al saber del niño, él nos dice que el saber del psicoanalista, aquel que debería animar todo interviniente cuando se encuentra con un sujeto psicótico, es un “saber que debe  elucubrarse a ras del sinthome, muy cerca de la puesta en funcionamiento  originaria, original del sinthome. La puesta en funcionamiento originaria del sinthome, no está muy alejada de lo que Lacan llamó el síntoma, dicho de otra manera, “es un circuito de repeticiones, un ciclo de saber-goce que se desencadena a partir de un acontecimiento del cuerpo, es decir de la percusión de un cuerpo por un significante”. De cierta manera esto toca de nuevo el goce primitivo del sujeto, ese goce al cual el sujeto ha debido hacer frente, ese punto de entrada autística y su insondable decisión que lo ha arrancado de ahí cuando el sujeto decide conectarse con el Otro. Esta operación no se produce para el sujeto autista.

C. Saber leer

Encontrar el lugar donde el saber se produce es un primer paso. Si el saber se localiza en el lugar del sujeto autista, se trata ahora de dar un segundo paso, o sea el de poder leerlo. En un texto reciente titulado “leer un sinthome”, Jacques-Alain Miller nos habla del sinthome que es preciso poder leer. Allí recuerda que el psicoanálisis no es solamente asunto de escucha (listening), es también asunto de lectura (reading) ¿qué quiere decir él con la cuestión saber leer? Esa pregunta me ha interesado porque está muy cerca de nuestra clínica con los niños autistas.

Leer en una primera aproximación, es situarse en el campo del lenguaje, es dar un sentido a lo que se lee. El sentido surge de la retroacción de un significante segundo sobre el primero. Se necesita por tanto dos, una articulación, y dos significantes como mínimo. Con dos significantes podemos definir un sujeto, un sujeto barrado, una falta en ser. Estamos en una lógica dialéctica. La falta de ser se dialectiza con el ser. Estamos en el campo de la interpretación freudiana del síntoma que se descifra.

Pero existe también lo que llamamos la última enseñanza de Lacan que hace valer un trabajo por realizar en el encuentro con el sujeto autista o psicótico. Esta última enseñanza de Lacan nos introduce en un campo nuevo que se sitúa más allá de esta dialéctica, más allá del dos, más allá del sentido, más allá de la interpretación freudiana. Esta última enseñanza de Lacan se desprende del significante y de su dialéctica y nos da acceso al campo del Uno, del Uno-completamente-solo, es decir, opone a la ontología una aproximación que él denomina la Unología, la elección del Uno-completamente-solo, la elección de la existencia de lo que él va a decir en una contracción: el “Haydeluno (Yad’lun)”.

El Uno-completamente-solo es difícil de captar puesto que no está tomado en el registro del sentido. Sin embargo en nuestra clínica con niños autistas, nos encontramos con sujetos que aparecen ante todo como marcados por ese Uno- completamente- solo.  Por el significante en tanto no se conecta con otro.

Dicho de otra manera, leer es también escuchar otra versión de la lectura. No se trata de conectar un significante a otro para que se deposite un sentido, se trata en ese “leer un sinthome”, de leer lo que hace la materia del significante, de leer lo que queda cuando el lenguaje es reducido a su pura materialidad. Leer ese lenguaje, reducido a su letra, es en lo que debemos ejercitarnos en nuestra clínica. Ya que este lenguaje reducido a su letra, es ante todo lo que nos presenta la clínica con los sujetos que acogemos. Se trata aquí para el psicoanalista o para el interviniente esclarecido por la enseñanza de Lacan, de un saber leer que pone a distancia la palabra y el sentido que el lenguaje vehiculiza para apuntar a la materialidad del significante, el significante en tanto que es reducido a su hueso, a su letra.

Es a este ejercicio apasionante y arduo que el equipo se confronta cada semana durante nuestra reunión general. Una de las marcas de nuestra clínica es un deseo de saber que ha hecho epidemia entre los intervinientes y que da a nuestro trabajo un estilo atravesado por un deseo que no cesa.

25 de octubre de 2013

Zaragoza


[1]  Alude a una ronda infantil francesa “Un petit cochon pendu au plafond (Un cerdito colgado del techo)” que dice: “Un cerdito colgado del techo, jálale la nariz, da la leche; jálale la cola, pondrá huevos; jálale más fuerte, pondrá oro; cuántos quiere usted?” [N. del T.]
[2] Monumento en la Ciudad de Bruselas [N. del T.]     
[3] Lacan J., Séminaire I,, p. 119.

[4] Lacan, J., Autres escrit, p.49 [Hay trad. Cast.: Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012. P.269]

CLÍNICA DEL ESPECTRO AUTISTA (artículo completo) – Jean-Claude Maleval

A continuación presentamos la versión completa del artículo «Clínica del espectro autista», enviado gentilmente por Jean-Claude Maleval específicamente para la Antena Infancia y Juventud de Bogotá.  el Doctor Maleval es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana y catedrático de Psicopatología de la Universidad de Rennes.  Es autor de los libros Delirios histéricos disociativos y psicosis (1991), La lógica del delirio (1997), La forclusión del Nombre del Padre (2000) y El autista y su voz (2011).

Maleval

La observación de los pasajes del síndrome de Kanner al síndrome de Asperger da a luz en los años ochenta el concepto de espectro del autismo[i].  Lo que ocurrió con Donald Gay Tripplet, cuyo caso clínico es el número uno descrito en el artículo original de Kanner, constituye la mejor demostración y la menos discutible.  Observado alrededor de los años treinta en el  Johns Hopkins Hospital de Baltimore, seguía disfrutando en 2010 de un retiro apacible en el estado del Mississippi. Tras trabajar de cajero en el banco de sus padres, vivía independiente y solitario, manejando todavía su carro y practicando el ocio tal como el golf y los viajes[ii]. Semejantes evoluciones constituyen el núcleo duro del espectro[iii]. Sin embargo, resulta difícil precisar los límites de dicho espectro. En cuanto a las formas más graves, de este lado de la clínica de Kanner, se encuentra un polo incierto, dado que el diagnóstico diferencial con la esquizofrenia infantil es a veces bastante complicado. Por el otro lado, más allá del cuadro clínico de Asperger, se encuentra un polo invisible constituido por autistas que se independizaron y cuyo diagnóstico ocurre a veces muy tardíamente, incluso nunca. Aparentemente, las variadas posiciones que constituyen dicho espectro se podrían referir a diversos tratamientos sobre la perdida de los objetos pulsionales. La construcción de la imagen del cuerpo se revela en su dependencia.

Los autistas a los que los psicoanalistas, tales como Meltzer y Lefort, pasando por Tustin y Bettelheim, dedicaron sus mayores investigaciones son, en su gran mayoría, autistas “prekannerianos”. Son autistas que no alcanzaron el nivel de estructuración de los de Kanner, en su mayoría poco angustiados cuando uno los deja solos con sus objetos.  La localización del goce en un borde, que constituye una defensa característica, resulta o bien ausente o bien solamente esbozada en los autistas “prekannerianos”.

La falta de borde.

 Los documentos  clínicos excepcionales conseguidos por Bettelheim, al estudiar a Laurie y Marcia, y también por los Lefort, por el psicoanálisis de Marie-Françoise, convergen en discernir que los autistas sin “borde protector” « tienen miedo de ser destruidos por el mundo » dice el primero[iv], mientras que los segundos consideran que para ellos « hay que destruir el mundo o el mundo los destruye »[v].  Cualquier entrega de un objeto pulsional agujerea el cuerpo, de tal manera que es omnipresente la amenaza de una verdadera castración.  Así es lo que Tustin consigue del imaginario de un niño autista como la presencia central de un agujero negro.  Ella lo correlaciona con la falta de acercamiento del seno materno, con su pérdida no simbolizada[vi], convergiendo así con el análisis de los Lefort mediante el cual el Otro del autista resulta ser sin falta y, por lo tanto, conlleva un carácter amenazante. Dado que la falta no está simbolizada, se impone al sujeto una castración real.  Los Lefort ponen énfasis en la percepción del cuerpo agujereado que describen los “hablante-seres” (parlêtres) autistas.  La primera niña que me asignaron en el hospital solía empezar invariablemente las sesiones por obstruir de plastilina todos los huecos del cuarto y, luego, su propio ombligo. Este tipo de observación no es tan infrecuente. Los autistas sin “borde”, al tener una relación “transitivista” con los objetos, se encuentran particularmente preocupados por los huecos, los de su cuerpo, pero de igual manera con los de su entorno.  Los huecos de la taza de retrete o del lavamanos les preocupan a menudo. Steve está dibujando un trazo ovalado y comenta  “soy yo”.  Al terapeuta que le señala que este trazo se encuentra hueco, él le responde: “quisiera ser así, sin nariz, ni ojo, ni orejas, ni ano. Así no sale ni entra nada”[vii]. Enfatiza Eric Laurent « una intolerancia a los huecos » en los autistas[viii]. Al cruzarse con ésos, movilizan angustias de pérdida y, por lo tanto, tienden a obstruirlos; mientras que, según Tustin, la entrada en el juego de una pérdida se siente como “un agujero negro lleno de criaturas amenazantes”[ix]. Nos lo confirma Malika cuando, al enfrentarse con un hueco en una silla, se pregunta a si misma preocupada “¿qué tal que salga la muñeca desbaratada si no obstruyes ese hueco[x]?”, de tal manera que se empeña en colmarlo de plastilina mientras comenta «estoy obstruyendo el hueco para que no llegue una muñeca desbaratada adentro”.  Ya había dicho durante una sesión anterior: “perder la caca, es igual que estar desbaratada” y en otra sesión se preguntaba a sí misma: “¿una muñeca desbaratada tiene huecos?”.

Es muy común que se trastornen al descubrir un objeto roto o incompleto. Tanto las pocas palabras que a veces pronuncian los autistas más comprometidos ( “roto, estropeado, arrancado, golpeado”), como las agresiones repentinas, los quebramientos y los lanzamientos de objetos, las puestas en escena violentas (muñecas golpeadas, mordidas, asesinadas, descuartizadas) revelan temores de perjuicios y de destrucciones. Según los Lefort, “cuando lo real no está articulado, el pequeño sujeto está agujereado y el Otro no lo está, lo que puede prefigurar que la castración de la persona permanece irremediablemente en lo real”[xi]. Por no tener inscrita una falta simbólica en el campo del Otro, los autistas sin borde se sienten mutilados o convertidos en desechos. Se revelan estorbados por objetos de goce cuya cesión se vive como una verdadera castración. La retención ilegal de objetos pulsionales es correlativa de la presencia de un Otro amenazante y destructor.  Con frecuencia padecen de mutismo y encoprésis, tienen la mirada muerta, se tapan los oídos.  Ante un Otro amenazante, pueden tender a tener actos violentos y conductas autoagresivas (arañarse, morderse, golpearse la cabeza), hasta la automutilación.  En un mundo tan peligroso, constituye la inercia un método de defensa privilegiado: Marcia se dice a sí misma “una niña fuerte para no hacer nada”[xii]. Al no respetar este trabajo se puede fomentar el desencadenamiento de episodios de violencia. “Al iniciar el menor movimiento para ayudarla, dice, esta niña totalmente encogida en sí misma y hasta entonces inerte, se arrojaba furiosamente hacia adelante, se colgaba de nuestra garganta y procuraba estrangularnos”[xiii].

Los objetos que les llaman la atención para manejar la pérdida en la realidad están convocados por su aspecto concreto y no como representativos. Rompen y arrojan mucho y usan fácilmente oposiciones al tratar de dominar el hueco: vaciando y llenando, abriendo y cerrando, rompiendo y arreglando, etc.

La sintomatología clínica de los autistas sin borde es muy heterogénea: enseña posiciones subjetivas muy distintas. Si uno los abandona a ellos mismos, los hay quienes prefieren la automutilación, otros la inercia, los hay que se ponen hiperactivos, violentos o que tienen tendencia a fugarse, etc.  Todos son solitarios, muestran trastornos del lenguaje y no hacen demandas. Los comportamientos de inmutabilidad se quedan discretos, a veces  ausentes, de tal manera que hace falta uno de los mayores elementos para hacer la diferencia con la esquizofrenia infantil. Solo queda el momento en que aparecen los trastornos: tienen lugar desde el inicio en el autismo, mientras que, en el esquizofrénico ocurren después de un desarrollo aparentemente normal durante los primeros años de vida.  Esta diferencia que uno encuentra en la mayoría de los libros contemporáneos resulta poco discriminativa: existen esquizofrenias insidiosas, mientras que el autismo puede ser diagnosticado muy tardamente. El polo prekanneriano del autismo es heterogéneo, mal conocido y difícil de distinguir de las psicosis infantiles.

La evolución que conduce a la construcción  o a la elección del borde resulta ser el mejor elemento clínico para poder hacer la diferencia. Sin embargo, parece que el autista se dirige hacia los objetos para manejar su perdida, mientras que el esquizofrénico más bien recurre al significante. El recurso a objetos o a comportamientos comodín se diferencia algunas veces de las formas más severas del autismo: Marie-Françoise utiliza a veces igualmente el marino o el biberón para obturar el ojo, Laurie se pega al cuerpo de su educadora, Marcia no cesa de operar un manoseo complejo con sus dedos para aislarse del mundo, etc. Ya Marie-Francoise lleva muy presente el comportamiento muy característico de coger la mano del otro para hacerle realizar un gesto que el propio autista podría realizar. Este comportamiento sirve sobre todo para evitar una solicitud que podría movilizar la falta. Firma entonces, según los Lefort,  “una relación Real con el cuerpo del Otro que fracasa en recortar ahí objetos”[xiv].

Sin embargo, en medio de los autistas  prekannerianos, parece que los hay que no se dirigen hacia la construcción de un borde. Según Tustin, son los más difíciles de curar.  Ella hace una diferencia importante entre los niños “crustáceos”, que se quieren proteger con una “concha”, y los niños “amebas”, que no tienen borde. Asegura que estos últimos son  “pasivos, flojos y reaccionan solamente a través de comportamientos puramente fisiológicos, tal como crisis de temblor, de estornudo, de bostezo, de tos, es decir, en el registro de la expulsión inmediata […] En cambio, los niños « crustáceos » interponen un comportamiento elaborado entre el estímulo y su reacción. Se chupan la lengua, hacen burbujas de baba, brincan, castañetean, tensan los músculos: tantas reacciones dominadas por sensaciones para señorear la consciencia de un choque al cual sucumbieron los niños  flojos”[xv]. Escribe que procuran rodearse de una  “concha”. Divisa precursores de la construcción del borde a través de “sensaciones-formas” creadas por sensaciones corporales suaves tal como el desagüe de la orina afuera del cuerpo, burbujas de baba alrededor de la boca, baba untada sobre objetos exteriores, o también la diarrea y el vómito. Sujetar  un objeto exterior, o apoyarse suavemente contra él, mecerse, revolotear, tanto como movimientos estereotipados de las manos y del cuerpo pueden producir igualmente esto tipo de sensaciones. Las formas creadas de esa manera sobre las superficies corporales son sentidas como no separadas del cuerpo del sujeto […] No compartidas con otras personas, son, como los objetos autísticos, particulares al niño […] Apaciguantes y calmantes, constituyen un especie de tranquilizante engendrado por el cuerpo»[xvi].

La asunción de una pérdida traumática parece constituir un paso necesario para que advenga un borde que sea más que una «boca-agujero»: un verdadero objeto mediador entre el sujeto y el Otro. ¿Cómo llegar a él? Por respeto a las iniciativas del niño, según Bettelheim; en particular en su modo de tratamiento de los objetos de goce, como dejar sus excrementos en el retrete u orinar sobre sí mismo, lo que técnicas de condicionamiento no podrían tolerar. En una perspectiva semejante los Lefort insisten en la capacidad del Otro para hacer surgir una demanda, sabiendo que no lo logran a partir de la necesidad.

El borde deja de ser un boca-agujero salido de una experiencia vivida de mutilación para devenir en un mediador cuando es movilizado para la puesta en obra de un comportamiento de frontera que separa el mundo asegurado[xvii] del autista del mundo peligroso que se extiende más allá.

Bettelheim anota como decisivo en el progreso de Laurie el momento en el que ella comenzó a romper el papel en largas tiras haciendo fronteras. Estas fueron “sus primeras actividades espontáneas deliberadas y sobre todo simbólicas. Eran verdaderamente su invención, su creación a partir de materiales externos a fin de dominar sus tensiones internas”[xviii]. Es de anotar que estas actividades se centran en el tratamiento concreto de una pérdida. Durante horas, a partir de hojas de papel, ella producía largas tiras rasgándolas concéntricamente a partir de un borde, hasta alcanzar el centro. Perfeccionó este procedimiento comenzando por un recorte del centro seguido de su rechazo acompañado de una expresión de disgusto[xix]. Este núcleo de vida “elusivo y siempre frustrante”[xx] es relacionado por Bettelheim con el seno materno, objeto primordial de goce. Este fragmento clínico es ejemplar de la construcción del borde mediador a partir de una elaboración de pérdida de un objeto de goce.

El proceso toma una forma muy diferente en David, el niño que sugirió a Tustin la noción de caparazón autístico. Ella señala que en los estados de inercia que caracterizan al autismo profundo es destacable que los niños no tengan enfermedad somática. Desde luego en la cura de David la aparición de un absceso en el índice de la mano derecha pudo haber constituido un rodeo. Se trata para él de una experiencia terrorífica: él la califica de “monstruo”, de “pus mala” que ha brotado (salpicado) y que él ha nombrado “jugo de muerte”. El fenómeno le evoca una erupción volcánica. Tustin distingue en este “potente psicodrama” un momento dinámico que conduce a David a construir él mismo un monstruo en plastilina con el fin de expulsar la cosa separada al mismo tiempo recubriéndola. “El cuerpo extraño expulsado, anota, parece llevarse un pedazo del sujeto”. Algún tiempo más tarde será con una caja de cartón que David elabore una armadura protectora con la que Tustin debe constatar, a pesar de sus prevenciones, que concierne al objeto autístico, que el hecho de revestirlo constituye un progreso en la cura[xxi]. La evolución del “hablante-ser” (parlêtre) autista parece escandida por momentos de una pérdida dominada. “La inclusión de lo nuevo, anota E. Laurent, debe acompañarse de la extracción de otra cosa. Cuando puede tener lugar, esa extracción se produce a través de un acontecimiento de cuerpo, y que hay que considerar, no como efecto de significación, sino como una extracción de goce– así el sujeto alcanza a ceder algo de la carga de goce que afecta su cuerpo y esto sin que tal cesión de goce le sea demasiado insoportable”[xxii].

¿Existen límites al interior del espectro del autismo? ¿Un autista sin borde puede llegar a ser un autista de alto nivel? El testimonio de Tammet lo deja suponer ya que relata conductas precoces y persistentes de violencias auto-infringidas. “A la edad de dos años, cuenta, yo había escogido una cierta pared de mi salón para golpear mi cabeza de manera repetitiva. Balanceando mi cuerpo hacia adelante y hacia atrás, proyectaba fuertemente mi cabeza según un tiempo preciso y regular. A veces me goleaba tan fuerte que me hacía heridas. Mi padre corría a alejarme de la pared cuando escuchaba el sonido familiar de mi cabeza contra la pared, pero yo volvía hacia ella y comenzaba otra vez. En otras ocasiones me sumergía en violentas cóleras, dándome manotazos en la cabeza una y otra vez, y chillando todo lo que podía”[xxiii]. ¿Cómo comprender tales malos tratos infringidos a sí mismos? Según Laurent por la tentativa de operar una separación con la excitación mortal que invade sus cuerpos. Él nota una hyperkinesis fundamental de estos sujetos que da testimonio de su esfuerzo para eliminar una cosa que los fastidia con el fin de hacer un agujero en la presencia amenazante del Otro. Sin duda tienen acceso a una dimensión en la que nada falta. Para aquellos que no llegan a construir un borde nada puede todavía faltar. “No hay agujero, señala Laurent, de modo que nada puede ser extraído para ser puesto en ese agujero que no existe. Es esto lo que provoca en estos niños crisis de angustia increíbles, por ejemplo cuando están frente a una puerta o cuando van al baño y no pueden separarse de sus heces: en el registro de lo real no hay agujero, salvo el que trata de crear una automutilación”[xxiv].

 

El borde aislante

Para los autistas kannerianos, la intolerancia al agujero se hace más discreta, a veces inclusive desaparece. La presencia del objeto se afirma: se muestra menos pegado al cuerpo. Su función de boca-agujero se hace imprecisa. Se convierte en captador del goce pulsional, permite dominarlo y protege del deseo del Otro. A Kanner lo sorprendió la diferencia de tratamiento operado entre los objetos y las personas en los autistas que él observó. Al entrar en su oficina, los niños iban inmediatamente hacia los cubos, los juguetes o a los otros objetos aparentando no prestar ninguna atención a las personas. A condición de no interferir su relación con los objetos, el niño podía jugar alegremente con ellos durante horas. Actualmente son muchos los que no se despegan de la televisión   donde miran repetidamente la misma película o solo se interesan en video juegos, otros manipulan bolas (canicas) interminablemente, trituran arena o clasifican objetos.

Estos últimos ya no se utilizan en actividades de autoestimulación; su manejo es apaciguante y tranquilizante. Un distanciamiento con ellos se ha operado, el sujeto ya no busca incorporarlos.

Además de las satisfacciones obtenidas por su compañía, la fascinación que ellos suscitan sirve de truco para la adquisición de conocimientos. “Yo me apasionaba por las clasificaciones y colecciones de todas clases, testimonia Williams. Reportaba en la casa las obras especializadas que encontraba en la biblioteca que trataban de las diferentes especies de gatos, de aves, de flores, de casas, de trabajos artísticos, de hecho todo lo que podía hacer parte de conjuntos más bastos y encontrar su lugar en una jerarquía clasificatoria […] Mi pasión por las clasificaciones no se detenía en las enciclopedias. Cuando leía el directorio, contaba cuidadosamente el número de Brown, incluso el número de variaciones alrededor de un nombre particular al menos para establecer la cuenta exacta de nombres raros… Exploraba a mi manera los conceptos de uniformidad, de conservación y de coherencia”[xxv].

El manejo de objetos aislantes se articula con frecuencia con conductas de inmutabilidad. “Adoraba copiar, fabricar y poner en orden todo y no importa qué, cuenta Williams. Tenía una predilección por la serie de volúmenes de nuestra enciclopedia. Siempre verificaba si las letras y las cifras que estaban en el lomo estaban en el orden correcto y lo rectificaba si había necesidad. Era mi manera crear orden a partir del caos[xxvi] […] Buscaba simplemente un mundo de coherencias bien provisto en referencias fijas. El cambio perpetuo que había que enfrentar por todas partes no me daba nunca el tiempo de prepararme. Es por esto que experimentaba tanto placer por volver a hacer siempre las mismas cosas”[xxvii] .

El borde no está necesariamente constituido por objetos: un pariente, un hermano, una hermana, pueden tener ahí lugar, pero a condición de que sean personas previsibles y, por lo tanto, controlables. “Para mí, dice Williams, las personas que me gustaban eran objetos, y esos objetos (o las cosas que los evocaban) eran para mi protección contra las cosas que no me gustaban, es decir, las otras personas”. ¿Por qué una necesidad semejante de protección? En razón, testimonia ella, “de un miedo irrefrenable de su [mi] propia vulnerabilidad”[xxviii].

El borde comienza a construirse a partir de tres elementos más o menos interdependientes que lo constituyen: la imagen del doble, el islote de competencia y el objeto autístico. Un investimiento notable de objetos caracteriza a todos los autistas de Kanner, pero muchos testimonian del aumento de una aptitud para adquirir conocimientos sobresalientes gracias a una memoria excepcional (nombres y clasificaciones de animales, canciones, plegarias, números).

El borde aislante tempera la relación con el Otro. Las violencias y las automutilaciones se vuelven raras, salvo precisamente si se busca darles alcance o si se intenta impedir los comportamientos de inmutabilidad asociados. El borde es una protección eficaz contra el deseo del Otro, pero al precio de cortar al sujeto de las relaciones sociales. Su establecimiento da testimonio de la asunción de una pérdida en la economía subjetiva: el autista sitúa el goce pulsional en un objeto fuera del cuerpo que lo capta. Esa pérdida ya no se asocia con una experiencia vivida de mutilación cuando el sujeto guarda el dominio del borde. A partir de este las adquisiciones sociales y escolares pueden empezar a desarrollarse, mientras que el cuerpo se estructura.

El borde dinámico

El borde aislante es encontrado por el sujeto en su entorno; el borde dinámico es más complejo: implica una participación del sujeto en su construcción. Si queremos seguir paso a paso la relación del recorrido de Joey a la Escuela Ortogénica de Chicago, constatamos que encuentra soluciones cada vez más eficaces para temperar su angustia y construir su mundo, y que estas se apoyan en una sucesión de objetos cuyas características se modifican. Luego de haber estado cautivado desde muy temprano por los ventiladores, se presenta en Betthelheim como un “niño-máquina”, luego se apega a Ken, que él nombra Kenrad, haciendo referencia a una potente lámpara que le da energía. La aprehensión que Joey se hace de él se humaniza entonces progresivamente, de lo que dan testimonio sus representaciones de sí mismo sobre dibujos, en “papoose”[xxix], primero eléctricos, luego cada vez más humanos. Viene en seguida un nuevo objeto complejo, encarnado en otro niño de la escuela, Michel, el más normal de ellos, según Bettelheim. Mitchell ya no es una lámpara, Joey crea para este niño y para sí mismo una familia, la familia “Carr”. Más tarde aparece un compañero imaginario llamado Valvus, un niño a la imagen de Joey. La construcción de este hace desaparecer poco a poco las máquinas, mientras que Kenrad y Mitchell son olvidados. La elección de cada nuevo objeto implica la asunción de una pérdida progresiva de los precedentes permitiendo tomar en cuenta el trauma de forma muy temperada.

Más tarde, después de haber terminado sus estudios secundarios en un Liceo Técnico, especializándose en electrónica, Joey regresa a la Escuela Ortogénica con una máquina eléctrica que había construido, un convertidor cuya función era la de cambiar la corriente alterna por corriente continua, es decir una máquina capaz de regular la energía eléctrica, lo que él precisamente imaginaba que necesitaba cuando llegó a esta Escuela.

La máquina eléctrica de Joey y sus construcciones posteriores, los compañeros imaginarios de Williams, la máquina de abrazar de Grandin son ejemplos de un borde dinámico; pero su forma más frecuente reside en el desarrollo de un interés específico. La prevalencia de este es la que caracteriza a los autistas sabios y a los autistas de Asperger: no faltaría entre estos últimos más que en un 5% a 15% de los casos[xxx].

El interés específico se origina frecuentemente en un trabajo para luchar contra un objeto de angustia buscando dominarlo a través del conocimiento. “Muchos pacientes, anota Attwood, me han comentado como alguna cosa de la que se tiene miedo podía adquirir un interés especial. El miedo del ruido de la descarga de la cisterna puede evolucionar hacia una fascinación por la plomería; una fuerte sensibilidad auditiva al ruido de la aspiradora puede terminar en una fascinación por los diferentes tipos de aspiradoras, su funcionamiento y su utilidad. Conozco muchas niñas Asperger, continúa, que tenían mucho miedo a los truenos y que desarrollaron un interés especial por las estaciones meteorológicas a fin de predecir las tormentas inminentes. Liliana, una adulta Asperger, describió cómo, en su infancia, le temía a las arañas, pero que había decidido superar su miedo leyendo todos los libros que podía encontrar sobre estas hasta el punto de buscar arañas para estudiarlas. Matthias explicó en un e-mail que “cuando estoy lleno de miedo o me siento perturbado tengo tendencia a hablar de los sistemas de seguridad, uno de mis principales intereses”[xxxi]. La máquina de Joey debía regular esencialmente la cesión del objeto anal, la máquina de abrazar de Grandin buscó volver la muerte más soportable, el interés de Ouellette por la música le permitió soportar las violencias padecidas en la escuela[xxxii], Williams nota que la energía sin límite de sus compañeros imaginarios encuentra su fuente en “la angustia y el pánico”[xxxiii], etc. En fin, el borde dinámico parece provenir con mayor frecuencia de un trabajo para componer con un objeto traumático. No descompleta al Otro: trata la pérdida a través de lo imaginario. Encuentra su origen bien sea en un velo puesto sobre el objeto traumático, bien sea en un control de este a través del conocimiento o incluso en una combinación de las dos aproximaciones.

El borde dinámico es frecuentemente simultáneo al desarrollo de juegos de escondite, juego de presencia-ausencia o de conexión-desconexión. La captación de un objeto traumático confiere al borde una notable aptitud para dinamizar al sujeto, pero a condición de que este se conecte voluntariamente a él. Sabemos que cuando Joey se conectaba imaginariamente a su máquina se animaba; mientras que cuando se desconectaba perdía la vitalidad. Grandin debe usar su máquina de abrazar para regular su energía vital, para Williams uno de los compañeros imaginarios es “una encantación exterior” forjada a partir de un encuadre del objeto mirada. “Este Willie, escribe ella, no era más que un par de ojos verdes brillando en la obscuridad, ¡pero qué ojos! Me daban un poco de miedo estos ojos, pero yo me había dicho que al mismo tiempo yo les inspiraba el mismo temor[xxxiv]. Gracias a Willie el objeto traumático es velado, pero también dominado, ya que Donna puede perderlo y recuperarlo a voluntad. Si ella se conecta a él, una animación pulsional se opera. Willie estaba siempre encolerizado, tenía ideas fuertes, razonaba, analizaba y quería aplastar a su interlocutor bajo el peso de sus argumentos. Era “una criatura de mirada resplandeciente de odio, con la boca apretada, con los puños cerrados, enarbolando una postura de rigidez cadavérica. Willie golpeaba con el pie y escupía a la mínima contrariedad”. Entonces la encarnación de este doble le permitió seguir bien estudios universitarios.

El borde dinámico se asocia frecuentemente a conductas de conexión-desconexión voluntarias que dan cuenta de una aptitud para una negativización temporal del objeto. Parece que los autistas que se vuelven independientes son capaces de una elaboración más acentuada aún de la imaginarización de la pérdida del objeto de goce.

El borramiento del borde

 Algunos ponen incluso en escena su pérdida real. Williams entonces sufrió durante mucho tiempo por la presencia de sus compañeros imaginarios que le permitían ciertamente una adaptación social, pero que le hacían persistir una cierta vivencia de “mutilación psíquica” cuando ella se conectaba con ellos. Es por esto que ella entendió que su evolución debía pasar por la desaparición de la “parte de ella misma” que ellos representaban. En la adolescencia, ella trató de separarse de Willie. Decidía matar a Willie, escribe ella, este otro yo-mismo siempre en cólera. “Me habían dado, cuenta, una muñeca que simulaba un niño pequeño vestido con jeans y una camisa. Lo enrollé en un pedazo de tela roja escocesa, un tejido que mi abuela quería mucho. Coloree sus ojos con lápiz de color, con el fin de darle una mirada luminosa de un verde irisado y fosforescente”. Notemos esta indicación que confirma el encuadre del goce escópico operado por Willie. “Me procuré, continua ella, una cajita de cartón que pinté de negro. Esperé que no hubiera nadie en la casa,  luego fui hacia el estanque de peces donde sumergí mi personificación simbólica de Willie en su negro sarcófago, borrando minuciosamente toda huella de los funerales”[xxxv]. Ese asesinato imaginario no llega a sus fines. Faltaron aún largos años antes de que su desaparición fuera asumida, pero revela una orientación de la auto-terapia puesta en marcha por algunos autistas de alto nivel.

Dibs lo confirma cuando termina su psicoterapia con una captura y un distanciamiento del objeto voz. “Escúchame bien, grabadora, dice él. Vas a atrapar  y a guardar mi voz…Voy a hacer una larga grabación y la guardaremos para siempre y para siempre. Será solamente para nosotros dos”[xxxvi]. En resumidas cuentas, insiste sobre el hecho de que su psicoterapeuta debe conservar la grabación: guarde esta cinta, le dice, “póngala en la caja, y ordénela y guárdela solamente para nosotros dos”[xxxvii].  Esta imaginarización de la pérdida se acompaña de una puesta en juego de la dimensión de la falta en su relación con el Otro. Sabe que las vacaciones de verano van a interrumpir su psicoterapia que llega a su fin. “Usted va a hacerme falta, dice a su terapeuta. Va a hacerme falta no venir más”. Agrega: “¿yo voy a hacerle falta?”[xxxviii] Alguna cosa puede ahora hacerle falta al sujeto como al Otro, y sin embrago no está perdido, sino captado por un contenedor que permanece accesible. El borde dinámico es un objeto cuya pérdida permanece controlada. Dos años y medio después de la terminación de la cura, cuando su terapeuta vuelve a encontrarse con Dibs, ella constata que él desarrolla un islote de competencia en el campo de la botánica, derivado del árbol que fue uno de sus objetos autísticos.

Grandin parece escenificar un tratamiento de su propia pérdida cuando ella se desliza en su máquina de abrazar que, según ella, encuentra su origen en “una especie de caja que parece un sarcófago”[xxxix], sin embargo ella precisa que lo más importante era que ella “continúa manteniendo el control”[xl] cuando se servía de él. Grandin conserva, sin embargo, durante muchos años en su habitación un objeto que le servía para regular su goce a través de una conducta voluntaria. No es sino tardíamente, en 2010, que ella menciona que su máquina  se quebró y no la reparó. “Ahora, dice ella, es con las personas con quienes hago gestos cariñosos”[xli].

Una modificación de la posición subjetiva del autista pasando por una pérdida mayor puede tomar formas más concretas. La decisión de Tammet de dejar a sus padres para ir a enseñar un año en el extranjero constituyó, de acuerdo con propio testimonio un giro decisivo de su existencia. Mucho después del intento de asesinato de Willie, Williams testimonia que soltar el manuscrito de su primer libro para su publicación revelando así lo íntimo de su mundo interior no carecía de angustia, pero fue también un avance.

Los pocos autistas que acceden al encuentro de los compañeros sexuales parecen haber llegado a un borramiento de lo concreto del borde. No guardan más una máquina de abrazar en su habitación, pero pueden conservar discretamente en su bolsillo un objeto que los ayuda a funcionar. “Por mi parte, testimonia Nazeer, difícilmente salgo sin una pinza de ropa en mi bolsillo, a pesar de que desde hace poco el teléfono celular hace oficio de sustituto”. Este objeto sirve para la regulación de la atención de su comportamiento. “Juego con la pinza, precisa él, para tener un objeto sobre el cual concentrarme mientras intento hacer algo más difícil”[xlii].

El borde dinámico no desaparece, se borra. Un objeto mediador perfectamente dominado subsiste entre el autista y el Otro, permite mantener un cierto aislamiento, pero también anudar algunos lazos sociales por su mediación. En el mejor de los casos, lo que queda del borde después de su borradura es el interés específico. Un imaginario de “caparazón” puede seguir estando unido a él: “Me sentía feliz, puede confiar Tammet, rodeado por los números como envuelto en una agradable cobertor numérico”[xliii]. Una de las características del interés específico es la acumulación de conocimientos y de experticias, se sabe que su utilización socialmente constructiva puede originar una carrera profesional o universitaria.

Sin embargo, el borde dinámico permanece frecuentemente localizado en un modelo o en una persona cercana. La elaboración de un cese de goce a partir de una pérdida de elementos del borde abre a veces a la posibilidad de encuentros de compañeros sexuales. Estos pueden aún prestarse a un tratamiento imaginario de la pérdida. La mayoría de los autistas que está en pareja viven con otro autista, o bien con un compañero homosexual. Buscan un compañero que sea un doble con el fin de borrar la diferencia y la pérdida que ella implica. Pocos son aquellos que logran conocer el goce sexual. Williams constata que a ella no le fue posible más que con ocasión de sus primeros encuentros sentimentales con compañeros no autistas: primero con Mike, luego con una mujer, Shelly, y con su segundo marido, Chris[xliv]. Sin duda un eco en su cuerpo de un tratamiento de la castración más elaborado.

La borradura del borde genera lo que algunos han podido nombrar el polo invisible del autismo, que se extiende en el más allá de la clínica de Asperger. Se encuentran allí sujetos que a veces no han descubierto sino tardíamente el nombre de su diferencia: Gunilla Gerland es una joven adulta cuando identifica su autismo en un libro[xlv], Ouellette tiene 47 años cuando se establece el diagnóstico luego de una consulta por ansiedad e insomnios[xlvi]. Es fuertemente probable que un cierto número de autistas no hayan sido nunca diagnosticados como tal.

“¿Se puede sufrir de autismo, se pregunta un especialista, sin que este trastorno funcional haya sido descubierto en la infancia y la adolescencia? ¿Existen formas lo suficientemente débiles para que uno no logre diagnosticarlas a tiempo? ¿Las formas atenuadas del autismo son graves al punto de conllevar grandes discapacidades? ¿La discapacidad es tal que los trastornos funcionales pasarán por indisciplina, desorden, replegamiento en sí mismo, malignidad o incluso maldad? La respuesta a estas preguntas, afirma C. Gilbert, es “sí” sin reserva”[xlvii]. Él apoya su conclusión en el testimonio de Gerland. El de Oullettte muestra que existen autistas menos discapacitados por su modo de funcionamiento; son maltratados por sus compañeros de clase que se burlan de su diferencia.

El polo invisible del autismo deviene tan incierto como aquel de los prekannerianos si nos atenemos a los criterios de la psiquiatría moderna para cernirlo. Así según Legdin y Grandin[xlviii], apegados al acercamiento del DSM-IV, muchas celebridades deberían ahora ser consideradas como autistas tales como por ejemplo T. Jefferson, A. Einstein, C. Darwin, O. Wells, Marie Curie, G. Mendel, B. Bartok, C. Sagan, G. Gould, W. A Mozart, B. Gates, etc. Si nos contentamos con el discernimiento de unos rasgos que denotan dificultades relacionales y con la presencia de “fijaciones o de concentración sospechosa”, incluso de “rutinas irracionales” o apego prologado a objetos; incluso notando que muchos de ellos tenían un carácter “infantil”, una apariencia descuidada, una memoria sorprendente, entonces con toda seguridad una gran parte de la humanidad podría presentar autismo de Asperger. Sin embargo, ateniéndonos únicamente a los cuatro síntomas mayores, soledad, inmutabilidad, trastornos del lenguaje y precocidad de la patología, el diagnóstico no es convincente para ninguno de los personajes citados más arriba. Así Ledgin evoque a veces las dos últimas características, no son consideradas por él como necesarias para el diagnóstico. De hecho su trabajo resalta una dificultad muy poco estudiada aún: la del diagnóstico diferencial entre psicosis ordinaria y síndrome de Asperger. La cuestión es de importancia ya que las incidencias son mayores sobre la conducción de la cura. Ciertamente, no es común que autistas se comprometan en una cura psicoanalítica. Cuando lo hacen por ellos mismos, se trata casi siempre de autistas Asperger o post-Asperger. Si el analista se deja guiar por el sujeto, sin buscar precederlo, es necesariamente conducido por aquel a introducir el borde en la cura, especialmente por la inserción de objetos y de intereses específicos. Sería conveniente que él sepa cómo componer con ellos, no interpretándolos, sino animando su separación y su desarrollo hasta su borradura.

El trabajo de Ledgin tiene a una idealización del autismo que encuentra hoy en día un eco favorable. Algunos no dudan incluso en considerar que el aumento de los autistas sería una esperanza para especie humana. Según Mottron, esta “modificación espontánea del genoma humano” produciría ventajas adaptativas a los tiempos actuales. Se manifestaría “en una comprensión intuitiva de los aparatos y programas de computador, en el aprendizaje acelerado del código escrito, lo mismo que en la ausencia de mecanismos de contagio emocional que contribuyen entre otras a la manera cruel con las que los no autistas se tratan entre ellos”[xlix]. No estamos lejos de considerar que el autismo sería una mutación genética ligada a la selección natural, de tal suerte que el autista sería un producto del mundo moderno en vía de una mejor adaptación a él. De hecho, el reciente acenso al cenit social del autismo se ancla en las afinidades del funcionamiento de estos sujetos con los ideales del discurso de la ciencia. Los autistas de alto nivel se presentan como comunicantes no ambiguos, que dicen siempre la verdad, y como seres programables, enteramente racionales, que aprenden todo a través del intelecto de suerte que son muchos los que convocan la metáfora del computador para aprehenderse. Anunciaría para algunos el advenimiento de un ser de ciencia liberado de los mecanismos de contagio emocional”.

El modo de funcionamiento de los autistas de alto nivel logra más que cualquier otro un dominio del objeto. En esto su discurso limita (roza) con los ideales de la ciencia que en su abordaje de lo humano quisiera forcluir la castración. La sola toma en consideración de su de su modo especifico de goce parece permitir orientarse en la diversidad clínica del espectro del autismo.

“El hombre piensa con su objeto”[l] subrayaba Lacan, comentando el Fort-Da freudiano, el autista tiene de ella una intuición confusa, adivina incluso que de este objeto habría que auto-mutilarse para animar su ser y regular su goce. Logra a veces imitar este corte, pero este permanece controlado y, entonces, siempre retenido. Los desplazamientos del objeto autístico y las elecciones de diferentes dobles ponen en juego una falta inmediatamente borrada por el establecimiento del nuevo objeto o del nuevo doble. La fuente traumática del interés privilegiado se encuentra borrada por la actitud del autista para convertirse en un especialista de ello. Sin embargo, no excluye la posibilidad de aprender aún más de modo que esta competencia implica la inherencia persistente de una pérdida. De allí los recursos que es posible a veces extraer para un ejercicio profesional. “La invención es el único “remedio” del sujeto autista, subraya E. Laurent, y ella debe, cada vez, incluir el resto, es decir lo que permanece en el límite de su relación con el Otro: sus objeto autísticos, sus estereotipias, sus dobles”[li].

La clínica del espectro autista, tal y como yo acabo de esbozarla, se desplegaría, lo entiendo así, en el desconocimiento de la clínica del síntoma y de la última enseñanza de Lacan. Algunos interpretan esta enseñanza como la que lleva a hacer totalmente el impasse sobre las estructuras para no retener más que la singularidad del goce de cada uno. Viejo debate que incitaría curiosamente a rebatir la última enseñanza de Lacan sobre posiciones anti- diagnósticas radicales anteriormente defendidas por Mannoni y Winnicott más que por Lacan.

En mi parecer su última enseñanza no incita a hacer el impasse bajo una aproximación estructural. ¿Por qué? Porque el síntoma psicótico está desabonado del inconsciente, mientras que el sinthome  del neurótico está abonado al inconsciente, y el del perverso está centrado en un fetiche. Las diferencias estructurales se encuentran incluso a nivel de la especificidad del síntoma. La forclusión generalizada no es de ninguna manera una versión lacaniana de la tesis kleiniana del nudo psicótico propio de todo sujeto. El delirio generalizado reposa en la ausencia de garantía de todo discurso; es precisamente lo que el delirio psicótico quiere borrar. No se vuelve loco quien quiere, subraya Lacan. El imposible inherente a la causa, el vacío de la referencia, la ausencia de un metalenguaje fundan la posibilidad del “delirio” creador de cada uno: “no solamente hay creación, afirma Lacan, cada vez que avanzamos una palabra, hacemos surgir del vacío ex nihilo de una cosa”. Por el contrario, el psicótico se esfuerza por saturar la incompletud del Otro con la ayuda de una construcción delirante con relación a la cual el sujeto deja de estar en fading. Delirio psicótico no es “delirio” común. En fin, las clasificaciones estructurales, no hay que olvidarlo, son de un orden bien diferente al de las clasificaciones psiquiátricas, porque ellas tienen consecuencias en la orientación de la cura.

Volvamos a la cuestión del autismo. ¿El borde es un síntoma? Nada indica que se ancle en el Uno del goce que marca el cuerpo. El borde parte de sensaciones corporales de las que se deprende progresivamente para darle forma a un objeto pulsional en una construcción imaginaria u objetal. En ciertas elaboraciones el encuadre del objeto pulsional se opera por una imagen del doble.  La mayoría de los psicoanalistas están de acuerdo en considerar que en el autismo el circuito pulsional no funciona, la construcción del borde no restaura este circuito, de manera que no se produce la resonancia del decir en el cuerpo.

El síntoma se escribe en lalangue; mientras que el borde autístico no se origina en aquel. Sin embargo, ciertamente, el autista hace uso de una lalangue, pero ella ya no está conectada a su borde. Está muy frecuentemente movilizada en una lengua verbosa, que puede a veces tomar el aire en una “lengua de poeta”[lii] o de “una bordadora de brumas”[liii] . Permanece encerrada en soliloquios principalmente producidos con fines de satisfacción privada; en raros casos ella se eleva al nivel de comunicaciones alusivas.  Una de las formas más elaboradas de ellos es el Mânti de D. Tammet, creación de una lengua neológica, que pareciera permitirle expresar sus experiencias particulares, pero que no deja de ser una lengua privada no apta para servir a la comunicación[liv]. El Mânti ni funda ni se agrega al borde; contrariamente a la memorización de lenguas extranjera que sirven a Tammet en su trabajo. Lo esencial de las adquisiciones sociales de estos sujetos, como lo había subrayado Asperger, pasan por el intelecto. El borde se complejiza apoyándose en una lengua de signos. Ahora bien, lo que caracteriza el signo es que representa alguna cosa para alguien, mientras que el significante representa al sujeto y su goce ante otro significante. El borde no se desarrolla sin el lenguaje, pero lo hace esencialmente en la ausencia de recurso al significante. Las soluciones autísticas mas elaboradas parecen construirse a partir un desarrollo del islote de competencia inherente al borde. Dan origen a la construcción de un “competencia” definida como una combinatoria de signos controlados propia para captar el goce. Los autistas-sabios (prodigiosos, calculadores, músicos, dibujantes, etc.) se caracterizan por la construcción de una competencia pobre: esta no hace lazo social pero moviliza los intereses y las capacidades del sujeto mientras que apacigua sus comportamientos. Algunos construyen competencias conformadas de mundos imaginarios cuyos datos están determinados con precisión a fin de satisfacer su voluntad de control. Así Gilles Prehin creó una ciudad imaginaria. Publicó 300 dibujos representándola, acompañados de datos históricos, geográficos, culturales y económicos plausibles relativos a “Urville”[lv]. Los autistas de alto nivel logran elaborar una competencia más terminada, que hace lazo social, construida apoyándose en sus excepcionales capacidades de memorización de los signos. Se convierten entonces en especialistas reconocidos en un campo del saber: informáticos, matemáticos, astrónomos, etc. Se ha constatado frecuentemente que los autistas de alto nivel ejercen una profesión derivada de dichas “obsesiones” de su infancia. La máquina de contención de Grandin, construida sobre su borde, la condujo a convertirse en una estudiante universitaria especialista en trampas para ganado utilizadas en los mataderos para dar muerte a los bovinos.

Constituida de signos y no de significantes, la competencia no está solamente “desabonada del inconsciente”, como lo es el síntoma, ella no posee ni siquiera la posibilidad de que se efectúe el abonamiento. La competencia no se interpreta: se asimila a través del intelecto. A diferencia del delirio o del síntoma, se funda en la adquisición de un saber que ya está ahí.

Si el borde no es un síntoma, no se presta a la interpretación, de suerte que tocamos ahí una de las razones por la cuales los psicoanalistas se ven frecuentemente incómodos con los autistas. Para apropiar el descubrimiento freudiano a la especificidad de la estructura autística, fue necesaria la invención de la “práctica entre varios”.

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[i] Dovan J. Zucker C. Autism’s First Child. Atlantic Magazine. October 2010. http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2010/10/autism-8217-s-first-child/8227/
[ii] Dovan J. Zucker C. Autism’s First Child. Atlantic Magazine. October 2010. http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2010/10/autism-8217-s-first-child/8227/
[iii]  En la literatura psiquiátrica internacional, el espectro del autismo se ha desatado de la clínica, volviéndose así un trastero heterogéneo. Según la CIM-10, abarca ocho categorías: autismo infantil, autismo atípico, síndrome de Rett, otro trastorno  desintegrativo de la infancia, hiperactividad con atraso mental y movimientos estereotipados, síndrome de Asperger, otros trastornos generalizados del desarrollo, y trastorno generalizado del desarrollo sin precisiones.
[iv] Bettelheim B. La forteresse vide. [1967] Gallimard. Paris. 1969, p. 264.[Hay trad. Cast.: La fortaleza vacía. Autismo infantil y el naciemiento del yo. Paidós. Buenos Aires. 2012]
[v] Lefort R. et R. Naissance de l’Autre. Seuil. Paris. 1980, p. 273. [Hay trad.Cast.: Lefort, R. y Lefort, R. (1983) Nacimiento del Otro, Paidós: Barcelona]
[vi] Tustin F. Le trou noir de la psyché [1986]. Seuil. Paris. 1989, p. 30.
[vii] Lemay M. L’autisme aujourd’hui. O. Jacob. Paris. 2004, p. 166.
[viii] Laurent E. La bataille de l’autisme. Navarin/ Le champ freudien. 2012, p. 68. .[Hay trad. Cast.: La batalla del autismo. De la clínica a la política. Grama ed. Buenos Aires. 2013.]
[ix] Tustin F. Autisme et protection. [1990] Seuil. Paris. 1992, p. 238.
[x] Usaba aqui el « tu » en lugar del «yo » tal como lo solía hacer.
[xi] Lefort R. et R. Naissance de l’Autre, o.c., p. 411.
[xii] Bettelheim B. La forteresse vide, o.c., p. 285.
[xiii] Ibid., p. 277.
[xiv] Lefort R. et R. Naissance de l’Autre, o.c., p. 330.
[xv] Tustin F. Autisme et protection. [1990] Seuil. Paris. 1992, p. 174.
[xvi] Tustine F. Autisme e protection. [1990] Seuil. Paris. 1992, p.127
[xvii] En francés securizé , que puede ser tomado como sentimiento de seguridad, dispositivo de protección. (N. del T.)
[xviii] Bettelheim B. La fortalesse vide, o.c…p.188
[xix] “En el último estadio de esta evolución, nota Bettelheim, ella desgarraba el centro de la hoja de papel desde el comienzo, lo lanzaba, siempre con una expresión de disgusto, y solamente entonces rasgaba la hoja concéntricamente dirigiéndose hacia el centro ahora vacío. Era impresionante constatar la habilidad con la cual ella quitaba, aparentemente sin esfuerzo, el centro exacto de la hoja de papel y con la cual llegaba siempre exactamente a este lugar cuando había terminado de rasgar” (Bettelheim. La fortalesse vide, o.c…p.187).
[xx] Bettelheim B. La fortalesse vide, o.c…p.190
[xxi] Tustine F. Autisme e protection. [1990] Seuil. Paris. 1992, p.
[xxii] Laurent E. La bataille de l’autisme, o. c., p. 71.
[xxiii] Tammet D. Je suis ne un jour bleu. Les Arene. Paris. 2007, p. 28. [Hay trad. Cast.: Nacido en un día azul. Editorial Sirio. España. 2006.]
[xxiv] Laurent E. Laurent E. La batalla del autismo, o.c. p. 67
[xxv] Williams D. Si on me touche, je n’existe plus. Robert Laffont. 1992, pp. 76-77
[xxvi] Williams Ibid., p. 76.
[xxvii] Williams Ibid, p. 78.
[xxviii] Williams Ibid., p. 23
[xxix] “papoose” es un término utilizado por ciertos indígenas de América del Norte para designar al bebé.
[xxx] Attwood T. Le syndrome d’Asperger. De Boeck. Bruxelles. 2009, p. 201.
[xxxi] Attwood T. Ibid., p. 212.
[xxxii] “Paralelamente a la violencia, escribe él, yo había descubierto nuevos horizontes musicales, y la música se había convertido en un jardín secreto que ciertamente me ayudó a sobrevivir”. [Ouellette A. Musique autiste. Triptyque. Montréal. 2011, p. 93.
[xxxiii] Williams D. Si on me touche, je n’existe plus, o.c., 239
[xxxiv] Williams Ibid., p. 29
[xxxv] Ibid., p. 113
[xxxvi] Axline V. Dibs. Développement de la personnalité grâce à la thérapie par le jeu. [1964] Flammarion. 1967, p. 197.
[xxxvii] Ibid., p.199
[xxxviii] Ibid., p. 210
[xxxix] Grandin T. Ma vie d’autiste. [1986] O. Jacob. Paris. 1994, p. 51.
[xl] Ibid., p. 108
[xli] Citado por Laurent E., en La bataille de l’autisme, o.c., p. 73.
[xlii] Nazeer K. Laissez entrer les idiots. Oh ! Editions. 2006, p. 43.
[xliii] Tammet D. Je suis né un jour bleu, o.c., p. 35.
[xliv] Williams D. Everyday heaven. Jessica Kingsley. London. New York. 2004
[xlv] Gerland G. Une personne á part entire. [1996]. Autisme France. Mougins. 2004, p.222
[xlvi] Ouellette A. Musique autiste. Triptyque. Québec. 2011, p. 28.
[xlvii] Gilberg C. Préface à Gerland G. Une personne à part entière, o.c., p. 9.
[xlviii] Ledgin N. (Préface de T. Grandin). Ces autistes qui changent le monde. [2002]. Salvator. Paris. 2008.
[xlix] Mottron L. L’autisme : une autre intelligence. Mardaga. 2004, p. 206.
[l] Lacan J Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse. Livre XI. Seuil. Paris. 1973, p. 60.
[li] Laurent E. La bataille de l’autisme, o.c., p. 65.
[lii] Williams D. Si on me touche, je n’existe plus, o.c., p. 298.
[liii] Damaggio N. Une épée dans la brume. Ed. Anne Carrière. Paris. 2011, p. 279
[liv] Tammet D. Je suis né un jour bleu, o.c., p. 180.

[lv] Tréhin G. Urville. Carnot. Chatou. 2004.

 

Atención Integral en salud de las personas con trastornos del espectro autista-TEA

Palermo 002_acuarelaLa Línea de investigación en  Autismos y psicosis infantiles y juveniles de La Antena hará presencia regular en las mesas de trabajo a que ha convocado el Ministerio de Salud y Protección Social relativas a la atención integral de las personas con trastornos del espectro autista. El psicoanálisis de orientación lacaniana estará presente en los debates con el ánimo crucial de preservar la libre elección de las personas con autismo y sus familias, para decidir el tratamiento que más convenga a su singularísima realidad. El psicoanálisis no puede adherirse a los tratamientos que plantean un modo universal de acción, ni a los protocolos e indicadores de eficacia que ellos implican, no los objeta a priori, incluso los respeta como elección posible para algunos, para varios. Eso sí, reivindicamos el hecho y el derecho de que se prevea como un tratamiento con principios y ética conforme al padecimiento de quienes habitan el mundo al precio de aislarse de él. La clínica del autismo que el psicoanálisis practica agujerea la idea de que hay una única solución, un único camino a seguir ya configurado y establecido. Esta clínica que particulariza a cada sujeto no se concibe como una práctica uniforme o «tipo», se toma el tiempo para entender los impases que cada sujeto autista se puede plantear en la compleja articulación con el mundo. Se toma el tiempo para entender el modo que toma su angustia frente a la sola aparición de Otro. Se toma el tiempo para entender los modos en que el sujeto se ha defendido de esta presencia acuciante y en muchas maneras, amenazante. No es sin el sujeto autista que el psicoanálisis propone una salida, una luz conforme a la invitación acogedora pero decidida de estar con los otros sin que por ello desaparezca o se pierda en los límites diluidos de su existencia. Habrá que inventar ese modo, cada cual, con los elementos ingeniosos que solo un sujeto acogido como tal puede descubrir. Esta manera que puede encontrar el sujeto autista para vivir en el mundo y con el mundo, sin un excesivo y cruel costo es lo que el psicoanálisis puede ofrecer. Por esto, debe estar presente en las alternativas que tiene un sujeto para escoger quien lo pueda acompañar en este recorrido esencial.

Estaremos informando de este trascendental trabajo que iniciamos.
Lizbeth Ahumada Y.

Los autistas. Sus objetos, sus mundos (Video) – Eric Laurent

El pasado 19 de noviembre de 2013, el psicoanalista Eric Laurent dictó la conferencia «El autista. Sus objetos, sus mundos» en la autismo_laurentUniversidad de Buenos Aires, Argentina.  
 
El video de la conferencia está disponible en el siguiente link:
 
http://www.youtube.com/watch?v=qbuFCq8vq9U&feature=youtu.be

Lacan y el niño

Extracto de la conferencia dictada por Daniel Roy en febrero pasado en Jornadas del NUCEP (Centro de Estudios Psicoanalíticos), Madrid, España.

 

Techos

 

Daniel Roy

 

“Solo una vez se atraviesa una puerta de nuestra talla”

Jaques Lacan, “Homenaje a Lewis Carroll”

 

La libertad del niño

Tenemos que decirlo de entrada: Jaques Lacan ofrece a los psicoanalistas la posibilidad de volver a los niños más libres de lo que les es posible encontrar. Les abre la vía para permitir a cada niño explotar la parte más singular de lo que él es, sin que sea necesario prometerle una herencia cualquiera. Se ha querido hacer del psicoanálisis – y los psicoanalistas se han prestado a ello – el garante de las mejores transmisiones entre generaciones, y con ello hacer de los niños los notarios de su inconsciente, a condición de que quieran identificarse a un niño. Sin equivoco, Lacan asigna como tarea del analista ante un niño el “impedir de responderse, por ejemplo, incluso con nuestra autoridad, soy un niño” . De esta forma abre la puerta a cada psicoanalista para desprenderse de los ideales de la infancia, los de su propia infancia – como mínimo – pero sobre todo de los que vehiculan los discursos de la época. ¿Con qué objeto? Para permitir al niño atravesar las identificaciones que tienen más valor para él, que han adquirido para él todo su valor al ser las señales de un encuentro, encuentro con la absoluta alteridad, la de un otro o la de un goce que atraviesa el cuerpo. ¿Cómo? Siguiendo las huellas del hueco dejado por este encuentro en el corazón mismo de los dichos del niño, cuando lo educativo no prima para orientar su sentido.

Se descubre entonces, en ello, y es eso la experiencia de la cura analítica para un niño, que su libertad reside en la discordancia que está en corazón de la dependencia que es la suya.

Lacan ha sido el pionero de la exploración de esta dependencia del niño, dependencia real, con el apoyo obtenido en los comienzos de su enseñanza sobre la “prematurización especifica del nacimiento en el hombre” para situar ahí el sedimento sobre el que va a elevarse la dependencia imaginaria, dependencia a la imago del semejante, rápidamente subsumida por una dependencia simbólica, al Otro del lenguaje y de la palabra, que siempre precede al sujeto. Hasta el final de su enseñanza, cuando los paradigmas que la ordenan se habrán desplazado, Lacan sostendrá que el niño “es hablado” por sus padres, pero que “eso no significa que lalengua constituya en algún modo un patrimonio. Es totalmente cierto que es en la forma en que la lengua ha sido hablada y también oída por tal o cual en su particularidad, que algo aparecerá en sueños, en todo tipo de tropiezo, en todo tipo de maneras de decir.”

Es porque él fue el pionero de esta exploración, que pudo descubrir, en la fragua de esta dependencia, el crisol del que surgen las fuerzas de separación, que se funden en la más humilde de las herrerías, la de los pequeños objetos desprendidos del cuerpo.

Así es este gran movimiento que recorre toda la enseñanza de Lacan. Por un lado, en las dehiscencias de su imagen en el espejo del otro, en las fallas, interrupciones, silencios del discurso que le rodea, el niño encuentra el enigma que le permite ubicar donde alojarse; por otro lado, con la pérdida de los objetos de su cuerpo, objeto oral, objeto anal, mirada, voz, que se desprenden de él y de los que él se desprende, el niño descubre nuevas modalidades para ensanchar, agrandar, profundizar su mundo, a través del médium de las pulsiones: apetito de vivir, sed de conocimientos, donaciones e intercambios, profundidad de campo y de cantos.

La libertad del niño, que recorre toda la obra de Lacan, es que a cada uno de sus pasos, puede tomar posición. Es en cada instante Hermes, dios de las encrucijadas, del comercio y de los salteadores de caminos: elije, si es sí o si es no, negocia, recauda. Si se somete, como un niño obediente, a sus parientes ¡es por amor, mientras que ellos se regodean con su autoridad! Si se indigna, semilla podrida ¡es por fidelidad, para no traicionar la imagen que él se ha hecho de su presencia!

Siendo él mismo objeto arrojado al mundo, frágil, a la merced de todos los encuentros, el niño extrae de esta misma condición los recursos que le permiten, en las instituciones sociales propias a la infancia, la familia en primer lugar, “una relación fundada en la libertad” . Es la primera lección de Lacan referente al niño: resuena ya en la risa del niño, en “el niño que os sonríe” y os hace señales “más allá de lo inmediato, […] más allá de toda demanda” .

 

«Lo que el autista nos enseña»

He aquí un extracto del seminario que dictara Vilma Coccoz en La Alianza Francesa, el 26 de octubre pasado, en el contexto de La semana del autismo promovida por La Antena Infancia y Juventud (Línea de investigación Clínica de las psicosis y los autismos. Hacia una práctica dialogada) con el auspicio de La Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis-Bogotá:

 

«Durante esta semana de trabajo en Bogotá, he percibido una expectativa sobre lo que el discurso analítico, sobre lo que los psicoanalistas lacanianos tienen que decir, con el fin de encontrar orientaciones precisas para conseguir navegar, de una manera más liviana, en este complicado mundo que nos ha tocado vivir. Efectivamente, el título de este seminario es ya un indicio de nuestra posición respecto al autismo. La posición del discurso analítico es una posición ética: aquella que se deriva de estar en disposición de aprender del autista, no de enseñarle. El verbo “aprender” está en juego, pero las personas se invierten. Existe una divisoria de aguas: por un lado, la psicología cognitivo comportamental pretende enseñar al autista; el autista es el sujeto que tiene que aprender: tiene que aprender a comunicarse, tiene que aprender a asearse, tiene que aprender economía, tiene que aprender habilidades sociales…; de otro lado, desde la perspectiva del psicoanálisis, las personas que acompañan al autista (sus padres, sus analistas, sus educadores, en fin, sus otros de referencia) están en disposición de aprender de él. Esta divisoria de aguas responde a principios de la práctica: se ve cómo estos principios éticos determinan una práctica completamente distinta. Pues bien, durante este rato voy a intentar explicarles algunas de las peculiaridades del tratamiento del autismo, en el psicoanálisis de orientación lacaniana.

Desde que Sigmund Freud concibió los primeros pilares en los que iba a asentarse lo que él llamó la nueva ciencia del espíritu —que bautizó con el nombre de psicoanálisis—, poderosos enigmas del comportamiento humano comenzaron a entregar su razón de ser, a la vez que se afianzaba una nueva manera de tratar los síntomas que incluía la idea de causalidad psíquica, de causalidad inconsciente.

Freud no se ocupó del autismo como síndrome o cuadro patológico. El autismo fue descrito por primera vez por Leo Kanner, en 1943, y nombrado como “autismo infantil precoz”, destacando como síntomas el aislamiento y la inmutabilidad. Poco tiempo después, en 1944, sin que hubiera relación entre ambos, en otro contexto, Hans Asperger inicia su desarrollo sobre el síndrome que lleva su nombre. El primero, el “autismo infantil precoz”, queda como una interfaz entre psiquiatría y psicoanálisis; el segundo, el “síndrome de Asperger”, toma un derrotero educativo, pues Asperger propone, desde el inicio, una pedagogía curativa. O sea, desde el inicio, en el campo de lo que llamamos autismo, ya están las problemáticas de lo clínico y de lo educativo.

En los años 50, el doctor Jacques Lacan inició su enseñanza en París. A lo largo de 30 fructíferos años, se sometió al riguroso y firme propósito de desentrañar las preguntas que suscita nuestra existencia, en tanto determinada por el lenguaje. Definió nuestra humanidad como seres de palabra, como “parlêtre”, o sea: ser hablante [parler=hablar, être=ser], en la medida en que —lo dice con todas las letras— el lenguaje no sólo es un medio de comunicación, no sólo es un medio de información… el lenguaje hace al ser, no habría ser sin el lenguaje. Los animales no se plantean ese problema; en cambio, para nosotros, no es una cuestión fácil. De acá se deriva un principio del psicoanálisis es: no hay sujeto sin Otro. El psicoanálisis es esencialmente social, porque no hay sujeto sin Otro. Por eso Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo —su gran texto social, de psicología social—, dice que la lógica con la que estudiamos la relación del sujeto con su pareja, con su madre… con cualquiera de sus otros, es la misma lógica con la que debemos analizar la relación del sujeto con la comunidad, es decir, lo que toma forma de Otro para él. Lo que para el ser hablante toma forma de Otro, simbólico, trasciende el ámbito de su familia y lo vincula a la comunidad. A la escuela, por ejemplo, en cuyo caso los profesores serán representantes de unos primeros otros. Para Freud, la nueva ciencia del espíritu, la nueva doctrina de la subjetividad que él elaboró, no es independiente de una dimensión social. El sujeto no es sin el Otro.

Por todo esto, el autista se nos presenta como el mayor enigma: ¿cómo es posible que insistan en rechazar al Otro? El autista pone en jaque este principio fundamental de que el sujeto no es sin el Otro. Y no es que el autista no tenga su Otro. Pero, ¿qué tipo de Otro tiene?

El otro principio analítico (el primero es: no hay sujeto sin Otro) es: no hay sujeto sin síntoma. Gustaba Lacan de citar la Biblia. De hecho, en el Seminario 23 llega a formular un nuevo Génesis, menos cretinizante que el mito de la manzana maldita. Con la manzana maldita, quedamos fregados por el pecado. En cambio, en el Génesis que propone Lacan, en el misterio de la encarnación del inconsciente en nuestro cuerpo, lo que surge no es la subjetividad del pecado, sino la subjetividad sintomática. La ciencia del espíritu llamada psicoanálisis no propone ninguna psicología normal… ¡lo normal es lo que le parece bien a cada uno! Cuando alguien se pronuncia sobre la anormalidad de otro, es sencillamente porque no le gusta, no le cae bien y, entonces, dice: “éste no es normal”; y, cuando le toca a él, también toma esta forma: se pregunta, de sí mismo, ¿qué será esto?… ¡no es normal! Siempre es una medida personal.

En el principio era el verbo… eso sí lo toma Lacan textualmente de la Biblia. El verbo —dice en el Seminario 20— no es un significante tan estúpido, tan necio. Si no sabemos situarnos en relación a los verbos, no estamos situados en relación con la palabra. Por eso, muchas veces el autista no arma una frase completa. Una de las cosas que llama la atención, es la dificultad para hablar en primera persona; es decir, conjugar su ser en la frase dirigida al otro, tomando una posición de enunciación: “yo digo”. De hecho, cuando lo consiguen, consideramos que hemos avanzado muchísimo, porque quien puede enunciar su palabra a través de los verbos y dirigirse a otro, ya responde a la estructura misma de la subjetividad: está él y está el otro, a quien se dirige mediante el verbo, le habla.

En el comienzo era el verbo —que Lacan lo transforma en: en el comienzo era el acto—… En el comienzo no es el origen, sino el lugar del ser, dice Lacan. El lugar del ser en la palabra. Hemos olvidado lo complicado que es este asunto, porque —retomando las palabras de Lacan— ya estamos suficientemente adulterados. La conquista del lugar de la palabra es el trabajo de los primeros años de la vida. Si esto no se hace, resulta muy complicado. Para algunos, esto es tan complicado que no llega a ocurrir durante mucho tiempo, a veces nunca. Entonces, la realidad de la palabra no es algo sencillo. Lacan se dedicó 30 años a esto: cada semana se consagró a la disciplina férrea de no decir lo mismo nunca, de cada vez aportar algo nuevo. Por eso, su enseñanza es tan diversa y tan interesante. De principio a fin, el asunto de Lacan era ese: tratar de desentrañar la complicada lógica del ser hablante, de la relación con la palabra, de la relación con el otro, de la relación con el deseo y con la satisfacción, de todo lo que está implicado en la estructura del ser hablante.

La psicología moderna, la llamada psicología cognitivo comportamental, pretende reducir todo el dramatismo de una vida humana a la identificación de sus comportamientos. Por supuesto, Lacan tomó otra opción: la trabajosa opción de retomar los descubrimientos de Freud y hacerlos avanzar, ponerlos a la altura de la época, sin ahorrarse ninguna dificultad, tomando —para ponerlos al día con todos los descubrimientos— la lingüística, la lógica, la topología, la historia de la filosofía, etc. Este trabajo de Lacan es realmente inagotable. Pero el objetivo siempre es el mismo. Por eso, cuando decían que era un filósofo, un pensador, se enfadaba: “¡soy un psicoanalista!”, decía. Por supuesto, después agregó todo lo que él elaboró y se han hecho lecturas desde distintos campos: hay filosofías lacanianas, políticas lacanianas, éticas lacanianas. Pero la intención de Lacan era netamente clínica: saber todo eso, para hacer una práctica analítica eficaz, para que la acción del psicoanalista que se ofrece para llevar a alguien —autista o no autista— sea eficaz, para que resuelva el problema que esa persona tiene; eso es función del psicoanalista. Freud mismo dice: la enfermedad es un concepto práctico: la persona que tiene un síntoma, tiene una dificultad funcional en su cuerpo, en su mente, en la relación con los otros. Entonces, la práctica analítica tiene que servir para resolver ese problema de funcionamiento.

Pero, claro: el problema de funcionamiento, el síntoma subjetivo, requiere poder discernir realmente cuál es su lógica. Y bien, tiene dos partes: de un lado, una parte inconsciente, una parte de palabras inconscientes que han quedado como huellas de las encrucijadas vitales a las que nos hemos enfrentado; y, de otro lado, tiene una parte más opaca que no aparece a primera vista, que requiere un trabajo analítico para llegar a ella. A esta última parte, Freud la nombró de diferentes maneras: libido, ello, pulsión… y Lacan la transformó en goce, y la distinguió del síntoma, cuando produce un goce nocivo, cuando está demasiado presente la pulsión de muerte (para tomar otro concepto freudiano); o sea, distinguió el goce nocivo de la modalidad del goce no tan nocivo para el sujeto, más vinculado a la vida que —todos lo sabemos— no es un camino de rosas. La vida tiene momentos hermosos, divertidos, pero también hay esta perspectiva de dificultad.

Así, los autistas también presentan sus síntomas, pero no entendemos muy bien cuál es el funcionamiento de esos síntomas, cuál es su estructura. Usualmente se describen como el aislamiento (se aíslan de los demás), las ecolalias (repiten lo que el otro dice), las estereotipias (estructura repetitiva incesante: no poder parar, no hay límite). Los autistas presentan la mayor dificultad frente a la concepción social del ser humano. En el Seminario 3 —sobre las psicosis—, Lacan dice que el psicótico muestra la objeción al mitsein hedeggeriano: tiene una dificultad para estar con otros. El desencadenamiento de Schreber acarrea precisamente esta ruptura: él deja de estar con otros. Así, el síntoma autista presenta esto en su vertiente más pura. Ahora bien, si somos freudianos, los síntomas, incluso los más radicales como el síntoma autista, son intentos de curación. Freud concibió los síntomas no como un déficit, sino como un intento de curación, como una creación positiva mediante la cual el sujeto intentar resolver una encrucijada vital que se le vuelve insoportable y que lo angustia enormemente. Este es el principio de la construcción del síntoma en el psicoanálisis. No hay sujeto sin síntoma, porque todo sujeto hablante se defiende de algo insoportable, se defiende de la angustia. En el caso del autista, la defensa es radical: se defiende de que nos acerquemos, se defiende de nosotros, por eso se aísla.

En consecuencia, todo tratamiento posible del autismo requiere tomar en cuenta, en primer lugar, esta consideración: que el autista está obligado a defenderse de nosotros. Dicho de otra manera: el Otro del autista es amenazante, perseguidor, intrusivo. Así, la persona que se acerca, incluso con las mejores intenciones, intentando ser simpático (para tocarlo, abrazarlo, cuidarlo o para enseñarle), da en la dirección del síntoma, en la dirección de su dificultad y, entonces, el autista que supuestamente está en la disposición de paciente, de ser curado, se ve obligado a defenderse de su propio terapeuta, de las personas que pretenden ayudarles. Esa es, entonces, lo primero a tener en cuenta, con la frustración que esto trae para la persona que pretende curarlo, claro, porque es muy duro, la clínica del autismo es muy dura… salvo que se tome en consideración la lógica del síntoma autista.

Entonces, la lógica del síntoma autista, desde la perspectiva freudiana y lacaniana del psicoanálisis, responde a una causalidad psíquica. Como decíamos antes, en el principio de cada uno de nosotros está el verbo, está la palabra, está el poder tomar la palabra. Así, tenemos que ver, en el principio, cuál es la causalidad, qué pasó. Pero, en relación con la causalidad, hay otra división de aguas: la causalidad psíquica y la causalidad genética (que ahora está muy en boga).

François Ansermet, psicoanalista de la École de la cause freudienne, una persona a la que admiro mucho, puso en marcha un servicio de neonatología, que dio lugar a un libro maravilloso llamado La clínica del origen, donde se da cuenta de la asistencia psicoanalítica a los bebés en riesgo y a sus padres, así como a los profesionales. Hay un trabajo subjetivo para acoger un nacimiento con dificultades: desde el hermafroditismo hasta problemas físicos de todo tipo… bebés en riesgo. Muchos autismos se desencadenan ahí, en el nacimiento. He tenido un caso así: un niño que estuvo tres meses en una incubadora, multi-operado, con luces todo el tiempo sobre él, personas que vienen a mirarlo, lejos de su mamá y de su papá… para ese niño, desde el principio, ¿qué es el Otro? En el principio, ¿qué posibilidad de subjetividad hay, cuando sólo se es un objeto que está siendo mirado todo el rato? Fue muy emocionante, en una sesión, cuando yo le hablé de esto: lo mucho que él había sufrido en el momento de nacer. Entonces, me pidió ir a una habitación; en esa época, yo tenía la consulta en mi casa y él la conocía perfectamente. En la habitación de mi hijo, se puso bajo una manta e hizo una ficción de nacimiento: se tiró en la cama y pataleaba como un bebé. Por fin, él había podido representar lo que esto fue. Mientras en la incubadora él estaba inmovilizado, durante la reconstrucción de todo lo traumático que fue su nacimiento, estuvo moviéndose y pataleando un rato. De ahí se levantó con una sonrisa, como diciendo: ¡por fin! Aquí se ha logrado algo, ha habido un reconocimiento, una palabra sobre lo que pasó.

Cuando un niño está tan mal físicamente, como en este caso, sólo se preocupan de la parte orgánica, no se ocupan de la parte subjetiva, de lo que significa el atentado de las luces y las exploraciones constantes. Para alguien que no tiene la defensa autística (no se ha formado la defensa autística), no entiende lo que está pasando… y su mamá tampoco puede explicárselo, pues sólo la dejan entrar muy poco tiempo a la incubadora; ella siente que es completamente impotente para llegar a su bebé. Entonces, la separación ya está; ya se produce la falta de comunicación entre la mamá y su bebé. La ruptura del lazo con el otro. Por eso, una de nuestras principales preguntas es cómo hacer para construir o reconstruir un lazo con el otro, cuando se ha visto perturbado.

Muchas veces se piensa que los analistas nada tienen que ver con profesionales como los neurobiólogos, los neurolingüistas. Pues bien, el psicoanalista François Ansermet y Ariane Giacobino, una médica genetista, escribieron un libro fantástico, llamado Autismo: a cada uno su genoma. Allí se demuestra que es imposible seguir hablando de la causalidad genética del autismo: “La idea de la genética como ciencia de la determinación de lo mismo ha volado en pedazos. Se piensa que uno viene de dos, pero, paradójicamente, dos veces una mitad acaba en una infinidad de posibles, como si un patrimonio genético particular pudiera corresponder a combinaciones nuevas de dos mitades conocidas. Si medio más medio da una infinidad de uno, de uno para cada uno, ¿la diferencia se oculta dentro de éste? Este uno puede comprenderse como el conjunto de los 46 cromosomas que nos constituyen, de la misma manera que estos 46 cromosomas pueden ser situados como el soporte de los 24 mil genes de los que estamos compuestos. Dos por 12 mil genes forman también un individuo y cada gen es, a su vez, constituido de millares de bases de ADN. Como si se tratara de un sistema de muñecas rusas, cada fracción explorada se abre del lado de una complejidad y una infinidad sorprendentes”.

Nuestra época se caracteriza, entre otras, por una resistencia a la causalidad psíquica. Se intenta explicar y controlar lo que escapa a lo humano, a partir de bases biológicas, se intenta hacer desaparecer los enigmas del sujeto, esperando reemplazarlos por certezas controladas. El sujeto no es supuesto estar él mismo en la base de los trastornos que presenta; él no puede hacer nada con ellos, son sus genes. Los efectos del ambiente sobre esto, la estructura de su cerebro, son los responsables de hacerlo como es. Lo psíquico viene a eclipsarse bajo los efectos de estos postulados, relativos a las bases biológicas de los trastornos psíquicos. Queda, entonces, formulado el siguiente sofisma: primera proposición: se admite que existen trastornos psíquicos; segunda: la hipótesis de que tienen una base biológica; tercera: demostrar, o creer demostrar, esta base biológica; cuarta; si se tiene una base biológica, estos fenómenos no son psíquicos. De donde la conclusión: no existen trastornos psíquicos. Este razonamiento sagaz es particularmente virulento en los debates sobre el autismo, especialmente al ser evocadas sus bases genéticas.

En cambio, el psicoanálisis de orientación lacaniana sostiene la causalidad psíquica del autismo y la sitúa en lo que Lacan llamó “insondable decisión del ser”, que deja abierta la posibilidad de una nueva elección, a partir de ofrecer unas condiciones apropiadas para designar la radicalidad de sus defensas. Como explicaba el doctor Jean Claude Maleval, la obsesión por el diagnóstico precoz puede incluso resultar contraproducente. En muchos de los testimonios de autistas adultos, se ve muy bien que les ayudó el no haber sido diagnosticados y haber mantenido una vida dentro de parámetros “normales” [….]. »

La versión completa se publicará posteriormente.

 

"Lo que el autista nos enseña"

He aquí un extracto del seminario que dictara Vilma Coccoz en La Alianza Francesa, el 26 de octubre pasado, en el contexto de La semana del autismo promovida por La Antena Infancia y Juventud (Línea de investigación Clínica de las psicosis y los autismos. Hacia una práctica dialogada) con el auspicio de La Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis-Bogotá:
 
«Durante esta semana de trabajo en Bogotá, he percibido una expectativa sobre lo que el discurso analítico, sobre lo que los psicoanalistas lacanianos tienen que decir, con el fin de encontrar orientaciones precisas para conseguir navegar, de una manera más liviana, en este complicado mundo que nos ha tocado vivir. Efectivamente, el título de este seminario es ya un indicio de nuestra posición respecto al autismo. La posición del discurso analítico es una posición ética: aquella que se deriva de estar en disposición de aprender del autista, no de enseñarle. El verbo “aprender” está en juego, pero las personas se invierten. Existe una divisoria de aguas: por un lado, la psicología cognitivo comportamental pretende enseñar al autista; el autista es el sujeto que tiene que aprender: tiene que aprender a comunicarse, tiene que aprender a asearse, tiene que aprender economía, tiene que aprender habilidades sociales…; de otro lado, desde la perspectiva del psicoanálisis, las personas que acompañan al autista (sus padres, sus analistas, sus educadores, en fin, sus otros de referencia) están en disposición de aprender de él. Esta divisoria de aguas responde a principios de la práctica: se ve cómo estos principios éticos determinan una práctica completamente distinta. Pues bien, durante este rato voy a intentar explicarles algunas de las peculiaridades del tratamiento del autismo, en el psicoanálisis de orientación lacaniana.
Desde que Sigmund Freud concibió los primeros pilares en los que iba a asentarse lo que él llamó la nueva ciencia del espíritu —que bautizó con el nombre de psicoanálisis—, poderosos enigmas del comportamiento humano comenzaron a entregar su razón de ser, a la vez que se afianzaba una nueva manera de tratar los síntomas que incluía la idea de causalidad psíquica, de causalidad inconsciente.
Freud no se ocupó del autismo como síndrome o cuadro patológico. El autismo fue descrito por primera vez por Leo Kanner, en 1943, y nombrado como “autismo infantil precoz”, destacando como síntomas el aislamiento y la inmutabilidad. Poco tiempo después, en 1944, sin que hubiera relación entre ambos, en otro contexto, Hans Asperger inicia su desarrollo sobre el síndrome que lleva su nombre. El primero, el “autismo infantil precoz”, queda como una interfaz entre psiquiatría y psicoanálisis; el segundo, el “síndrome de Asperger”, toma un derrotero educativo, pues Asperger propone, desde el inicio, una pedagogía curativa. O sea, desde el inicio, en el campo de lo que llamamos autismo, ya están las problemáticas de lo clínico y de lo educativo.
En los años 50, el doctor Jacques Lacan inició su enseñanza en París. A lo largo de 30 fructíferos años, se sometió al riguroso y firme propósito de desentrañar las preguntas que suscita nuestra existencia, en tanto determinada por el lenguaje. Definió nuestra humanidad como seres de palabra, como “parlêtre”, o sea: ser hablante [parler=hablar, être=ser], en la medida en que —lo dice con todas las letras— el lenguaje no sólo es un medio de comunicación, no sólo es un medio de información… el lenguaje hace al ser, no habría ser sin el lenguaje. Los animales no se plantean ese problema; en cambio, para nosotros, no es una cuestión fácil. De acá se deriva un principio del psicoanálisis es: no hay sujeto sin Otro. El psicoanálisis es esencialmente social, porque no hay sujeto sin Otro. Por eso Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo —su gran texto social, de psicología social—, dice que la lógica con la que estudiamos la relación del sujeto con su pareja, con su madre… con cualquiera de sus otros, es la misma lógica con la que debemos analizar la relación del sujeto con la comunidad, es decir, lo que toma forma de Otro para él. Lo que para el ser hablante toma forma de Otro, simbólico, trasciende el ámbito de su familia y lo vincula a la comunidad. A la escuela, por ejemplo, en cuyo caso los profesores serán representantes de unos primeros otros. Para Freud, la nueva ciencia del espíritu, la nueva doctrina de la subjetividad que él elaboró, no es independiente de una dimensión social. El sujeto no es sin el Otro.
Por todo esto, el autista se nos presenta como el mayor enigma: ¿cómo es posible que insistan en rechazar al Otro? El autista pone en jaque este principio fundamental de que el sujeto no es sin el Otro. Y no es que el autista no tenga su Otro. Pero, ¿qué tipo de Otro tiene?
El otro principio analítico (el primero es: no hay sujeto sin Otro) es: no hay sujeto sin síntoma. Gustaba Lacan de citar la Biblia. De hecho, en el Seminario 23 llega a formular un nuevo Génesis, menos cretinizante que el mito de la manzana maldita. Con la manzana maldita, quedamos fregados por el pecado. En cambio, en el Génesis que propone Lacan, en el misterio de la encarnación del inconsciente en nuestro cuerpo, lo que surge no es la subjetividad del pecado, sino la subjetividad sintomática. La ciencia del espíritu llamada psicoanálisis no propone ninguna psicología normal… ¡lo normal es lo que le parece bien a cada uno! Cuando alguien se pronuncia sobre la anormalidad de otro, es sencillamente porque no le gusta, no le cae bien y, entonces, dice: “éste no es normal”; y, cuando le toca a él, también toma esta forma: se pregunta, de sí mismo, ¿qué será esto?… ¡no es normal! Siempre es una medida personal.
En el principio era el verbo… eso sí lo toma Lacan textualmente de la Biblia. El verbo —dice en el Seminario 20— no es un significante tan estúpido, tan necio. Si no sabemos situarnos en relación a los verbos, no estamos situados en relación con la palabra. Por eso, muchas veces el autista no arma una frase completa. Una de las cosas que llama la atención, es la dificultad para hablar en primera persona; es decir, conjugar su ser en la frase dirigida al otro, tomando una posición de enunciación: “yo digo”. De hecho, cuando lo consiguen, consideramos que hemos avanzado muchísimo, porque quien puede enunciar su palabra a través de los verbos y dirigirse a otro, ya responde a la estructura misma de la subjetividad: está él y está el otro, a quien se dirige mediante el verbo, le habla.
En el comienzo era el verbo —que Lacan lo transforma en: en el comienzo era el acto—… En el comienzo no es el origen, sino el lugar del ser, dice Lacan. El lugar del ser en la palabra. Hemos olvidado lo complicado que es este asunto, porque —retomando las palabras de Lacan— ya estamos suficientemente adulterados. La conquista del lugar de la palabra es el trabajo de los primeros años de la vida. Si esto no se hace, resulta muy complicado. Para algunos, esto es tan complicado que no llega a ocurrir durante mucho tiempo, a veces nunca. Entonces, la realidad de la palabra no es algo sencillo. Lacan se dedicó 30 años a esto: cada semana se consagró a la disciplina férrea de no decir lo mismo nunca, de cada vez aportar algo nuevo. Por eso, su enseñanza es tan diversa y tan interesante. De principio a fin, el asunto de Lacan era ese: tratar de desentrañar la complicada lógica del ser hablante, de la relación con la palabra, de la relación con el otro, de la relación con el deseo y con la satisfacción, de todo lo que está implicado en la estructura del ser hablante.
La psicología moderna, la llamada psicología cognitivo comportamental, pretende reducir todo el dramatismo de una vida humana a la identificación de sus comportamientos. Por supuesto, Lacan tomó otra opción: la trabajosa opción de retomar los descubrimientos de Freud y hacerlos avanzar, ponerlos a la altura de la época, sin ahorrarse ninguna dificultad, tomando —para ponerlos al día con todos los descubrimientos— la lingüística, la lógica, la topología, la historia de la filosofía, etc. Este trabajo de Lacan es realmente inagotable. Pero el objetivo siempre es el mismo. Por eso, cuando decían que era un filósofo, un pensador, se enfadaba: “¡soy un psicoanalista!”, decía. Por supuesto, después agregó todo lo que él elaboró y se han hecho lecturas desde distintos campos: hay filosofías lacanianas, políticas lacanianas, éticas lacanianas. Pero la intención de Lacan era netamente clínica: saber todo eso, para hacer una práctica analítica eficaz, para que la acción del psicoanalista que se ofrece para llevar a alguien —autista o no autista— sea eficaz, para que resuelva el problema que esa persona tiene; eso es función del psicoanalista. Freud mismo dice: la enfermedad es un concepto práctico: la persona que tiene un síntoma, tiene una dificultad funcional en su cuerpo, en su mente, en la relación con los otros. Entonces, la práctica analítica tiene que servir para resolver ese problema de funcionamiento.
Pero, claro: el problema de funcionamiento, el síntoma subjetivo, requiere poder discernir realmente cuál es su lógica. Y bien, tiene dos partes: de un lado, una parte inconsciente, una parte de palabras inconscientes que han quedado como huellas de las encrucijadas vitales a las que nos hemos enfrentado; y, de otro lado, tiene una parte más opaca que no aparece a primera vista, que requiere un trabajo analítico para llegar a ella. A esta última parte, Freud la nombró de diferentes maneras: libido, ello, pulsión… y Lacan la transformó en goce, y la distinguió del síntoma, cuando produce un goce nocivo, cuando está demasiado presente la pulsión de muerte (para tomar otro concepto freudiano); o sea, distinguió el goce nocivo de la modalidad del goce no tan nocivo para el sujeto, más vinculado a la vida que —todos lo sabemos— no es un camino de rosas. La vida tiene momentos hermosos, divertidos, pero también hay esta perspectiva de dificultad.
Así, los autistas también presentan sus síntomas, pero no entendemos muy bien cuál es el funcionamiento de esos síntomas, cuál es su estructura. Usualmente se describen como el aislamiento (se aíslan de los demás), las ecolalias (repiten lo que el otro dice), las estereotipias (estructura repetitiva incesante: no poder parar, no hay límite). Los autistas presentan la mayor dificultad frente a la concepción social del ser humano. En el Seminario 3 —sobre las psicosis—, Lacan dice que el psicótico muestra la objeción al mitsein hedeggeriano: tiene una dificultad para estar con otros. El desencadenamiento de Schreber acarrea precisamente esta ruptura: él deja de estar con otros. Así, el síntoma autista presenta esto en su vertiente más pura. Ahora bien, si somos freudianos, los síntomas, incluso los más radicales como el síntoma autista, son intentos de curación. Freud concibió los síntomas no como un déficit, sino como un intento de curación, como una creación positiva mediante la cual el sujeto intentar resolver una encrucijada vital que se le vuelve insoportable y que lo angustia enormemente. Este es el principio de la construcción del síntoma en el psicoanálisis. No hay sujeto sin síntoma, porque todo sujeto hablante se defiende de algo insoportable, se defiende de la angustia. En el caso del autista, la defensa es radical: se defiende de que nos acerquemos, se defiende de nosotros, por eso se aísla.
En consecuencia, todo tratamiento posible del autismo requiere tomar en cuenta, en primer lugar, esta consideración: que el autista está obligado a defenderse de nosotros. Dicho de otra manera: el Otro del autista es amenazante, perseguidor, intrusivo. Así, la persona que se acerca, incluso con las mejores intenciones, intentando ser simpático (para tocarlo, abrazarlo, cuidarlo o para enseñarle), da en la dirección del síntoma, en la dirección de su dificultad y, entonces, el autista que supuestamente está en la disposición de paciente, de ser curado, se ve obligado a defenderse de su propio terapeuta, de las personas que pretenden ayudarles. Esa es, entonces, lo primero a tener en cuenta, con la frustración que esto trae para la persona que pretende curarlo, claro, porque es muy duro, la clínica del autismo es muy dura… salvo que se tome en consideración la lógica del síntoma autista.
Entonces, la lógica del síntoma autista, desde la perspectiva freudiana y lacaniana del psicoanálisis, responde a una causalidad psíquica. Como decíamos antes, en el principio de cada uno de nosotros está el verbo, está la palabra, está el poder tomar la palabra. Así, tenemos que ver, en el principio, cuál es la causalidad, qué pasó. Pero, en relación con la causalidad, hay otra división de aguas: la causalidad psíquica y la causalidad genética (que ahora está muy en boga).
François Ansermet, psicoanalista de la École de la cause freudienne, una persona a la que admiro mucho, puso en marcha un servicio de neonatología, que dio lugar a un libro maravilloso llamado La clínica del origen, donde se da cuenta de la asistencia psicoanalítica a los bebés en riesgo y a sus padres, así como a los profesionales. Hay un trabajo subjetivo para acoger un nacimiento con dificultades: desde el hermafroditismo hasta problemas físicos de todo tipo… bebés en riesgo. Muchos autismos se desencadenan ahí, en el nacimiento. He tenido un caso así: un niño que estuvo tres meses en una incubadora, multi-operado, con luces todo el tiempo sobre él, personas que vienen a mirarlo, lejos de su mamá y de su papá… para ese niño, desde el principio, ¿qué es el Otro? En el principio, ¿qué posibilidad de subjetividad hay, cuando sólo se es un objeto que está siendo mirado todo el rato? Fue muy emocionante, en una sesión, cuando yo le hablé de esto: lo mucho que él había sufrido en el momento de nacer. Entonces, me pidió ir a una habitación; en esa época, yo tenía la consulta en mi casa y él la conocía perfectamente. En la habitación de mi hijo, se puso bajo una manta e hizo una ficción de nacimiento: se tiró en la cama y pataleaba como un bebé. Por fin, él había podido representar lo que esto fue. Mientras en la incubadora él estaba inmovilizado, durante la reconstrucción de todo lo traumático que fue su nacimiento, estuvo moviéndose y pataleando un rato. De ahí se levantó con una sonrisa, como diciendo: ¡por fin! Aquí se ha logrado algo, ha habido un reconocimiento, una palabra sobre lo que pasó.
Cuando un niño está tan mal físicamente, como en este caso, sólo se preocupan de la parte orgánica, no se ocupan de la parte subjetiva, de lo que significa el atentado de las luces y las exploraciones constantes. Para alguien que no tiene la defensa autística (no se ha formado la defensa autística), no entiende lo que está pasando… y su mamá tampoco puede explicárselo, pues sólo la dejan entrar muy poco tiempo a la incubadora; ella siente que es completamente impotente para llegar a su bebé. Entonces, la separación ya está; ya se produce la falta de comunicación entre la mamá y su bebé. La ruptura del lazo con el otro. Por eso, una de nuestras principales preguntas es cómo hacer para construir o reconstruir un lazo con el otro, cuando se ha visto perturbado.
Muchas veces se piensa que los analistas nada tienen que ver con profesionales como los neurobiólogos, los neurolingüistas. Pues bien, el psicoanalista François Ansermet y Ariane Giacobino, una médica genetista, escribieron un libro fantástico, llamado Autismo: a cada uno su genoma. Allí se demuestra que es imposible seguir hablando de la causalidad genética del autismo: “La idea de la genética como ciencia de la determinación de lo mismo ha volado en pedazos. Se piensa que uno viene de dos, pero, paradójicamente, dos veces una mitad acaba en una infinidad de posibles, como si un patrimonio genético particular pudiera corresponder a combinaciones nuevas de dos mitades conocidas. Si medio más medio da una infinidad de uno, de uno para cada uno, ¿la diferencia se oculta dentro de éste? Este uno puede comprenderse como el conjunto de los 46 cromosomas que nos constituyen, de la misma manera que estos 46 cromosomas pueden ser situados como el soporte de los 24 mil genes de los que estamos compuestos. Dos por 12 mil genes forman también un individuo y cada gen es, a su vez, constituido de millares de bases de ADN. Como si se tratara de un sistema de muñecas rusas, cada fracción explorada se abre del lado de una complejidad y una infinidad sorprendentes”.
Nuestra época se caracteriza, entre otras, por una resistencia a la causalidad psíquica. Se intenta explicar y controlar lo que escapa a lo humano, a partir de bases biológicas, se intenta hacer desaparecer los enigmas del sujeto, esperando reemplazarlos por certezas controladas. El sujeto no es supuesto estar él mismo en la base de los trastornos que presenta; él no puede hacer nada con ellos, son sus genes. Los efectos del ambiente sobre esto, la estructura de su cerebro, son los responsables de hacerlo como es. Lo psíquico viene a eclipsarse bajo los efectos de estos postulados, relativos a las bases biológicas de los trastornos psíquicos. Queda, entonces, formulado el siguiente sofisma: primera proposición: se admite que existen trastornos psíquicos; segunda: la hipótesis de que tienen una base biológica; tercera: demostrar, o creer demostrar, esta base biológica; cuarta; si se tiene una base biológica, estos fenómenos no son psíquicos. De donde la conclusión: no existen trastornos psíquicos. Este razonamiento sagaz es particularmente virulento en los debates sobre el autismo, especialmente al ser evocadas sus bases genéticas.
En cambio, el psicoanálisis de orientación lacaniana sostiene la causalidad psíquica del autismo y la sitúa en lo que Lacan llamó “insondable decisión del ser”, que deja abierta la posibilidad de una nueva elección, a partir de ofrecer unas condiciones apropiadas para designar la radicalidad de sus defensas. Como explicaba el doctor Jean Claude Maleval, la obsesión por el diagnóstico precoz puede incluso resultar contraproducente. En muchos de los testimonios de autistas adultos, se ve muy bien que les ayudó el no haber sido diagnosticados y haber mantenido una vida dentro de parámetros “normales” [….]. »
La versión completa se publicará posteriormente.