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Lacan y el niño

Extracto de la conferencia dictada por Daniel Roy en febrero pasado en Jornadas del NUCEP (Centro de Estudios Psicoanalíticos), Madrid, España.

 

Techos

 

Daniel Roy

 

“Solo una vez se atraviesa una puerta de nuestra talla”

Jaques Lacan, “Homenaje a Lewis Carroll”

 

La libertad del niño

Tenemos que decirlo de entrada: Jaques Lacan ofrece a los psicoanalistas la posibilidad de volver a los niños más libres de lo que les es posible encontrar. Les abre la vía para permitir a cada niño explotar la parte más singular de lo que él es, sin que sea necesario prometerle una herencia cualquiera. Se ha querido hacer del psicoanálisis – y los psicoanalistas se han prestado a ello – el garante de las mejores transmisiones entre generaciones, y con ello hacer de los niños los notarios de su inconsciente, a condición de que quieran identificarse a un niño. Sin equivoco, Lacan asigna como tarea del analista ante un niño el “impedir de responderse, por ejemplo, incluso con nuestra autoridad, soy un niño” . De esta forma abre la puerta a cada psicoanalista para desprenderse de los ideales de la infancia, los de su propia infancia – como mínimo – pero sobre todo de los que vehiculan los discursos de la época. ¿Con qué objeto? Para permitir al niño atravesar las identificaciones que tienen más valor para él, que han adquirido para él todo su valor al ser las señales de un encuentro, encuentro con la absoluta alteridad, la de un otro o la de un goce que atraviesa el cuerpo. ¿Cómo? Siguiendo las huellas del hueco dejado por este encuentro en el corazón mismo de los dichos del niño, cuando lo educativo no prima para orientar su sentido.

Se descubre entonces, en ello, y es eso la experiencia de la cura analítica para un niño, que su libertad reside en la discordancia que está en corazón de la dependencia que es la suya.

Lacan ha sido el pionero de la exploración de esta dependencia del niño, dependencia real, con el apoyo obtenido en los comienzos de su enseñanza sobre la “prematurización especifica del nacimiento en el hombre” para situar ahí el sedimento sobre el que va a elevarse la dependencia imaginaria, dependencia a la imago del semejante, rápidamente subsumida por una dependencia simbólica, al Otro del lenguaje y de la palabra, que siempre precede al sujeto. Hasta el final de su enseñanza, cuando los paradigmas que la ordenan se habrán desplazado, Lacan sostendrá que el niño “es hablado” por sus padres, pero que “eso no significa que lalengua constituya en algún modo un patrimonio. Es totalmente cierto que es en la forma en que la lengua ha sido hablada y también oída por tal o cual en su particularidad, que algo aparecerá en sueños, en todo tipo de tropiezo, en todo tipo de maneras de decir.”

Es porque él fue el pionero de esta exploración, que pudo descubrir, en la fragua de esta dependencia, el crisol del que surgen las fuerzas de separación, que se funden en la más humilde de las herrerías, la de los pequeños objetos desprendidos del cuerpo.

Así es este gran movimiento que recorre toda la enseñanza de Lacan. Por un lado, en las dehiscencias de su imagen en el espejo del otro, en las fallas, interrupciones, silencios del discurso que le rodea, el niño encuentra el enigma que le permite ubicar donde alojarse; por otro lado, con la pérdida de los objetos de su cuerpo, objeto oral, objeto anal, mirada, voz, que se desprenden de él y de los que él se desprende, el niño descubre nuevas modalidades para ensanchar, agrandar, profundizar su mundo, a través del médium de las pulsiones: apetito de vivir, sed de conocimientos, donaciones e intercambios, profundidad de campo y de cantos.

La libertad del niño, que recorre toda la obra de Lacan, es que a cada uno de sus pasos, puede tomar posición. Es en cada instante Hermes, dios de las encrucijadas, del comercio y de los salteadores de caminos: elije, si es sí o si es no, negocia, recauda. Si se somete, como un niño obediente, a sus parientes ¡es por amor, mientras que ellos se regodean con su autoridad! Si se indigna, semilla podrida ¡es por fidelidad, para no traicionar la imagen que él se ha hecho de su presencia!

Siendo él mismo objeto arrojado al mundo, frágil, a la merced de todos los encuentros, el niño extrae de esta misma condición los recursos que le permiten, en las instituciones sociales propias a la infancia, la familia en primer lugar, “una relación fundada en la libertad” . Es la primera lección de Lacan referente al niño: resuena ya en la risa del niño, en “el niño que os sonríe” y os hace señales “más allá de lo inmediato, […] más allá de toda demanda” .

 

«Lo que el autista nos enseña»

He aquí un extracto del seminario que dictara Vilma Coccoz en La Alianza Francesa, el 26 de octubre pasado, en el contexto de La semana del autismo promovida por La Antena Infancia y Juventud (Línea de investigación Clínica de las psicosis y los autismos. Hacia una práctica dialogada) con el auspicio de La Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis-Bogotá:

 

«Durante esta semana de trabajo en Bogotá, he percibido una expectativa sobre lo que el discurso analítico, sobre lo que los psicoanalistas lacanianos tienen que decir, con el fin de encontrar orientaciones precisas para conseguir navegar, de una manera más liviana, en este complicado mundo que nos ha tocado vivir. Efectivamente, el título de este seminario es ya un indicio de nuestra posición respecto al autismo. La posición del discurso analítico es una posición ética: aquella que se deriva de estar en disposición de aprender del autista, no de enseñarle. El verbo “aprender” está en juego, pero las personas se invierten. Existe una divisoria de aguas: por un lado, la psicología cognitivo comportamental pretende enseñar al autista; el autista es el sujeto que tiene que aprender: tiene que aprender a comunicarse, tiene que aprender a asearse, tiene que aprender economía, tiene que aprender habilidades sociales…; de otro lado, desde la perspectiva del psicoanálisis, las personas que acompañan al autista (sus padres, sus analistas, sus educadores, en fin, sus otros de referencia) están en disposición de aprender de él. Esta divisoria de aguas responde a principios de la práctica: se ve cómo estos principios éticos determinan una práctica completamente distinta. Pues bien, durante este rato voy a intentar explicarles algunas de las peculiaridades del tratamiento del autismo, en el psicoanálisis de orientación lacaniana.

Desde que Sigmund Freud concibió los primeros pilares en los que iba a asentarse lo que él llamó la nueva ciencia del espíritu —que bautizó con el nombre de psicoanálisis—, poderosos enigmas del comportamiento humano comenzaron a entregar su razón de ser, a la vez que se afianzaba una nueva manera de tratar los síntomas que incluía la idea de causalidad psíquica, de causalidad inconsciente.

Freud no se ocupó del autismo como síndrome o cuadro patológico. El autismo fue descrito por primera vez por Leo Kanner, en 1943, y nombrado como “autismo infantil precoz”, destacando como síntomas el aislamiento y la inmutabilidad. Poco tiempo después, en 1944, sin que hubiera relación entre ambos, en otro contexto, Hans Asperger inicia su desarrollo sobre el síndrome que lleva su nombre. El primero, el “autismo infantil precoz”, queda como una interfaz entre psiquiatría y psicoanálisis; el segundo, el “síndrome de Asperger”, toma un derrotero educativo, pues Asperger propone, desde el inicio, una pedagogía curativa. O sea, desde el inicio, en el campo de lo que llamamos autismo, ya están las problemáticas de lo clínico y de lo educativo.

En los años 50, el doctor Jacques Lacan inició su enseñanza en París. A lo largo de 30 fructíferos años, se sometió al riguroso y firme propósito de desentrañar las preguntas que suscita nuestra existencia, en tanto determinada por el lenguaje. Definió nuestra humanidad como seres de palabra, como “parlêtre”, o sea: ser hablante [parler=hablar, être=ser], en la medida en que —lo dice con todas las letras— el lenguaje no sólo es un medio de comunicación, no sólo es un medio de información… el lenguaje hace al ser, no habría ser sin el lenguaje. Los animales no se plantean ese problema; en cambio, para nosotros, no es una cuestión fácil. De acá se deriva un principio del psicoanálisis es: no hay sujeto sin Otro. El psicoanálisis es esencialmente social, porque no hay sujeto sin Otro. Por eso Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo —su gran texto social, de psicología social—, dice que la lógica con la que estudiamos la relación del sujeto con su pareja, con su madre… con cualquiera de sus otros, es la misma lógica con la que debemos analizar la relación del sujeto con la comunidad, es decir, lo que toma forma de Otro para él. Lo que para el ser hablante toma forma de Otro, simbólico, trasciende el ámbito de su familia y lo vincula a la comunidad. A la escuela, por ejemplo, en cuyo caso los profesores serán representantes de unos primeros otros. Para Freud, la nueva ciencia del espíritu, la nueva doctrina de la subjetividad que él elaboró, no es independiente de una dimensión social. El sujeto no es sin el Otro.

Por todo esto, el autista se nos presenta como el mayor enigma: ¿cómo es posible que insistan en rechazar al Otro? El autista pone en jaque este principio fundamental de que el sujeto no es sin el Otro. Y no es que el autista no tenga su Otro. Pero, ¿qué tipo de Otro tiene?

El otro principio analítico (el primero es: no hay sujeto sin Otro) es: no hay sujeto sin síntoma. Gustaba Lacan de citar la Biblia. De hecho, en el Seminario 23 llega a formular un nuevo Génesis, menos cretinizante que el mito de la manzana maldita. Con la manzana maldita, quedamos fregados por el pecado. En cambio, en el Génesis que propone Lacan, en el misterio de la encarnación del inconsciente en nuestro cuerpo, lo que surge no es la subjetividad del pecado, sino la subjetividad sintomática. La ciencia del espíritu llamada psicoanálisis no propone ninguna psicología normal… ¡lo normal es lo que le parece bien a cada uno! Cuando alguien se pronuncia sobre la anormalidad de otro, es sencillamente porque no le gusta, no le cae bien y, entonces, dice: “éste no es normal”; y, cuando le toca a él, también toma esta forma: se pregunta, de sí mismo, ¿qué será esto?… ¡no es normal! Siempre es una medida personal.

En el principio era el verbo… eso sí lo toma Lacan textualmente de la Biblia. El verbo —dice en el Seminario 20— no es un significante tan estúpido, tan necio. Si no sabemos situarnos en relación a los verbos, no estamos situados en relación con la palabra. Por eso, muchas veces el autista no arma una frase completa. Una de las cosas que llama la atención, es la dificultad para hablar en primera persona; es decir, conjugar su ser en la frase dirigida al otro, tomando una posición de enunciación: “yo digo”. De hecho, cuando lo consiguen, consideramos que hemos avanzado muchísimo, porque quien puede enunciar su palabra a través de los verbos y dirigirse a otro, ya responde a la estructura misma de la subjetividad: está él y está el otro, a quien se dirige mediante el verbo, le habla.

En el comienzo era el verbo —que Lacan lo transforma en: en el comienzo era el acto—… En el comienzo no es el origen, sino el lugar del ser, dice Lacan. El lugar del ser en la palabra. Hemos olvidado lo complicado que es este asunto, porque —retomando las palabras de Lacan— ya estamos suficientemente adulterados. La conquista del lugar de la palabra es el trabajo de los primeros años de la vida. Si esto no se hace, resulta muy complicado. Para algunos, esto es tan complicado que no llega a ocurrir durante mucho tiempo, a veces nunca. Entonces, la realidad de la palabra no es algo sencillo. Lacan se dedicó 30 años a esto: cada semana se consagró a la disciplina férrea de no decir lo mismo nunca, de cada vez aportar algo nuevo. Por eso, su enseñanza es tan diversa y tan interesante. De principio a fin, el asunto de Lacan era ese: tratar de desentrañar la complicada lógica del ser hablante, de la relación con la palabra, de la relación con el otro, de la relación con el deseo y con la satisfacción, de todo lo que está implicado en la estructura del ser hablante.

La psicología moderna, la llamada psicología cognitivo comportamental, pretende reducir todo el dramatismo de una vida humana a la identificación de sus comportamientos. Por supuesto, Lacan tomó otra opción: la trabajosa opción de retomar los descubrimientos de Freud y hacerlos avanzar, ponerlos a la altura de la época, sin ahorrarse ninguna dificultad, tomando —para ponerlos al día con todos los descubrimientos— la lingüística, la lógica, la topología, la historia de la filosofía, etc. Este trabajo de Lacan es realmente inagotable. Pero el objetivo siempre es el mismo. Por eso, cuando decían que era un filósofo, un pensador, se enfadaba: “¡soy un psicoanalista!”, decía. Por supuesto, después agregó todo lo que él elaboró y se han hecho lecturas desde distintos campos: hay filosofías lacanianas, políticas lacanianas, éticas lacanianas. Pero la intención de Lacan era netamente clínica: saber todo eso, para hacer una práctica analítica eficaz, para que la acción del psicoanalista que se ofrece para llevar a alguien —autista o no autista— sea eficaz, para que resuelva el problema que esa persona tiene; eso es función del psicoanalista. Freud mismo dice: la enfermedad es un concepto práctico: la persona que tiene un síntoma, tiene una dificultad funcional en su cuerpo, en su mente, en la relación con los otros. Entonces, la práctica analítica tiene que servir para resolver ese problema de funcionamiento.

Pero, claro: el problema de funcionamiento, el síntoma subjetivo, requiere poder discernir realmente cuál es su lógica. Y bien, tiene dos partes: de un lado, una parte inconsciente, una parte de palabras inconscientes que han quedado como huellas de las encrucijadas vitales a las que nos hemos enfrentado; y, de otro lado, tiene una parte más opaca que no aparece a primera vista, que requiere un trabajo analítico para llegar a ella. A esta última parte, Freud la nombró de diferentes maneras: libido, ello, pulsión… y Lacan la transformó en goce, y la distinguió del síntoma, cuando produce un goce nocivo, cuando está demasiado presente la pulsión de muerte (para tomar otro concepto freudiano); o sea, distinguió el goce nocivo de la modalidad del goce no tan nocivo para el sujeto, más vinculado a la vida que —todos lo sabemos— no es un camino de rosas. La vida tiene momentos hermosos, divertidos, pero también hay esta perspectiva de dificultad.

Así, los autistas también presentan sus síntomas, pero no entendemos muy bien cuál es el funcionamiento de esos síntomas, cuál es su estructura. Usualmente se describen como el aislamiento (se aíslan de los demás), las ecolalias (repiten lo que el otro dice), las estereotipias (estructura repetitiva incesante: no poder parar, no hay límite). Los autistas presentan la mayor dificultad frente a la concepción social del ser humano. En el Seminario 3 —sobre las psicosis—, Lacan dice que el psicótico muestra la objeción al mitsein hedeggeriano: tiene una dificultad para estar con otros. El desencadenamiento de Schreber acarrea precisamente esta ruptura: él deja de estar con otros. Así, el síntoma autista presenta esto en su vertiente más pura. Ahora bien, si somos freudianos, los síntomas, incluso los más radicales como el síntoma autista, son intentos de curación. Freud concibió los síntomas no como un déficit, sino como un intento de curación, como una creación positiva mediante la cual el sujeto intentar resolver una encrucijada vital que se le vuelve insoportable y que lo angustia enormemente. Este es el principio de la construcción del síntoma en el psicoanálisis. No hay sujeto sin síntoma, porque todo sujeto hablante se defiende de algo insoportable, se defiende de la angustia. En el caso del autista, la defensa es radical: se defiende de que nos acerquemos, se defiende de nosotros, por eso se aísla.

En consecuencia, todo tratamiento posible del autismo requiere tomar en cuenta, en primer lugar, esta consideración: que el autista está obligado a defenderse de nosotros. Dicho de otra manera: el Otro del autista es amenazante, perseguidor, intrusivo. Así, la persona que se acerca, incluso con las mejores intenciones, intentando ser simpático (para tocarlo, abrazarlo, cuidarlo o para enseñarle), da en la dirección del síntoma, en la dirección de su dificultad y, entonces, el autista que supuestamente está en la disposición de paciente, de ser curado, se ve obligado a defenderse de su propio terapeuta, de las personas que pretenden ayudarles. Esa es, entonces, lo primero a tener en cuenta, con la frustración que esto trae para la persona que pretende curarlo, claro, porque es muy duro, la clínica del autismo es muy dura… salvo que se tome en consideración la lógica del síntoma autista.

Entonces, la lógica del síntoma autista, desde la perspectiva freudiana y lacaniana del psicoanálisis, responde a una causalidad psíquica. Como decíamos antes, en el principio de cada uno de nosotros está el verbo, está la palabra, está el poder tomar la palabra. Así, tenemos que ver, en el principio, cuál es la causalidad, qué pasó. Pero, en relación con la causalidad, hay otra división de aguas: la causalidad psíquica y la causalidad genética (que ahora está muy en boga).

François Ansermet, psicoanalista de la École de la cause freudienne, una persona a la que admiro mucho, puso en marcha un servicio de neonatología, que dio lugar a un libro maravilloso llamado La clínica del origen, donde se da cuenta de la asistencia psicoanalítica a los bebés en riesgo y a sus padres, así como a los profesionales. Hay un trabajo subjetivo para acoger un nacimiento con dificultades: desde el hermafroditismo hasta problemas físicos de todo tipo… bebés en riesgo. Muchos autismos se desencadenan ahí, en el nacimiento. He tenido un caso así: un niño que estuvo tres meses en una incubadora, multi-operado, con luces todo el tiempo sobre él, personas que vienen a mirarlo, lejos de su mamá y de su papá… para ese niño, desde el principio, ¿qué es el Otro? En el principio, ¿qué posibilidad de subjetividad hay, cuando sólo se es un objeto que está siendo mirado todo el rato? Fue muy emocionante, en una sesión, cuando yo le hablé de esto: lo mucho que él había sufrido en el momento de nacer. Entonces, me pidió ir a una habitación; en esa época, yo tenía la consulta en mi casa y él la conocía perfectamente. En la habitación de mi hijo, se puso bajo una manta e hizo una ficción de nacimiento: se tiró en la cama y pataleaba como un bebé. Por fin, él había podido representar lo que esto fue. Mientras en la incubadora él estaba inmovilizado, durante la reconstrucción de todo lo traumático que fue su nacimiento, estuvo moviéndose y pataleando un rato. De ahí se levantó con una sonrisa, como diciendo: ¡por fin! Aquí se ha logrado algo, ha habido un reconocimiento, una palabra sobre lo que pasó.

Cuando un niño está tan mal físicamente, como en este caso, sólo se preocupan de la parte orgánica, no se ocupan de la parte subjetiva, de lo que significa el atentado de las luces y las exploraciones constantes. Para alguien que no tiene la defensa autística (no se ha formado la defensa autística), no entiende lo que está pasando… y su mamá tampoco puede explicárselo, pues sólo la dejan entrar muy poco tiempo a la incubadora; ella siente que es completamente impotente para llegar a su bebé. Entonces, la separación ya está; ya se produce la falta de comunicación entre la mamá y su bebé. La ruptura del lazo con el otro. Por eso, una de nuestras principales preguntas es cómo hacer para construir o reconstruir un lazo con el otro, cuando se ha visto perturbado.

Muchas veces se piensa que los analistas nada tienen que ver con profesionales como los neurobiólogos, los neurolingüistas. Pues bien, el psicoanalista François Ansermet y Ariane Giacobino, una médica genetista, escribieron un libro fantástico, llamado Autismo: a cada uno su genoma. Allí se demuestra que es imposible seguir hablando de la causalidad genética del autismo: “La idea de la genética como ciencia de la determinación de lo mismo ha volado en pedazos. Se piensa que uno viene de dos, pero, paradójicamente, dos veces una mitad acaba en una infinidad de posibles, como si un patrimonio genético particular pudiera corresponder a combinaciones nuevas de dos mitades conocidas. Si medio más medio da una infinidad de uno, de uno para cada uno, ¿la diferencia se oculta dentro de éste? Este uno puede comprenderse como el conjunto de los 46 cromosomas que nos constituyen, de la misma manera que estos 46 cromosomas pueden ser situados como el soporte de los 24 mil genes de los que estamos compuestos. Dos por 12 mil genes forman también un individuo y cada gen es, a su vez, constituido de millares de bases de ADN. Como si se tratara de un sistema de muñecas rusas, cada fracción explorada se abre del lado de una complejidad y una infinidad sorprendentes”.

Nuestra época se caracteriza, entre otras, por una resistencia a la causalidad psíquica. Se intenta explicar y controlar lo que escapa a lo humano, a partir de bases biológicas, se intenta hacer desaparecer los enigmas del sujeto, esperando reemplazarlos por certezas controladas. El sujeto no es supuesto estar él mismo en la base de los trastornos que presenta; él no puede hacer nada con ellos, son sus genes. Los efectos del ambiente sobre esto, la estructura de su cerebro, son los responsables de hacerlo como es. Lo psíquico viene a eclipsarse bajo los efectos de estos postulados, relativos a las bases biológicas de los trastornos psíquicos. Queda, entonces, formulado el siguiente sofisma: primera proposición: se admite que existen trastornos psíquicos; segunda: la hipótesis de que tienen una base biológica; tercera: demostrar, o creer demostrar, esta base biológica; cuarta; si se tiene una base biológica, estos fenómenos no son psíquicos. De donde la conclusión: no existen trastornos psíquicos. Este razonamiento sagaz es particularmente virulento en los debates sobre el autismo, especialmente al ser evocadas sus bases genéticas.

En cambio, el psicoanálisis de orientación lacaniana sostiene la causalidad psíquica del autismo y la sitúa en lo que Lacan llamó “insondable decisión del ser”, que deja abierta la posibilidad de una nueva elección, a partir de ofrecer unas condiciones apropiadas para designar la radicalidad de sus defensas. Como explicaba el doctor Jean Claude Maleval, la obsesión por el diagnóstico precoz puede incluso resultar contraproducente. En muchos de los testimonios de autistas adultos, se ve muy bien que les ayudó el no haber sido diagnosticados y haber mantenido una vida dentro de parámetros “normales” [….]. »

La versión completa se publicará posteriormente.

 

"Lo que el autista nos enseña"

He aquí un extracto del seminario que dictara Vilma Coccoz en La Alianza Francesa, el 26 de octubre pasado, en el contexto de La semana del autismo promovida por La Antena Infancia y Juventud (Línea de investigación Clínica de las psicosis y los autismos. Hacia una práctica dialogada) con el auspicio de La Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis-Bogotá:
 
«Durante esta semana de trabajo en Bogotá, he percibido una expectativa sobre lo que el discurso analítico, sobre lo que los psicoanalistas lacanianos tienen que decir, con el fin de encontrar orientaciones precisas para conseguir navegar, de una manera más liviana, en este complicado mundo que nos ha tocado vivir. Efectivamente, el título de este seminario es ya un indicio de nuestra posición respecto al autismo. La posición del discurso analítico es una posición ética: aquella que se deriva de estar en disposición de aprender del autista, no de enseñarle. El verbo “aprender” está en juego, pero las personas se invierten. Existe una divisoria de aguas: por un lado, la psicología cognitivo comportamental pretende enseñar al autista; el autista es el sujeto que tiene que aprender: tiene que aprender a comunicarse, tiene que aprender a asearse, tiene que aprender economía, tiene que aprender habilidades sociales…; de otro lado, desde la perspectiva del psicoanálisis, las personas que acompañan al autista (sus padres, sus analistas, sus educadores, en fin, sus otros de referencia) están en disposición de aprender de él. Esta divisoria de aguas responde a principios de la práctica: se ve cómo estos principios éticos determinan una práctica completamente distinta. Pues bien, durante este rato voy a intentar explicarles algunas de las peculiaridades del tratamiento del autismo, en el psicoanálisis de orientación lacaniana.
Desde que Sigmund Freud concibió los primeros pilares en los que iba a asentarse lo que él llamó la nueva ciencia del espíritu —que bautizó con el nombre de psicoanálisis—, poderosos enigmas del comportamiento humano comenzaron a entregar su razón de ser, a la vez que se afianzaba una nueva manera de tratar los síntomas que incluía la idea de causalidad psíquica, de causalidad inconsciente.
Freud no se ocupó del autismo como síndrome o cuadro patológico. El autismo fue descrito por primera vez por Leo Kanner, en 1943, y nombrado como “autismo infantil precoz”, destacando como síntomas el aislamiento y la inmutabilidad. Poco tiempo después, en 1944, sin que hubiera relación entre ambos, en otro contexto, Hans Asperger inicia su desarrollo sobre el síndrome que lleva su nombre. El primero, el “autismo infantil precoz”, queda como una interfaz entre psiquiatría y psicoanálisis; el segundo, el “síndrome de Asperger”, toma un derrotero educativo, pues Asperger propone, desde el inicio, una pedagogía curativa. O sea, desde el inicio, en el campo de lo que llamamos autismo, ya están las problemáticas de lo clínico y de lo educativo.
En los años 50, el doctor Jacques Lacan inició su enseñanza en París. A lo largo de 30 fructíferos años, se sometió al riguroso y firme propósito de desentrañar las preguntas que suscita nuestra existencia, en tanto determinada por el lenguaje. Definió nuestra humanidad como seres de palabra, como “parlêtre”, o sea: ser hablante [parler=hablar, être=ser], en la medida en que —lo dice con todas las letras— el lenguaje no sólo es un medio de comunicación, no sólo es un medio de información… el lenguaje hace al ser, no habría ser sin el lenguaje. Los animales no se plantean ese problema; en cambio, para nosotros, no es una cuestión fácil. De acá se deriva un principio del psicoanálisis es: no hay sujeto sin Otro. El psicoanálisis es esencialmente social, porque no hay sujeto sin Otro. Por eso Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo —su gran texto social, de psicología social—, dice que la lógica con la que estudiamos la relación del sujeto con su pareja, con su madre… con cualquiera de sus otros, es la misma lógica con la que debemos analizar la relación del sujeto con la comunidad, es decir, lo que toma forma de Otro para él. Lo que para el ser hablante toma forma de Otro, simbólico, trasciende el ámbito de su familia y lo vincula a la comunidad. A la escuela, por ejemplo, en cuyo caso los profesores serán representantes de unos primeros otros. Para Freud, la nueva ciencia del espíritu, la nueva doctrina de la subjetividad que él elaboró, no es independiente de una dimensión social. El sujeto no es sin el Otro.
Por todo esto, el autista se nos presenta como el mayor enigma: ¿cómo es posible que insistan en rechazar al Otro? El autista pone en jaque este principio fundamental de que el sujeto no es sin el Otro. Y no es que el autista no tenga su Otro. Pero, ¿qué tipo de Otro tiene?
El otro principio analítico (el primero es: no hay sujeto sin Otro) es: no hay sujeto sin síntoma. Gustaba Lacan de citar la Biblia. De hecho, en el Seminario 23 llega a formular un nuevo Génesis, menos cretinizante que el mito de la manzana maldita. Con la manzana maldita, quedamos fregados por el pecado. En cambio, en el Génesis que propone Lacan, en el misterio de la encarnación del inconsciente en nuestro cuerpo, lo que surge no es la subjetividad del pecado, sino la subjetividad sintomática. La ciencia del espíritu llamada psicoanálisis no propone ninguna psicología normal… ¡lo normal es lo que le parece bien a cada uno! Cuando alguien se pronuncia sobre la anormalidad de otro, es sencillamente porque no le gusta, no le cae bien y, entonces, dice: “éste no es normal”; y, cuando le toca a él, también toma esta forma: se pregunta, de sí mismo, ¿qué será esto?… ¡no es normal! Siempre es una medida personal.
En el principio era el verbo… eso sí lo toma Lacan textualmente de la Biblia. El verbo —dice en el Seminario 20— no es un significante tan estúpido, tan necio. Si no sabemos situarnos en relación a los verbos, no estamos situados en relación con la palabra. Por eso, muchas veces el autista no arma una frase completa. Una de las cosas que llama la atención, es la dificultad para hablar en primera persona; es decir, conjugar su ser en la frase dirigida al otro, tomando una posición de enunciación: “yo digo”. De hecho, cuando lo consiguen, consideramos que hemos avanzado muchísimo, porque quien puede enunciar su palabra a través de los verbos y dirigirse a otro, ya responde a la estructura misma de la subjetividad: está él y está el otro, a quien se dirige mediante el verbo, le habla.
En el comienzo era el verbo —que Lacan lo transforma en: en el comienzo era el acto—… En el comienzo no es el origen, sino el lugar del ser, dice Lacan. El lugar del ser en la palabra. Hemos olvidado lo complicado que es este asunto, porque —retomando las palabras de Lacan— ya estamos suficientemente adulterados. La conquista del lugar de la palabra es el trabajo de los primeros años de la vida. Si esto no se hace, resulta muy complicado. Para algunos, esto es tan complicado que no llega a ocurrir durante mucho tiempo, a veces nunca. Entonces, la realidad de la palabra no es algo sencillo. Lacan se dedicó 30 años a esto: cada semana se consagró a la disciplina férrea de no decir lo mismo nunca, de cada vez aportar algo nuevo. Por eso, su enseñanza es tan diversa y tan interesante. De principio a fin, el asunto de Lacan era ese: tratar de desentrañar la complicada lógica del ser hablante, de la relación con la palabra, de la relación con el otro, de la relación con el deseo y con la satisfacción, de todo lo que está implicado en la estructura del ser hablante.
La psicología moderna, la llamada psicología cognitivo comportamental, pretende reducir todo el dramatismo de una vida humana a la identificación de sus comportamientos. Por supuesto, Lacan tomó otra opción: la trabajosa opción de retomar los descubrimientos de Freud y hacerlos avanzar, ponerlos a la altura de la época, sin ahorrarse ninguna dificultad, tomando —para ponerlos al día con todos los descubrimientos— la lingüística, la lógica, la topología, la historia de la filosofía, etc. Este trabajo de Lacan es realmente inagotable. Pero el objetivo siempre es el mismo. Por eso, cuando decían que era un filósofo, un pensador, se enfadaba: “¡soy un psicoanalista!”, decía. Por supuesto, después agregó todo lo que él elaboró y se han hecho lecturas desde distintos campos: hay filosofías lacanianas, políticas lacanianas, éticas lacanianas. Pero la intención de Lacan era netamente clínica: saber todo eso, para hacer una práctica analítica eficaz, para que la acción del psicoanalista que se ofrece para llevar a alguien —autista o no autista— sea eficaz, para que resuelva el problema que esa persona tiene; eso es función del psicoanalista. Freud mismo dice: la enfermedad es un concepto práctico: la persona que tiene un síntoma, tiene una dificultad funcional en su cuerpo, en su mente, en la relación con los otros. Entonces, la práctica analítica tiene que servir para resolver ese problema de funcionamiento.
Pero, claro: el problema de funcionamiento, el síntoma subjetivo, requiere poder discernir realmente cuál es su lógica. Y bien, tiene dos partes: de un lado, una parte inconsciente, una parte de palabras inconscientes que han quedado como huellas de las encrucijadas vitales a las que nos hemos enfrentado; y, de otro lado, tiene una parte más opaca que no aparece a primera vista, que requiere un trabajo analítico para llegar a ella. A esta última parte, Freud la nombró de diferentes maneras: libido, ello, pulsión… y Lacan la transformó en goce, y la distinguió del síntoma, cuando produce un goce nocivo, cuando está demasiado presente la pulsión de muerte (para tomar otro concepto freudiano); o sea, distinguió el goce nocivo de la modalidad del goce no tan nocivo para el sujeto, más vinculado a la vida que —todos lo sabemos— no es un camino de rosas. La vida tiene momentos hermosos, divertidos, pero también hay esta perspectiva de dificultad.
Así, los autistas también presentan sus síntomas, pero no entendemos muy bien cuál es el funcionamiento de esos síntomas, cuál es su estructura. Usualmente se describen como el aislamiento (se aíslan de los demás), las ecolalias (repiten lo que el otro dice), las estereotipias (estructura repetitiva incesante: no poder parar, no hay límite). Los autistas presentan la mayor dificultad frente a la concepción social del ser humano. En el Seminario 3 —sobre las psicosis—, Lacan dice que el psicótico muestra la objeción al mitsein hedeggeriano: tiene una dificultad para estar con otros. El desencadenamiento de Schreber acarrea precisamente esta ruptura: él deja de estar con otros. Así, el síntoma autista presenta esto en su vertiente más pura. Ahora bien, si somos freudianos, los síntomas, incluso los más radicales como el síntoma autista, son intentos de curación. Freud concibió los síntomas no como un déficit, sino como un intento de curación, como una creación positiva mediante la cual el sujeto intentar resolver una encrucijada vital que se le vuelve insoportable y que lo angustia enormemente. Este es el principio de la construcción del síntoma en el psicoanálisis. No hay sujeto sin síntoma, porque todo sujeto hablante se defiende de algo insoportable, se defiende de la angustia. En el caso del autista, la defensa es radical: se defiende de que nos acerquemos, se defiende de nosotros, por eso se aísla.
En consecuencia, todo tratamiento posible del autismo requiere tomar en cuenta, en primer lugar, esta consideración: que el autista está obligado a defenderse de nosotros. Dicho de otra manera: el Otro del autista es amenazante, perseguidor, intrusivo. Así, la persona que se acerca, incluso con las mejores intenciones, intentando ser simpático (para tocarlo, abrazarlo, cuidarlo o para enseñarle), da en la dirección del síntoma, en la dirección de su dificultad y, entonces, el autista que supuestamente está en la disposición de paciente, de ser curado, se ve obligado a defenderse de su propio terapeuta, de las personas que pretenden ayudarles. Esa es, entonces, lo primero a tener en cuenta, con la frustración que esto trae para la persona que pretende curarlo, claro, porque es muy duro, la clínica del autismo es muy dura… salvo que se tome en consideración la lógica del síntoma autista.
Entonces, la lógica del síntoma autista, desde la perspectiva freudiana y lacaniana del psicoanálisis, responde a una causalidad psíquica. Como decíamos antes, en el principio de cada uno de nosotros está el verbo, está la palabra, está el poder tomar la palabra. Así, tenemos que ver, en el principio, cuál es la causalidad, qué pasó. Pero, en relación con la causalidad, hay otra división de aguas: la causalidad psíquica y la causalidad genética (que ahora está muy en boga).
François Ansermet, psicoanalista de la École de la cause freudienne, una persona a la que admiro mucho, puso en marcha un servicio de neonatología, que dio lugar a un libro maravilloso llamado La clínica del origen, donde se da cuenta de la asistencia psicoanalítica a los bebés en riesgo y a sus padres, así como a los profesionales. Hay un trabajo subjetivo para acoger un nacimiento con dificultades: desde el hermafroditismo hasta problemas físicos de todo tipo… bebés en riesgo. Muchos autismos se desencadenan ahí, en el nacimiento. He tenido un caso así: un niño que estuvo tres meses en una incubadora, multi-operado, con luces todo el tiempo sobre él, personas que vienen a mirarlo, lejos de su mamá y de su papá… para ese niño, desde el principio, ¿qué es el Otro? En el principio, ¿qué posibilidad de subjetividad hay, cuando sólo se es un objeto que está siendo mirado todo el rato? Fue muy emocionante, en una sesión, cuando yo le hablé de esto: lo mucho que él había sufrido en el momento de nacer. Entonces, me pidió ir a una habitación; en esa época, yo tenía la consulta en mi casa y él la conocía perfectamente. En la habitación de mi hijo, se puso bajo una manta e hizo una ficción de nacimiento: se tiró en la cama y pataleaba como un bebé. Por fin, él había podido representar lo que esto fue. Mientras en la incubadora él estaba inmovilizado, durante la reconstrucción de todo lo traumático que fue su nacimiento, estuvo moviéndose y pataleando un rato. De ahí se levantó con una sonrisa, como diciendo: ¡por fin! Aquí se ha logrado algo, ha habido un reconocimiento, una palabra sobre lo que pasó.
Cuando un niño está tan mal físicamente, como en este caso, sólo se preocupan de la parte orgánica, no se ocupan de la parte subjetiva, de lo que significa el atentado de las luces y las exploraciones constantes. Para alguien que no tiene la defensa autística (no se ha formado la defensa autística), no entiende lo que está pasando… y su mamá tampoco puede explicárselo, pues sólo la dejan entrar muy poco tiempo a la incubadora; ella siente que es completamente impotente para llegar a su bebé. Entonces, la separación ya está; ya se produce la falta de comunicación entre la mamá y su bebé. La ruptura del lazo con el otro. Por eso, una de nuestras principales preguntas es cómo hacer para construir o reconstruir un lazo con el otro, cuando se ha visto perturbado.
Muchas veces se piensa que los analistas nada tienen que ver con profesionales como los neurobiólogos, los neurolingüistas. Pues bien, el psicoanalista François Ansermet y Ariane Giacobino, una médica genetista, escribieron un libro fantástico, llamado Autismo: a cada uno su genoma. Allí se demuestra que es imposible seguir hablando de la causalidad genética del autismo: “La idea de la genética como ciencia de la determinación de lo mismo ha volado en pedazos. Se piensa que uno viene de dos, pero, paradójicamente, dos veces una mitad acaba en una infinidad de posibles, como si un patrimonio genético particular pudiera corresponder a combinaciones nuevas de dos mitades conocidas. Si medio más medio da una infinidad de uno, de uno para cada uno, ¿la diferencia se oculta dentro de éste? Este uno puede comprenderse como el conjunto de los 46 cromosomas que nos constituyen, de la misma manera que estos 46 cromosomas pueden ser situados como el soporte de los 24 mil genes de los que estamos compuestos. Dos por 12 mil genes forman también un individuo y cada gen es, a su vez, constituido de millares de bases de ADN. Como si se tratara de un sistema de muñecas rusas, cada fracción explorada se abre del lado de una complejidad y una infinidad sorprendentes”.
Nuestra época se caracteriza, entre otras, por una resistencia a la causalidad psíquica. Se intenta explicar y controlar lo que escapa a lo humano, a partir de bases biológicas, se intenta hacer desaparecer los enigmas del sujeto, esperando reemplazarlos por certezas controladas. El sujeto no es supuesto estar él mismo en la base de los trastornos que presenta; él no puede hacer nada con ellos, son sus genes. Los efectos del ambiente sobre esto, la estructura de su cerebro, son los responsables de hacerlo como es. Lo psíquico viene a eclipsarse bajo los efectos de estos postulados, relativos a las bases biológicas de los trastornos psíquicos. Queda, entonces, formulado el siguiente sofisma: primera proposición: se admite que existen trastornos psíquicos; segunda: la hipótesis de que tienen una base biológica; tercera: demostrar, o creer demostrar, esta base biológica; cuarta; si se tiene una base biológica, estos fenómenos no son psíquicos. De donde la conclusión: no existen trastornos psíquicos. Este razonamiento sagaz es particularmente virulento en los debates sobre el autismo, especialmente al ser evocadas sus bases genéticas.
En cambio, el psicoanálisis de orientación lacaniana sostiene la causalidad psíquica del autismo y la sitúa en lo que Lacan llamó “insondable decisión del ser”, que deja abierta la posibilidad de una nueva elección, a partir de ofrecer unas condiciones apropiadas para designar la radicalidad de sus defensas. Como explicaba el doctor Jean Claude Maleval, la obsesión por el diagnóstico precoz puede incluso resultar contraproducente. En muchos de los testimonios de autistas adultos, se ve muy bien que les ayudó el no haber sido diagnosticados y haber mantenido una vida dentro de parámetros “normales” [….]. »
La versión completa se publicará posteriormente.
 

El psicoanálisis lacaniano puede escuchar al autista

 

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El pasado martes 2 de abril, Día Internacional del Autismo, sorprendió la no poca atención que mereció el tema en nuestro medio. Diversos medios de comunicación aludieron a la problemática del autismo e incluso se esforzaron en darle rostro presentando testimonios de jóvenes autistas o de sus padres. Hay que reconocer que el interés que suscitó se tradujo en preguntas genuinas de aquellos para quienes el tema era una verdadera novedad: ¿Qué es eso del autismo?! O para aquellos que ya tenían un prejuicio al respecto producto de alguna lectura ligera o información lejana y desprevenida: son niños que no hablan, que son agresivos, que rehúyen cualquier contacto con su entorno; un verdadero enigma que, paradójicamente, no ha invitado mayormente al acercamiento de su desciframiento o al menos a un entendimiento de este funcionamiento.

Llamó mi atención, en este panorama de “inquietud atenta” por el tema durante ese día, la entrevista aparecida en el diario El Tiempo, página 15, titulada: “Mi hijo puede llegar a ser lo que él quiera, ¿por qué no?”. En efecto, se publica la entrevista hecha a la madre de un niño de 5 años y medio que tiene autismo. No solo es una entrevista conmovedora sino verdaderamente ilustrativa de lo que representa el deseo decidido de una madre por entender, por acercarse a aquello inexplicable que le acontece a su hijo. Al amor, esta madre le añade tal deseo preciso, sin ambages. Y es claro que no se trata de un deseo de saber esquemático, rígido, académico (aunque no lo desconoce), de letra muerta. Más bien se trata de un deseo vivo que implica leer de manera atenta, entre líneas, no solo lo que aparece como una firme voluntad del niño de no establecer un contacto sin mediación con los otros, con el mundo digamos, sino las condiciones en que el niño puede acceder mínimamente, a su manera, a esa relación. Y para eso, hay que consentir, acoger la inmensa novedad que implica que un sujeto establezca su modo de relación; y eso no solo no es fácil sino que en la labor se deben franquear umbrales que rompen con los esquemas de “la vida en común” (muchos padres pueden testimoniar que muchas veces la decisión de seguir el camino que va trazando el trabajo de su niño autista, los deja a ellos mismos sumidos en la idea de estar viviendo en un mundo aparte).

Susana, así se llama la madre de la entrevista, de talante investigativo –es bióloga, demuestra que se ha ocupado de leer y estudiar el tema desde diversas perspectivas disciplinares; pero también nos narra lo que ocurre cuando deja de leer los signos de la realidad circundante para empezar a leer los signos subjetivos de su hijo Gabriel, y a entender o proveer de cierto significado la acción del niño, su elección por ciertos objetos y no otros, sus manifestaciones de angustia o temor, etc. Es decir, intenta ver en lo que hace Gabriel un mensaje de búsqueda laboriosa de cómo poder relacionarse con el Otro sin sentir su presencia como una invasión masiva que lo anula como ser. Porque es verdad, hay que vivir al Otro de determinada manera para necesitar edificar una barrera que lo mantenga a distancia. Nos describe entonces Susana un mundo vigoroso de elementos simbólicos en Gabriel a los que ella no duda en prestarse (y prestar a otros: terapeutas y entorno educativo) para facilitar la tarea de organizar, lo que se presenta como aislado y disperso. O sea, no se trata de la organización establecida según los parámetros del Otro social, sino de la organización de lo que el niño da a ver. En este sentido, nos relata cómo va tratando de nombrar para Gabriel aquello que ve como una demarcación de una cierta elección, relativa por cierto al ámbito de deseo en que los padres se desenvuelven, la biología. Así, la figura del delfín como objeto preponderante en el contexto de vida de Gabriel, cobra todo su valor. Algo se transmitió para él de sus padres, y es esto lo que Susana puede interpretar y explicar a otros, hay no solo que respetar este objeto que delimita algo para Gabriel dentro de su mundo, sino que además hay que alentar el camino que conlleva la ampliación de esta delimitación pero entiéndase, a partir de ella. De igual manera, nos dice, intenta localizar en el tiempo y el espacio los momentos en que Gabriel es presa de una gran zozobra que manifiesta con un llanto profundo. Los padres intentan atemperar la angustia incontrolable de Gabriel, lo acompañan, incluso le facilitan el contacto con el agua en un suave baño, pero en sí mismo son momentos que por ahora van siendo localizados sin imponer el orden (que no es igual a la organización a la que aludimos antes) o acudir a castigos persuasivos o, etc. Se logra detectar que en estos momentos es patente que un desvalimiento muy grande cobra el ser de Gabriel y sus padres, no sin sufrimiento por la impotencia que esto conlleva, lo acompañan e intentan poner sobre ese vacío radical, alguna imagen o algún símbolo que ayude a tomar distancia de esa masiva sensación para el niño.

Ahora bien, cuando Susana nos narra el drama que ha significado su búsqueda de entornos y/o propuestas terapéuticas para su hijo, hay una que nos llama la atención, puesto que es planteada como ejemplo de las desviaciones y las incongruencias en que se puede incurrir al desconocer la problemática del autismo. Ella cuenta que en una ocasión a alguien se le ocurrió ¡hablarle del psicoanálisis! A lo que ella respondió (no sabemos si a su interlocutor): ¡Qué absurda idea, si su niño no hablaba! Efectivamente, él, su niño, Gabriel, no habla; pero esto claramente no hizo retroceder a Susana a la hora de tomar lo que Gabriel hacía como algo no ajeno al lenguaje o a la comunicación. La interpretación de esta intencionalidad de comunicar del niño (cuestión que funda en todo niño la relación con el otro; es decir es el otro el que significa un grito, por ejemplo en el recién nacido, como un llamado, como algo pleno de sentido. Es lo que el psicoanalista Jacques Lacan plantea: es el Otro el que determina que una señal sea un mensaje, una intención de pedido) Ella misma no creía que porque no había un uso efectivo de la palabra, porque no se producía el acto mismo de hablar (el lenguaje funcional del que hablan terapistas del lenguaje y educadores), no había algo que entender en lo que Gabriel decía sin decir –con la palabra, es claro.

Este señalamiento de Susana respecto al psicoanálisis me evocó enseguida un pequeño texto, que en realidad puede ser tomado como un manifiesto, del psicoanalista francés Jean Claude Maleval, elaborado como aporte a la cruzada por el Año Internacional del Autismo en Francia, designada como “gran causa nacional” (el pasado año 2012): Con los mismos signos de admiración que podemos asumir en las palabras de Susana, Maleval titula su texto: ¡Escuchen a los autistas! (es un libro que no excede las 40 páginas y que argumenta la pertinencia del abordaje psicoanalítico del autismo). Así, tanto lo que la entrevistada nos relata como lo que nos dice Maleval coinciden en un punto (desplazando la cuestión del habla como tal), y es que: ¡hay algo que escuchar! Seguramente este enunciado Susana lo suscribiría, puesto que es lo que nos dice respecto a lo que laboriosamente ha ido construyendo para Gabriel, terreno que permitirá que Gabriel haga su propia construcción, porque él trabaja permanentemente en eso.

El psicoanálisis como experiencia acoge a los niños cuando ellos lo pueden requerir; los niños con autismo no han sido la excepción. ¡Al contrario! Hay una clínica que lo demuestra, que puede razonar su práctica, que se configura como un espacio en el que el niño encuentra que su trabajo incesante es alojado; porque sí, hay que entender que aquello que parece un disparate o un sinsentido para el observador, para el niño es un modo de elaborar lo que resulta insoportable por un exceso del que es presa; en este sentido es un niño que no cesa de trabajar; y, el psicoanalista, que valora esa producción y la acompaña, provee ese deseo de acoger la invención del niño (el modo que encuentra para ir mediando en la relación con el otro) como única y de ahí halar el hilo con la ruta que el niño va trazando. En este sentido el psicoanalista toma en serio aquello que tan justamente Donna Williams, en su libro “Alguien en algún lugar” describe a partir de su experiencia: “el (niño) autista busca un guía para que lo siga”. Y esto, entendido dentro del contexto de un tratamiento analítico cobra un valor clínico para ubicar lo singular en cada niño que da la forma irrepetible a este encuentro. Un guía presto a seguir el recorrido subjetivo de un niño, pero también alguien que puede contribuir a encausar lo que aparece como intratable. Esto, para Antonio Di Ciaccia, psicoanalista italiano, da cuenta de lo que es lícito de parte del particular guía (lugar al que puede estar conminado un psicoanalista), en lo que se refiere a ciertos franqueamientos necesarios en el propio circuito de la vida y del deseo de cada niño autista: “un suave forzamiento”; contrariando así la idea de imposiciones o forzamientos que no tienen nada que ver con lo que el niño pone a disposición como modo de operar con aquello que lo angustia. Decir lo que ocurre cuando un niño se encuentra con un psicoanalista es fundar las razones de ese encuentro y alojar lo que el sujeto trae para darle cabida como una producción que implica un esfuerzo enorme de su parte y que se valora y acoge plenamente. Así, el niño y el psicoanalista, encuentro posible que determina un espacio privilegiado para dar cabida a los modos de prueba que el niño hace, cuando está decidido a ello, en el intento de establecer un marco de eso que no lo abandona y que lo aísla del otro. En este sentido la salida o la resolución tiene el límite de este marco justamente, porque no se puede medir una invención propia, como toda invención, con algo normativo, es la esencia de lo original: es inconmensurable. El encuentro con un otro puede ser decisivo, pero para que ese encuentro se produzca debe haber un consentimiento de los involucrados; sin embargo, como en el amor, favorecer las condiciones es un modo de otorgar posibilidad a que ocurra. Hay en este sentido varios testimonios recogidos en primera persona, como también testimonios recogidos por otros, padres o familiares, que dan cuenta de lo crucial para alguien, para un niño con autismo, de que se produzca. La serie es larga, pero podemos al menos nombrar algunos: Temple Grandin, Daniel Tammet, Donna Williams, Birger Selling, Jacqueline Berger y muchos otros. Algunos de ellos tienen la capacidad del habla, otros nó, Pero eso no les ha impedido hacerse escuchar. Ciertamente, es verdad, debe haber alguien atento, que otorgue al signo una escucha posible, alguien que desee escuchar en lo que se cifra, un modo único de decir.

 

El imperio del uno (Diálogo con educadores a propósito de la Educación inclusiva)

Imagen de Hepingting - http://www.flickr.com/photos/57570482@N06/5298664559/
Imagen de Hepingting – http://www.flickr.com/photos/57570482@N06/5298664559/

El Uno como cifra está inmerso en la historia del pensamiento. Significa el trazo de la serie, la enumeración, la contabilidad de los elementos que componen el mundo; incluido, claro está, el ser humano. Salto fundamental en el desarrollo de las ideas y de las ciencias. La filosofía se ha consagrado a su entendimiento desde hace varios milenios, en innumerables esfuerzos por encontrar en ese rasgo unitario el germen de la vida misma, el elemento básico de la existencia, del Ser. Aquí una evocación a El Parmenides de Platón. Igualmente toda política de la igualdad imperante desde tiempos clásicos se basa en esta aspiración: tratar a todos como Uno, o al menos invocar Una legislación para muchos. Así, decir todo y Uno (con mayúscula) en un sentido, es lo mismo. En cada época ha tomado formas diversas, pero al final, todo se viste de Uno. Y no es necesario forzar esta idea al plantear que, finalmente, cualquier acto de segregación tiene por detrás el rostro de aquello que no pudo cubrirse bajo el manto de la Unidad. Hay pues una aspiración, sin mayores vueltas, una tendencia “natural”, un eterno retorno de la tentación de anular lo diferente. Uno es una tentación que se inscribe en diversos escenarios que resultan la base de principios prácticos y de doctrina. Y sin ir más lejos se configura en un verdadero ethos con relación al lazo social. Uno cerrado, autoerótico y anacrónico. Si a este Uno se le adosa la idea del Ser, encontramos, en este plus, el mayor obstáculo en la apertura al Otro de la diferencia radical. Los fenómenos gregarios apuntan a significar esta idea de Ser Uno con los demás.

 

El psicoanálisis se interesó por ello a partir del planteamiento freudiano de la ilusión de Unidad fundamento de la matriz constitutiva del yo; es decir, el yo como formación ideal y psíquica no es otra cosa que el Uno realizado, es una instancia que se funda sobre la idea de cierre, de autenticidad, de unicidad, de propiedad. A eso lo llamó Freud, apelando al mito griego, la estructura narcisista del yo. Pues bien, es a partir de esta noción que tendremos que decir que esta inclinación está en la base de la relación, del lazo con los otros. El concepto de masa, por ejemplo, es una aplicación contundente de este pensamiento, al tratarla, con fines determinados, como un solo y mismo individuo. En este punto baste recordar el estudio de Ortega y Gasset sobre la rebelión de las masas. Freud, por su parte, habló de Psicología de las masas y análisis del yo, para enfatizar justamente esta continuidad en la idea de un Uno en lo que concierne al yo y al Todo. Es necesario señalar que con el psicoanalista Jacques Lacan la pregunta a que da lugar esta constatación de la presencia incesante de la aspiración a la Unidad: ¿De qué Uno se trata? Es una pregunta que debe ser expropiada de la la práctica analítica, para pensarla a propósito de las acciones que dan lugar a un campo razonado de práctica en virtud de la relación con otro.

 

De esta manera, cualquier intento por pensar acerca de lo que no queda integrado en el circuito cerrado del Uno como Ser o, aquello que conmueve la ilusión de esa “corporeidad”, necesariamente entra a contrariar la base, qué digo contrariar, a subvertir una forma de pensamiento y de imagen cuyo peso no nos pertenece, es una marca indeleble, digamos, de “origen”. Los paradigmas científicos ciertamente deben arremeter contra ello y poner en crisis este tipo de pensamiento, es lo único que ha permitido el avance de las ciencias. Esta aspiración tiránica y exigente: hacer de lo otro Uno, es lo que obliga a pensar en qué se funda toda consigna de igualdad, sin dejar de reconocer en ello el origen del Derecho mismo, y la pertinencia de la pregunta en el ámbito preciso de la educación; en virtud del interés de la aplicación de programas que conciban una verdadera inclusión en este campo. Hablemos entonces del ámbito práctico de la pedagogía, de la educación concebida formal, de la institucionalización del ejercicio sublime de acompañar al otro en el desciframiento del mundo, si se me permite decirlo así.

La inclusión en las fronteras del sinsentido

La idea de lugar, de situs, se instala acomodaticiamente cuando pensamos en una educación inclusiva; puesto que ¿A qué continente se consagra la inclusión? ¿A qué tinaja, qué contenido? En este sentido la imagen que se impone como inclinación, como automatismo es la del espacio cerrado, con fronteras definidas; es la plenitud espacial y también temporal concebible como un todo. La imagen del círculo será la que Gastón Bachelard2 clasificará como uno de los mayores obstáculos epistemológicos en el conocimiento científico, y, debemos decir, éste es correlativo a la idea expresada del Uno como Ser.

Ahora bien, es claro que el ideal de la educación no se despoja de esta investidura al pensar en la tensa relación del Uno y del Todo, de la Excepción y la regla. Y la idea de mezclar, agrupar o “contaminar” los miembros de uno o de otro conjunto sostiene la idea de polos opuestos, conducente a introducir una lógica de “frente y revés”. Basta palpar las experiencias habituales de los educadores en este sentido. Si la inclusión es pensada en estos términos, servirá de oficiante en la inercia del acercamiento de la diferencia al Uno de lo mismo y del Todo, y esto, perpetúa el escollo imaginario al que el ser humano es exigido en nombre de una ilusoria armonía.

Aquí es importante detenernos a pensar que lo que entabla un desafío es la atención que merece el heteros en cuestión, lo que de eso da lugar a pensar una inclusión. No se puede eludir la paradoja: solo es posible incluir la diferencia a condición de mantenerla como tal. Esta paradoja la encontramos como el momento notable relativo a concebir el rasgo en juego a la hora de hablar de la diferencia: ¿Qué valor puede cobrar la diferencia, de tal manera que no se enrede en los linderos de una aspiración imaginaria y automática del Uno?

Tal vez el valor de la diferencia como oportunidad es lo que podemos considerar. Oportunidad en cuanto es el único momento, a veces fugaz en una vida, para ver emerger con fuerza los recursos de los que dispone un sujeto cuando aloja la diferencia en su dimensión irreductible al Uno y hace de ella una causa novedosa. Buscar el sentido para entender por qué la diferencia existe, no hace más que anularla o al menos intenta hacerlo. En todo caso, no es el encargo de la pedagogía. Más bien, interesarse por los modos de hacer en la diferencia es a lo que puede estar conminada. El sentido opaca la posibilidad de entender el sentimiento de estar al frente o a un costado, muy cerca, de lo verdaderamente heteros que hay en el otro.

Y hablamos de una oportunidad que deviene una práctica operativa, que incide en la realidad del acto pedagógico. Una experiencia razonada, susceptible de ser transmitida en lo esencial. Ser “amigo de la diferencia” es lo que permite que nuevas experiencias vitales puedan abrirse a un mundo ya conocido pero nuevo por conocer. La diferencia se puede vivir pero no hay que exigirle que de sus razones, una vez se entra en este terreno se abre la puerta a la Verdad con mayúscula y este es el preámbulo de cualquier guerra, así sea la guerra cotidiana por el solo hecho de experimentar un lugar. Y, en efecto, si no hay la oportunidad de convivir, de aprender al lado de la diferencia, no se podrá jamás hacer de eso un estilo de vida tolerante, tan solo se convertirá en vana legislación, en retórica gastada, cercenada por lo mismo de una verdad. Como ejemplo de ello, asistimos actualmente a la proliferación de síntomas que encarnan esta dimensión del repudio a la diferencia en sus formas más violentas.

Diversas disciplinas han pensado seriamente sobre el malestar contemporáneo en las instituciones educativas. Importantes aportes al debate que van desde prevalecer el estudio de los efectos en la educación del “ocaso de la autoridad en occidente” hasta la incidencia en ella del desarrollo irrefrenable de la ciencia y la tecnología. Este malestar, difundido en exceso, se encarna en los síntomas que emergen ahora, en el interior mismo de la institución, antaño concebida para contener y rectificar, o al menos para refugiarse del malestar de la civilización que transcurría fuera de sus paredes.

Encontramos atropellos escandalosos a la diferencia en los jóvenes de hoy; ha devenido un fenómeno alarmante (esto es lo nuevo, la situación hecha fenómeno). La diferencia próxima es el enemigo, la intolerancia de su existencia la consigna. No nos parece muy alejado a lo que constatamos respecto del desierto de diferencia que puede habitar en el mundo de la experiencia educativa para alguien; experiencia no contrariada en ningún momento. Ha faltado la oportunidad para palpar la verdadera diferencia, para existir con ella. Y podemos decir que la idea de que las razones de un pasado determinan un futuro, como un continuo, tan difundida por la psicología, es en realidad una conjetura propia del sentido común. Porque esto es igual a decir que se aspira a perpetuar el Uno de lo mismo, es decir pensar el ciclo de repetición como una unidad (repito lo que me fue aplicado). Pero la ingenuidad acá es imperdonable, como lo es también la buena voluntad. No se trata de imponer una política de la diferencia pero sí de asegurar un lugar a quienes pueden querer hacer de la oportunidad de la diferencia una práctica.

Esto debería ser algo que experimente el niño permanentemente, no solo una diferencia engendrada en el lugar que asignan las funciones simbólicas, sino una diferencia que emane del más próximo. A la vuelta de la esquina, cuando se cruce con otro diverso, no aspirará necesariamente al Uno, habrá contado con los recursos, tal vez, que surgieron a partir de la cercanía con lo diferente, aquello que resultó absolutamente ajeno y carente de sentido, y por eso mismo algo que produjo un saber hacer de una manera distinta al modo de inercia estructural de la fusión.

El panorama de la diferencia es proclive a mostrar lo que la clínica analítica nos enseña: cuando nos tropezamos en la vida con algo imposible, lo convertimos en impotencia. Forma neurótica de renegar de los puntos de impasse inscritos en la estructura de una práctica. Al transformar estos puntos y oscurecerlos –vale decir, vestirlos, con la queja, el desasosiego, la incomprensión, el sacrificio, se hace consistir aún más el ideal del Uno de aspiración armónica, y cargar sobre las espaldas este ideal, cobra con fuerza la vitalidad que da el deseo de actuar en el lugar del educador. También hay toda una sintomatología que se ha estandarizado del malestar presente en los agentes de esta labor.

El activismo desgastante es uno de los nombres de este ideal. Pensar que hay que hacer, literalmente, el doble frente a la diferencia y entonces, etc., etc. Deja sin respiro a quien imagina siquiera la tarea. Ahora bien, ¿Qué hay que hacer? ¿Por qué hay que hacer? Dejar hacer, eso sí es impensable en el Uno de la educación. Pues bien, es a lo impensable a lo que debemos dar lugar, como con la diferencia, acá el sentido nos juega la peor de las pasadas.

Dejar al otro, niño o joven, que despliegue sus posibilidades, sus alcances y sus límites, plantea la necesidad de ubicarse como aquel que encausa de la buena manera lo que se muestra como un interés decidido; abrir un camino a eso, dándole lugar (no necesariamente “actuando demasiado”) deja el acto del lado del sujeto presto a la educación y no del lado del educador. Dejarse enseñar en la dirección indicada es una experiencia inédita para el educador y de tal forma solo es transmisible en cada caso y por eso la existencia de los manuales en este sentido, como en casi todo, es inocua. ¡Un educador puede encarnar la paradoja de erigirse como un líder que sigue a otro! En su propio proceso educativo entiéndase. Los educadores están llamados a escribir estas experiencias inigualables, no para ser imitados, sino para inspirar el deseo de que otros consideren la posibilidad como una oportunidad. Hace poco, por internet, pude ver la imagen de un niño escribiendo concentrado, sentado sobre un armario en un aula de clase (En una provincia española). Lo inverosímil y conmovedor de esta imagen es que el niño estaba rodeado de muchos otros niños también abocados y concentrados en su propia escritura. El educador a un costado dirigía su mirada a la mayoría sin ningún guiño especial. Me resulta una imagen inspiradora y evocadora de lo que aquí tratamos.

Por último, debemos decir unas palabras de esta decisión de tomar la diferencia como oportunidad. Como toda decisión, implica algo que se pierde. Y en esto es insustituible lo que acontece en la esfera más íntima de un ser. Una oportunidad se aprovecha o no, por eso la pintan calva (en realidad se pinta solo con un pelo). Pero entonces, hay que ver allí eso, una oportunidad. Así, vale la pena pensar que del lado del educador se debe pensar en franquear ciertos umbrales en esta decisión. No solo se requiere coraje para ello sino lo más importante: un deseo inspirador de perturbar de la mejor manera lo que ya está instalado como repetición. Ni el coraje ni el deseo (en cierto sentido es lo mismo) se impone como el Uno, o se legisla. Y la cuestión es fundamental: ¡júntense aquellos para quienes puede constituir una causa de experiencia, de escritura, enseñar en y con la diferencia. Quienes quieren practicar estar al lado de Una diferencia como existencia sin darle el sentido que llama a la esencia, al falso ser; quienes aceptan su presencia sin comprender su sentido!: Razón de la práctica, del intercambio, de la investigación.

Entendámonos: la imagen de la unidad y de la uniformidad es lo que primero se presta a la imagen ideal de la caridad. Esto se replica en todos o casi todos los ámbitos de la vida que no impliquen la soledad radical. Así que es una suerte de axioma que se cristaliza en el ejercicio de cualquier rincón del poder por grande o pequeño que este sea. Seguimos a Faucault al pensar que cuando hay un agente de discurso se moviliza una estructura de poder. Y no hay relación posible o lazo social que no implique un discurso. Por eso es imposible pensar (no lo vistamos de impotencia) que haya formas universales de tratar la diferencia. Lo que si es posible es tratar de exigir al deseo del educador que declare, en la medida de lo posible, sus razones, sus hallazgos, sus preguntas en la práctica con la diferencia. Aunque me parece, esto vale para toda la práctica pedagógica, acá se sitúa como esencial. Lo que en Europa se concibe como “protocolos a medida” (En Francia se divulga esto actualmente de manera recurrente, favorecido por la declaración de una cruzada por la inserción institucional del autismo en este año 2012 declarado justamente el año internacional del autismo) no es un privilegio que el primer mundo se puede permitir (y aunque puede ser verdad no es lo más interesante), más bien se refiere a lo que hemos planteado como un ideal que mueve la labor del educador y no que detiene; y es que hay la cara bondadosa del ideal, la que motiva, la que entusiasma; y la otra cara, a la que hemos aludido, es la que se regocija en la impotencia estéril y espúrea, a partir del goce que se añade como impotencia.

Hay esfuerzos loables que contrarían esto y en ese sentido, hablamos de una “inspiradora tensión” al hablar de una inclusión (no de LA inclusión. Cada acto inclusivo es Uno y de esto es lo que hay que dar cuenta, hacer un saber acumulado), suave forzamiento en la medida en que se trata de favorecer que no se goce de ser el uno, el único, la excepción. En esta medida la diferencia se pone a trabajar y claro está, el consentimiento del sujeto es fundamental. La inspiración del educador por un lado y el consentimiento del estudiante por otro.

Y si, si alguien toma la oportunidad de ocupar ese noble lugar que carece de alguna forma de un reconocimiento manifiesto, es hora de fundar sus razones y hacer con ello la causa de su acción. Es lo propio de quien se reconoce actuando conforme a su deseo. Eso no es poco y hace la diferencia.

Seminario Inclusiones y segregaciones en el campo educativo: Conversaciones con el psicoanálisis

tempoNos enfrentamos a un momento histórico que habla con predominancia de la inclusión y su necesidad para crear lazo social. Esto parece decirnos hoy en día algunas cosas, para ejemplificar, se señala que las elaboraciones sociales nos introducen en este tema, con “mayores” desarrollos que en otros momentos, cosa que se ‘evidencia’, por ejemplo, en las elaboraciones del campo normativo; de otro lado, se señala que nos enfrentamos a una exacerbación de la exclusión, lo que convoca a pensar hoy más que antes, en las posibilidades de las relaciones vinculantes.

Así las cosas, se propone ubicar las inclusiones y exclusiones desde diferentes posibilidades que el encuentro con lo educativo hace visible, y ponerlo sobre la mesa para pensarlo en voz alta y en compañía con el psicoanálisis orientado por la enseñanza de Jacques Lacan. Esto muy seguramente requerirá pensar, la escuela en concreto, las condiciones sociales y sus demandas, las condiciones de los docentes y el mismo sistema educativo, el ideal igualitario que puede significar el desconocimiento de la singularidad, los significados de la diversidad, la responsabilidad de los sujetos que intervienen en este acto, entre otros.

 

Responsables:  Lilian Caicedo O.- Lizbeth Ahumada Y.- Aleida Fernández -Mary Luz Hidalgo- Clarisa Harari

Invita: ANTENA Infancia y Juventud de Bogotá (Grupo de investigación en psicoanálisis para la infancia y la juventud con aplicación a la educación, a la clínica y a las problemáticas sociales)

Línea de investigación: Inclusiones y segregaciones en educación. Contraexperiencias

Horario 2015: Martes 1:30pm 

Lugar: Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

Carrera 11B # 99- 54 oficina 602